Domingo, 24 Junio, 2012 - 09:18

El poder de Moyano
Nuevo jefe opositor

El jefe de la CGT jaquea al Gobierno y desnuda sus contradicciones. El rol de Scioli. Los errores oficiales.

El comienzo de esta historia se remonta al 15 de octubre de 2010. En el estadio de River, y ante una multitud, Hugo Moyano expresó su deseo de, algún día, “tener un trabajador en la Casa de Gobierno”. A su lado estaban Néstor Kirchner y la Presidenta. Rápida y molesta, Cristina Fernández de Kirchner tomó el micrófono y le contestó: “A usted, que pide un presidente que sea trabajador, yo trabajo desde los 18 años”. Esa respuesta marcó una grieta en la relación entre la Presidenta y Moyano que el tiempo y las circunstancias no hicieron más que ahondar. Ninguno de los protagonistas de esta historia pudo imaginar que Kirchner fallecería 12 días después y que el esquema de sucesiones alternativas e indefinidas entre esposo y esposa que el matrimonio había pergeñado se vería tronchado. Así como con Kirchner Moyano tenía buen diálogo, la situación era distinta con la Presidenta.



Un hecho ocurrido en la noche de aquel fatídico 27 de octubre de 2010 aparece como premonitorio. Como se recordará, Moyano fue el último dirigente con quien Kirchner habló telefónicamente en la noche previa a su muerte. Un rumor de aquellas horas atribuía a esa conversación el origen del disgusto que habría precipitado el fallecimiento del ex presidente. Preocupado ante esta versión, Moyano convocó a una reunión en la CGT. “Me quieren echar la culpa a mí de su muerte”, se le escuchó. Hay que recordar que la gestión de Kirchner fue decisiva para lograr que Moyano alcanzara la presidencia del Partido Justicialista bonaerense, hecho que en aquel momento alarmó a varios de los intendentes peronistas del Conurbano. “La muerte de Kirchner cambió todo. Con Néstor otra vez en la Presidencia, Hugo imaginaba un futuro político mejor”, señala una voz del kirchnerismo que supo lo que se cocinaba. Nadie sabe a ciencia cierta por qué Fernández de Kirchner decidió cerrarle todas las puertas a Moyano, quien se involucró activamente en la campaña por la reelección.



El reclamo por el aumento del mínimo no imponible lo viene haciendo Moyano y la dirigencia de la CGT desde hace años. El Gobierno ha hecho siempre oídos sordos a tales exigencias. Sin embargo, nunca la situación llegó a un extremo como el que se vive por estos días. Todo quedaba en el ámbito de las declaraciones. Eso se terminó. Hay una realidad: si en los momentos de bonanza el Gobierno no quiso atender el reclamo de Moyano, que es de estricta justicia, mucho menos podría hacerlo ahora cuando las arcas fiscales necesitan hacerse de fondos de donde sea. A esa imposibilidad se le agrega ahora otro factor: satisfacer la demanda del secretario general de la CGT sería concederle una victoria política que la Presidenta no está dispuesta a tolerar. Se arriba así a un callejón sin salida que sólo podría arreglar el diálogo, para el cual surgen a primera vista dos problemas: uno es quién estaría dispuesto a levantar el teléfono primero; el otro es con qué objetivo.



La innecesaria crisis de estos días tiene cuatro vértices: Moyano, Scioli, la crisis económica y la elección de 2015.

Con Moyano no hay vuelta atrás. La Presidenta ha bajado una orden clara: hay que destruirlo. La orden –que como ocurre en este gobierno nadie que quiera seguir en su cargo puede atreverse a discutir– puede llegar a incluir la cárcel para el líder camionero. El objetivo inmediato es quitarle la conducción de la CGT. Ahí el Gobierno se encuentra con un problema, debido a la falta de figuras del mundo sindical que exhiban un liderazgo fuerte como para opacar la del actual secretario general. El otro problema, al que el Gobierno ha contribuido, es que los acontecimientos de estas horas han transformado a Moyano en el virtual jefe de la oposición. He ahí las increíbles declaraciones de apoyo de Mauricio Macri y de Francisco de Narváez como confirmación de esta novedad, que no requiere de mayores explicaciones ya que deja expuestas sus contradicciones.



Esto vale también para la interna del peronismo, que se encarniza. Moyano es consciente de ello. Por eso, el cuidado lenguaje que empleó para anunciar el paro y movilización del próximo miércoles buscó generar una convocatoria que exceda la del mero aparato sindical. Hay que tener en cuenta que el hecho de que no se aumente el mínimo no imponible termina afectando a la clase media, que seguramente hará su aporte a la manifestación en la Plaza de Mayo.



Muchos se preguntan hacia dónde se encaminará esa cuota de poder que tiene hoy Moyano. La respuesta hoy surge clara: se llama Daniel Scioli. Este es otro de los protagonistas del dramático ajedrez político al que asistimos. Por eso desde el Gobierno ha bajado también la instrucción de destruirlo. Al respecto, lo sucedido en esta semana ha sido categórico y, además, ha venido con un agregado: ya no sólo se le critican a Scioli aspectos de su gestión sino que ahora, directamente, se lo acusa de ser parte de un complot destinado a desestabilizar a la Presidenta. Por lo tanto, a esta altura no se sabe si lo que Gabriel Mariotto –que ha dejado a Julio Cobos hecho un poroto– persigue es que haya cambios en la gestión del gobierno provincial o que Scioli renuncie.



Otro hito de este conflicto lo marcó la denuncia penal contra Moyano y la amenaza de aplicarle la Ley de Abastecimiento. Esta ley refiere a una época nefasta de la Argentina en la que José López Rega, el hombre fuerte del gobierno de Estela Martínez de Perón, se enseñoreaba en el poder. Que un gobierno autodenominado “progresista” haya echado mano a esa norma para limitar una protesta sindical es otra de las paradojas del momento. Es que, como consecuencia de su doble discurso, el kirchnerismo está condenado a beber de su propia medicina. Desde esta columna se ha criticado –y se lo seguirá haciendo– la metodología de los bloqueos y de los cortes de calles y rutas como manera de protestar. Cuando le convino a sus intereses, el Gobierno no dudó en apoyar esa metodología. Es lo que reconoció Pablo Moyano hablando con quien esto escribe por Radio Mitre: “Antes, cuando bloqueábamos las plantas de Techint, de Clarín o de La Nación, desde el Gobierno nos decían que estaba todo bien; ahora, en cambio, nos trata como delincuentes”.



Lo tremendo de todo esto es que esta situación pudo haberse evitado a través del diálogo, herramienta clave de la actividad política. Esta es una verdad de Perogrullo. El problema es que el Gobierno ha hecho una mala lectura del resultado electoral, ya que ha creído y aún cree que el 54% de los votos obtenidos lo transforma en infalible. Y –en lo que constituye otra verdad de Perogrullo– se sabe que la infalibilidad es ajena no sólo a este gobierno sino también a la condición humana.



Producción periodística: Guido Baistrocchi.
Fuente: 
Perfil.