Domingo, 24 Junio, 2012 - 10:12

La argentinidad al palo

No sólo Cecilia Pando y el CEMA creen que el gobierno es responsable del frenate: hay economistas heterodoxos que señalan la impericia oficial. La insistencia en acallar la inflación real. El ajuste velado.

Hace pocos días, el economista Lucas Llach publicó un post muy provocativo que empezaba así: “En el trimestre anterior a que Néstor Kirchner asumiera el gobierno, hace nueve años casi exactos, la economía estaba creciendo al 13% anual y la inflación era del 1%, también en tasa anual. Hoy los números respectivos no los conocemos con precisión, pero son algo parecido a 0% y 23%. En el medio, el Modelo”.



En cualquier seminario de economistas, politólogos o cientistas sociales, esas cuatro líneas generarían un debate que, posiblemente, terminaría a las piñas, entre quienes sostendrían que la comparación es un retrato bastante acertado de lo que ocurrió en casi una década o una falacia insostenible. Para no hablar de los bobos que apelarían, rápidamente, al carpetazo: es hijo de tal, estudió en tal lado.



Llach publicó en el 2004 un didáctico y apasionante libro de economía llamado Los ciclos de la ilusión y el desencanto, junto con Pablo Gerchunoff. En ese entonces, tenía cierta esperanza en que la Argentina rompiera con esa lógica tan destructiva. Ya no la tiene.



Rubén Lo Vuolo no es cualquier economista. Entre sus antecedentes cuenta el de haber sido el inspirador de la Asignación Universal por Hijo, mucho antes de que fuera implementada por el Gobierno, mucho antes incluso de que los Kirchner llegaran al poder. El 7 de junio escribió en Clarín: “Se bajaron reservas del Banco Central para pagos del Tesoro; se dejó disparar la inflación adulterando las estadísticas oficiales para negarlo; se ignoró y hasta se negó la fuga de capitales; se erosionó el superávit fiscal apelando a fuentes de financiamiento no genuinas; se pagó una tasa de interés negativa a los ahorristas en los bancos; se dejó caer el superávit comercial encantados con el crecimiento económico sin preocuparse por el necesario cambio de la estructura productiva del país; se dejó atrasar el tipo de cambio en relación con muchas variables relevantes de la economía. Con estas políticas inconsistentes no es de extrañar la pérdida de confianza en la moneda nacional y la búsqueda de los agentes económicos de otras unidades de cuenta y otras reservas de valor”.



Roberto Lavagna no necesita demasiada presentación. Pero baste decir que fue el ministro de Economía que condujo con éxito uno de los momentos más difíciles de la historia argentina –muy elogiado por entonces por periodistas como Horacio Verbitsky– y coautor de la renegociación de la deuda externa privada, una de las tres medidas más trascendentes de la gestión kirchnerista. Sólo un ignorante puede calificarlo de “neoliberal”. En una nota titulada “La economía en falsa escuadra”, escribió: “El valor real del dólar oficial no se corresponde con la productividad del país ni con las condiciones de oferta y demanda, ni con lo que la gente opina que debería valer. El mínimo no imponible para el pago de ganancias es objetado por parte de la clase media profesional y los sindicatos de sueldos más altos. La asignación universal por hijo para una familia con dos hijos que es hoy de $ 540 debería estar –para proteger su poder adquisitivo– en $ 630. Los topes a partir del cual el Estado deja de pagar las asignaciones familiares están demasiado bajos excluyendo a una parte importante de los trabajadores. La valuación de los inmuebles, urbanos y rurales está, según provincias y municipios, muy alejada de los valores de mercado por largos años de no modificación en un marco de alta inflación. Las tarifas eléctricas están desajustadas y parte de las empresas prestadoras, al borde de la convocatoria de acreedores y sin realizar inversiones. La nafta no se corresponde mínimamente con la evolución de costos. Las tarifas de transporte han producido la estatización de hecho del sistema, viven del subsidio, la inversiones son nulas y la calidad del servicio, un desastre”.



Durante los últimos años, discurso a discurso, quizá una vez por mes, quizá con más frecuencia, nos hemos acostumbrado a escuchar que la Argentina crece como nunca, que es uno de los países del mundo que más crece, que crece a tasas chinas, que crece sin parar. Crece –verbo crecer, tiempo presente, modo indicativo, tercera persona del singular– pasó a ser una herramienta letal del discurso oficial. De allí derivaban otras maravillas: nivel de empleo, disminución de pobreza, inclusión. El discurso oficial se articulaba alrededor de esas cinco letras que, en realidad, si se limpian de repeticiones, son solamente tres.



Crece.



Los quisquillosos –que siempre los hay– intentaban discutir el dogma oficial. Algunos sostenían que era un fenómeno mundial aprovechado por una medida traumática pero necesaria –la devaluación– que se tomó antes de la llegada de los Kirchner al poder. Viento de cola, se decía. Otros intentaban señalar algunos riesgos en el modo de crecimiento: la inflación alta, el progresivo retraso cambiario, las características extractivas del modelo, los subsidios a troche y moche, el desastre de la gestión energética. Pero –ya lo aprendimos en la década del noventa– cuando hay plata en la calle, los reparos no son muy escuchados. Depende el momento, son cosas de gente que se quedó en el ’45, o de gorilas, o de comunistas que añoran el muro de Berlín, o de pequeñoburgueses funcionales a la derecha. Es más fácil aplaudir cuando las cosas van bien.



Crece. Hay plata. El Gobierno es genial. Nunca antes tuvimos algo así. ¿Para qué escuchar a los agoreros? En los noventa, en los dos mil, siempre, el fenómeno se repite.



Los discursos políticos son, muchas veces, así: cerrados. Es lógico que un gobierno quiera demostrar que todo lo bien que le va a una sociedad se debe a su genialidad, a su valentía, a su “modelo”. Y también esperable que la oposición argumente que el gobierno no tiene nada que ver con la bonanza, que se sacó la grande, que nada de esto le pertenece y, sobre todo, que ese relativo bienestar esconde riesgos muy serios.



Ahora las cosas están cambiando y los roles se invierten. Ya habrán visto, y lo verán hasta cansarse en los próximos meses, a personajes del oficialismo –empresarios de segundo orden, periodistas que asumieron su condición de voceros– que el país ahora “no crece” pero que toda la culpa es del “mundo”. O sea: cuando crece, para el oficialismo eso ocurre sólo gracias a Néstor y Cristina y para la oposición sólo gracias al mundo; cuando no crece, para el oficialismo es sólo culpa del mundo, y para la oposición es sólo culpa de Néstor y Cristina.



La verdad es que en términos sociales es una discusión poco relevante. En general, las sociedades premian a los gobiernos cuando crecen y castigan cuando se achican. Los discursos triunfalistas son creíbles en tiempos de bonanzas y los que buscan culpables en los gobiernos lo son en tiempos de recesión. Los malabarismos discursivos pueden atenuar daños o acentuarlos, pero sólo en magnitudes marginales. Para colmo, todas las miserias que son toleradas mientras hay plata empiezan a irritar más de lo esperado cuando falta: el choque de un tren, una mansión poco explicada, un viaje innecesario en un avionazo, un escándalo de corrupción, un conflicto gremial exagerado o –simplemente– la referencia desafortunada a un abuelito amarrete.



En cualquier caso, quizá valga apuntar un par de detalles.



Primero, quienes creen que el Gobierno es, en parte importante, responsable del abrupto frenate que se está produciendo no son sólo Cecilia Pando y la gente del CEMA, con la que el oficialismo preferiría discutir todo el tiempo. También están economistas heterodoxos que señalan la impericia oficial. En segundo lugar, muchos errores serios del Gobierno –la manera en que se implementan las trabas al dólar o a las importaciones, la insistencia suicida en acallar cualquier voz que de información alternativa sobre la inflación– contribuyen a acentuar aun actualmente los problemas derivados de la situación económica interna y mundial. Tercero, es hipócrita pontificar contra el ajuste, cuando eso es lo que se está haciendo con los retrasos en la AUH, en los sueldos, en las paritarias, en la obra pública, y en la actualización del piso del impuesto a las ganancias para la clase media y media baja.



Crece, era la palabra mágica.



Cinco letras, que en realidad son tres.



Bastaba para ahuyentar cualquier advertencia.



Ahora se sumaron otras letras.



Y ya no crece.



Vienen tiempos movidos.



La argentinidad al palo, como quien dice.
Fuente: 
InfoNews.