Domingo, 1 Julio, 2012 - 08:30

Humo y ruidos de una retirada

Paro escaso y Plaza nutrida, aunque a medio llenar. Moyano se obligó a minimizar el declive de su liderazgo con acciones resonantes. Daños eventuales para el kirchnerismo.

Finalmente, tras tanta agitación, las jornadas resultaron previsibles. El paro convocado por Hugo Moyano no fue tal, su aislamiento creciente se tradujo no sólo en lo gremial sino en lo político (con ausencias de último momento) y Camioneros movilizó una bocha de gente, aunque menos de lo previsto. Si fue media Plaza, Plaza completa o Plaza tuco y pesto, es una discusión que hace más a la foto que a un proceso cambiante o al futuro.



El diario La Nación siguió emperrándose en titular a todo el ancho de portada con sus deseos: “Desafío de Moyano a la Presidenta”. Como para expandir la entidad del acto o feliz de que alguien se anime a “desafiar” a Cristina. Se lo pidieron a Daniel Scioli durante años, se lo reclaman desde siempre a la oposición, como cuando Passarella pedía más fibra a sus jugadores. Y sin embargo el propio secretario general de la CGT había hecho algún esfuerzo dificultoso por ser conciliador. Algo así como “no pretendemos competir ni destituir… Lo que molesta es que no nos escuchen, lo que molesta es que se nos impongan las decisiones”. La chingó feo después cuando se refirió a la historia política de Néstor y Cristina Kirchner en Santa Cruz y a su presunto enriquecimiento vía la 1050. Una referencia interesante como para preguntarse inversamente cuán saludable u honesto puede resultar de cara a la construcción política y tras nueve años de convivencia revisar los expedientes X de Moyano en 1974.



La lógica del semáforo de Clarín y de infinidad de espacios periodísticos televisivos indicaría que hay que marcar quiénes fueron los “ganadores” y los “perdedores” en la disputa. Las cosas son bastante más complejas, pueden modificarse en días o semanas. El moyanismo salió de la disputa más debilitado. Pero demostró que conserva poder de movilización y daño, más una relativa capacidad de intervención en proyectos políticos que –eventualmente– puedan surgir como desgajamientos del kirchnerismo. Esos desgajamientos a la vez son parte de una pérdida para el oficialismo, más la labor erosiva de siempre de ciertos medios en su competencia con la comunicación y la capacidad de iniciativa oficial.



Un ejemplo que puede ser menor: como efecto del conflicto con Moyano, así como perdió centralidad la discusión sobre el dólar, también el Gobierno perdió la oportunidad de comunicar qué avances hubo respecto de los dos hechos más trascendentes de su propia gestión y que lo mostraron una vez más con todas las pilas puestas: la nueva etapa de la política petrolera y el plan de construcción de viviendas. Otro: en su discurso del martes Cristina arrancó con el anuncio de créditos destinados a jubilados y pensionados con un bruto fondo de 5.000 millones de pesos. El anuncio se diluyó con todo lo mucho que vino después.La razón, el exceso. A lo largo de estas semanas quedó clara la parte razonable del reclamo de Moyano tanto como sus desbordes y el haber privilegiado su lectura de la realidad o su proyecto. La demanda por modificar los pisos y escalas del mínimo no imponible y por extender las asignaciones familiares es compartida no sólo por la totalidad del superfragmentado mapa sindical sino que se extendió en declaraciones públicas de referentes del Movimiento Evita o de Luis D’Elía. Está claro que el impuesto a las Ganancias es progresivo cuando se aplica a quienes mejores salarios ganan. Está claro, como dijo Facundo Moyano, que ganar ocho mil pesos (y comienza a pagarse el tributo) no convierte a nadie en rico. Está claro que hay desajustes en la aplicación del impuesto e incongruencias aún más graves en el sistema impositivo en general.



El problema es discutir esos temas a fondo o según el posicionamiento y las alianzas del día a día, en blanco y negro. Las serias dificultades financieras de algunas provincias importantes y las últimas noticias de cierres o suspensiones en fábricas y establecimientos agropecuarios (desde la aceituna a las carnes y los automóviles, las dificultades para exportar están haciendo daño) ameritan que las cuestiones impositivas se discutan de otro modo.



De la ruptura de Moyano con el kirchnerismo (o viceversa) no parece que vaya a surgir una construcción sindical superadora del mapa del que veníamos, aunque puede que sí surja una CGT más dialogante. Así como frágilmente Moyano se alía con Barrionuevo o el Momo Venegas, del otro lado abundan los impresentables. Se sabe que hasta último momento el Gobierno buscó acercar a los dirigentes habitualmente más serenos y capaces del moyanismo: Julio Piumato, Omar Plaini, Juan Carlos Schmid. De cara a lo sucedido en la semana parece que los esfuerzos llegaron tarde, pero eso puede cambiar. Desde el moyanismo suele decirse también que el secretario general de la CGT escucha poco y se manda solo. Pero también truenan broncas porque en la Rosada no atienden los teléfonos. Un año parece un tiempo interesante como para no recibir a la CGT, y más cuando algunos sindicalistas creen entender que la Presidenta les pega más palos a ellos que a los empresarios que, según dice la propia Cristina en según qué intervención, “en estos años la levantaron con pala”.



La Presidenta misma ofreció dos discursos con matices muy distintos el martes y el miércoles. En el primero repartió bonito, no sólo cuestionando las razones de la movilización de Moyano, sino la capacidad de gestión de los gobernadores (en pleno discurso retrocedió unos casilleros y rescató lo hecho en varias provincias). El miércoles, desde San Luis, optó por paz y amor: “Esto no es River-Boca”, “Somos todos argentinos”, “Es cierto que no pensamos igual en todo, ¿pero acaso no necesitamos las mismas cosas? ¿No necesitamos los distintos gobiernos que su gente tenga trabajo genuino?”.Bajando el tono. Un esfuerzo similar por bajar los decibeles y que pasó algo desapercibido provino desde la misma CGT, mediante un comunicado elaborado por Schmid y Facundo Moyano el martes 26. Ese comunicado comenzaba diciendo que “debido a las deliberadas acusaciones de ‘golpistas’ esgrimidas por funcionarios del Gobierno Nacional” era necesario aclarar lo que sigue: que “los argentinos no deben dejarse confundir por las adhesiones mediáticas (al paro) de quienes jamás se han preocupado por los derechos de los trabajadores”. Que se trataba de “reacciones oportunistas y desesperadas de sectores que no son una opción política real en nuestro país”. Y que “en esto hay que ser categóricos: de ningún modo las intenciones de estos sectores marginales representan el espíritu de la masiva movilización convocada para el próximo miércoles en Plaza de Mayo, ni la agenda, ni los reclamos que la CGT viene planteando desde hace más de un año y que no han obtenido ningún tipo de respuesta”.



Más aún, como manteniendo los pies mucho más cerca del interior que afuera del plato, el comunicado agregaba que “la fuerza social que se movilizará es obrera y como tal adhiere al proyecto nacional en la medida en que el mismo no se aleje del camino recorrido a partir del 2003. Los trabajadores jamás seremos ariete, ni mascarón de proa ni fuerza de choque de aquellos a los que poco les importan las negociaciones colectivas, el pleno empleo, los derechos humanos y la distribución justa de la riqueza. Quienes usufructúan esta división en el seno del Movimiento Nacional son adversarios tanto de la CGT como del Gobierno”.



El problema ante este comunicado bien sensato son las palabras, los modos y las acciones de Moyano. Ciertas escaladas llevan a escenarios como el que acabamos de vivir. Desde que vio recortada su capacidad de crecimiento gremial y político, Moyano redobló apuestas sin medir las consecuencias. Se obligó finalmente a replegarse pero a ocultar ese repliegue tras el humo del paro de transportes y el acto en la Plaza. Y obligó al Gobierno a defender su autoridad política, con algunos forzamientos discursivos, y subiendo el voltaje del discurso.
Fuente: 
InfoNews.