Domingo, 24 Junio, 2012 - 10:52

Destituyentes

Las razones de Moyano para explicar el desbarajuste que armó eran, y son, endebles, esencialmente insostenibles.



Pero la retórica y los métodos del Gobierno fueron abominables. Lo visto esta semana ratifica que la Argentina sigue retrocediendo casilleros, apegada a su proverbial esmero para chapotear en el fracaso. En su versión actual, en su escala, y dado su poder de fuego, los camioneros son, como concentrado político-económico-sindical, hijos dilectos del kirchnerismo. Eran poderosos y dañinos antes de 2003 y lo demostraron con paros salvajes y perfil beligerante desde fines del gobierno de Menem y durante los dos años de la Alianza. Pero ese poder se multiplicó sin límites desde 2003 a hoy. La causa interpuesta como argumento de la huelga y movilizaciones desatadas es un razonamiento insostenible.



El Gobierno decide mantener el actual mínimo no imponible para cobrar el impuesto a las ganancias a quienes viven de su sueldo y no paga asignaciones a millares de asalariados porque se le desfondó la caja. Las explicaciones de este agujero social evidente van desde la ingenuidad hasta la mala fe, pero al margen de sus aprietes de caja (el Gobierno atrapa 5.300 millones de pesos este año por no ajustar el mínimo), el problema es en definitiva la inflación. Cuando le mencionan el deterioro del salario que provoca la inflación, Moyano balbucea y defiende ásperamente la vetusta estrategia de pelear por aumentos que se pulverizan inexorablemente con esa exacción inflacionaria. Lo dijo aquí Jorge Fontevecchia la semana pasada, en lapidario diagnóstico: “La inflación es la madre de la mayoría de los problemas actuales”. Para Fontevecchia, la Argentina es “un país que ama los excesos”. Imposible desmentirlo.



¿Qué excesos? Por ejemplo, poner en la calle una movilización basada en perfectamente legítimos reclamos salariales, pero apelando a acciones directas, revela pasión por la desmesura. Sin embargo, aun cuando los camioneros son gente pesada y ducha, no se puede negar que gozaron de zona liberada durante casi una década. Esa metodología brusca y a menudo plagada de acciones legales fue consentida por un Gobierno que irresponsablemente pensó que jamás debería beber esa medicina. Quienes sostuvimos durante años que era pernicioso avalar las transgresiones con argumentos de solidaridad social fuimos groseramente injuriados y tratados como trogloditas de la derecha “destituyente”, esa mítica palabra acuñada por Nicolás Casullo. Ahora es el Gobierno el que habla de “extorsión”, pero su credibilidad trastabilla. Se hicieron gárgaras con el mantra de no “criminalizar” la protesta y ahora son acusados por Moyano de “gorilas” y “antiperonistas”.



Esta intensa percepción de estar volviendo al pasado ya es inocultable. El entero cuerpo político del justicialismo, de derecha a izquierda, fuga hacia lo pretérito, donde cree encontrar ideas y argumentación para los desafíos espinosos de 2012. El nombre de sus agrupaciones revela devoción por los sarcófagos: La Gelbard, La Perón, La Cámpora, La Solano Lima, el Evita, todos ellos muertos entre 1952 y 1984. Las peleas sin tregua dentro del oficialismo también evocan el pasado más siniestro. Los principales enemigos del Perón de 1974 se decían más peronistas que él. Pero si el anciano general se describía en su ocaso como león herbívoro, es porque fue carnívoro veinte años antes. ¿En qué se diferencia el comunicólogo Gabriel Mariotto, arrojando ahora granadas contra Daniel Scioli, del gánster Victorio Calabró acusando en 1975 al gobernador Oscar Bidegain de terrorista montonero? Etiquetas diferentes, la misma praxis antropófaga. Retoños muy tardíos del stalinismo de hace ochenta años, sólo creen en la conducción férrea, secreta y vertical. Por eso pide una reforma constitucional que habilite la “re-re” de Cristina gente como el fascista Luis D’Elía, el ex dirigente del PC Eduardo Sigal y el profesor de Filosofía Ricardo Forster.



¿Por qué una cuestión que debería haber sido tramitada de manera más inteligente, serena y razonable termina desmadrada, a los gritos y en insalubre hipertensión? No es por falta de mayor poder comunicacional del oficialismo, ni porque “alguien no comunica bien lo que está pasando”. Tampoco se trata de que en el Gobierno haya descoordinación y no se hagan bien las cosas. No son ésas, claro, las razones. Como subraya con ejemplar claridad Rodolfo Rodil, en la Argentina se padece una “democracia débil, sin partidos y sin controles”. Esa pavorosa indigencia institucional determina que, con su teatralidad incontrolable, la Presidenta se apresure a volver al país anticipadamente para encarar el conflicto con los camioneros. Sólo ella, nadie más que ella, el país pendiente de las mágicas manos de ella, que se toma de urgencia el avión para Río de Janeiro para apagar los fuegos. Lo mismo hizo cuando canceló una gira por Alemania para evitar que Julio Cobos ejerciera la primera magistratura unos días. Es la misma Argentina en la que Moyano, furioso, declara un paro nacional de camioneros por TV la noche del miércoles y lo levanta de apuro horas más tarde tras conseguir el 25,5% de aumento para sus bien remunerados seguidores. La famosa “organización sindical” es un juguete de utilería. En pocos países del mundo, con sociedades civiles relativamente articuladas, se ejerce el poder de manera tan despótica y unipersonal como en la Argentina. El mismo Moyano que da la primicia del luego levantado paro nacional por TN agasajaba cálidamente al “compañero” Amado Boudou no hace muchos meses.



Es legítimo preguntarse por qué la extorsión y chantaje que esta semana denunció el Gobierno no eran llamados así años atrás. Lo dice con su habitual claridad Liliana de Riz: la Argentina se hamaca siempre entre “el ciclo de la ilusión y el desencanto”. Crece la certeza de que la deshonestidad administrativa, las mentiras oficiales, las chapucerías administrativas y un sinfín de incongruencias son atributos de un modelo que, si alguna vez existió, es hoy una abstracción despintada y deshilachada.
Fuente: 
Perfil.