Domingo, 10 Junio, 2012 - 08:49

El gran bonete

¿Haber comprado dólares en estas últimas décadas refleja una conducta patológica? Señales de los últimos días para acercarse a una respuesta.

En el breve lapso de cinco días, tres altísimos funcionarios sostuvieron que un sector importante de la sociedad padece una especie de enfermedad psiquiátrica llamada Trastorno Obsesivo Compulsivo, cuando le hablan del dólar. Así lo hicieron la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, su jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina y el viceministro de Economía Axel Kicillof. En el caso de la primera mandataria hay que destacar que el diagnóstico fue emitido en medio de una especie de autocrítica por haber padecido ella misma el mal aludido, a tal punto que en el mismo momento en que describió la situación, anunció su propia curación al desprenderse del “resabio” o “síntoma” que le quedaba. O sea, al pesificar los dólares que aún tenía en plazo fijo.



¿Será así? ¿Haber comprado dólares en estas últimas décadas refleja una conducta patológica? O, como opinan otras personas, ¿lo enfermo hubiera sido no haberse protegido de esta manera, dadas las condiciones de la economía argentina? Para expresarlo de otra manera, ¿los locos son los que compran dólares, o los locos son los que manejan o han manejado la economía? ¿O ambos? ¿O ninguno?



Vaya uno a saber. Pero en los últimos días hemos tenido algunas señales que permiten acercarse a una respuesta.



Quizás usted no se acordará porque esto ocurrió hace una eternidad –tres meses–, pero en febrero de este año el Gobierno anunció que quedaban pocos días para conseguir gratis la tarjeta SUBE, que permitiría a sus felices poseedores evitar los aumentos inminentes al transporte público de pasajeros. Como la fecha límite fue anunciada muy sobre la hora, miles de argentinos se vieron obligados a hacer largas colas bajo el calor del sol de verano. Encima, la Casa Rosada emitió un aviso reprochándoles que dejaran todo para último momento. La cuestión es que los aumentos no se produjeron. Y nadie explica sobre este asunto.



Sé que no tiene nada que ver con el dólar pero esa marcha, remarcha y contramarcha se expresaría en las siguientes semanas respecto del billete con la cara de Washington, entre otros muchos temas. Primero el Gobierno anunció algo lógico: que sólo permitiría la venta de dólares a quienes tuvieran dinero en blanco para hacerlo. Luego fue variando el criterio. Un día vendía mucho, otro menos, otro un poco, otro volvía vender mucho y al día siguiente absolutamente nada. Y en ningún caso aclaraba cuál era el criterio. Eso, en un marco de situación en la cual empezaba a haber evidencias de cierto deterioro en la balanza comercial y en la balanza de pagos, y cierta pérdida relativa de competitividad de la economía. ¿Es patológico, en este contexto, que cierta gente se empiece a inquietar con lo que está pasando? ¿O sería patológico no hacerlo? Las conductas psiquiátricas, si las hubiera, hay que buscarlas dónde: ¿en el que compra dólares o en el que toma las medidas contradictorias y no las explica?



Para colmo, en el medio de tales desbarajustes apareció la voz del muy equilibrado Aníbal Fernández, que intentó explicar el berenjenal. Fernández dijo algo así como que sólo podrán comprar dólares los que tengan plata en blanco y de acuerdo a las disponibilidades del Gobierno. Luego advirtió. “Van a tener que acostumbrarse a pensar en pesos”. Después gritó: “Tengo dólares porque se me antoja, señora”. Entonces la Presidenta lo retó por primera vez. Él pidió disculpas. Me calenté y me equivoqué, dijo. Pero al día siguiente atacó de nuevo. Pronosticó la cotización del dólar ilegal y contó que Guillermo Moreno –otra personalidad muy equilibrada, por cierto– se reunió con los cueveros para establecerla. Curiosamente, lo desautorizó el propio ministro del Interior. Ya totalmente descontrolado, Fernández dijo que él no necesita nadie que lo autorice ni lo desautorice y aclaró –por suerte– que jamás compraría un estéreo robado. Y entonces la Presidenta le recomendó que se pusiera el bonete.



Una de las curiosidades de estos tiempos curiosos es que alguna gente –todas personas psíquicamente sanas– comenzó a confundir al tal Fernández con Arturo Jauretche. Ya era rarísimo que él creyera que tenía algo que ver con quien fue realmente un prócer. Pero que muchos lo creyeran pasaba de castaño oscuro. ¿Fernández es Jauretche? Si dan ganas de pedir la cuenta.

Fernández macarteaba a militantes cuando los pasajeros del Sarmiento estallaban de impotencia y miedo. Los acusaba sin pruebas de incendiar vagones. Los denunciaba ante la Justicia. Daba nombres y apellidos. Promovía detenciones ilegales. Y la tropa lo festejaba. Era Jauretche. Eso decían. Bancaba la actuación de la Federal durante el asesinato de Mariano Ferreyra y durante la represión del Indoamericano.



Pero era una fiesta escucharlo.



Un gran polemista.



Un espadachín inigualable.



Miren cómo dice que Carrió no tiene los patitos en fila. Y cómo les pega a los periodistas.



Jua.



Es Jauretche.



Le perdonaron todo hasta que, curiosa escala de valores, se metió con el dólar.



Pero el problema no es de Fernández. En todo caso, alguien lo hizo tan famoso en estos años. Y, además, su confusión ética, su doble discurso y su torpeza se asientan sobre un panorama que sería difícil de explicar hasta por el más talentoso de los voceros. En el medio de todo esto se pierden algunos detalles jugosos, como la planilla para viajes al exterior que habilitaba a viajar a países que ya no existen hace veinte años y utilizando monedas que sólo poseen los coleccionistas. Y en el medio el Gobierno disponía un plazo de quince días para liquidar exportaciones y, ante los problemas que ello generaba, los extendía a treinta. Y el mismo embrollo que hay con el dólar se repite con las trabas a las importaciones: que sí, que no, que haga la cola, que veré cuándo y cómo se me antoja lo que voy a autorizar. Y así.



Marchas, remarchas y contramarchas.



Quizá no haya que saber mucho de psiquiatría –suponiendo que alguna de las personas que habló tenga alguna noción del asunto– para entender lo que pasa.



Hay un sector de la sociedad que tiene una relativa –muy relativa– capacidad de ahorro. Ese ahorro no necesariamente es gastado en placer y frivolidades. Para muchas personas, es una garantía para el futuro. En un país donde las jubilaciones han mejorado pero siguen siendo bastante miserables, es lógico que alguien quiera tener un reaseguro para entonces, o dejar algo para sus hijos, o cubrirse por si una enfermedad. Esas cosas. Un palenque donde rascarse, como se diría. Es humano, es razonable, y es difícil entender la subestimación de esa conducta. Naturalmente, en un país como la Argentina, las personas que ahorran –y ellos tanto como los pequeños y medianos empresarios, Cristina, Aníbal, los sindicalistas como Facundo Moyano, Néstor Kirchner, el amigo de Máximo que recomendaba comprar porque “se iba a 10”– calculan cómo conservar el valor de lo ahorrado. Y muchas veces, recaen en el dólar.



Ese refugio no es lo mejor que le puede ocurrir a un país. Claramente no lo es. Pero, en ciertas ocasiones, recurrir a él ha sido una medida racional.



Por eso, es necesario que un gobierno sea serio, moderado, sereno, si pretende transformar esas conductas, tan justificadas por los hechos de las últimas décadas. Paparruchadas como las del senador Fernández o la AFIP no hacen sino consolidar los miedos.



Burlarse, como si se tratara de la discusión en un bar de la Facu, no es lo más respetuoso que se puede hacer. Ir, venir, decir, desdecirse, cambiar el criterio una vez, otra vez, ocultar ese criterio, cometer gaffes enormes y echarle la culpa de todo eso a Magnetto es casi una caricatura de una gestión de gobierno en un tema sensible.



Además, vieron cómo son las cosas. Uno empieza diciéndole loco al otro, el otro le responde que más loca será tu abuela, y terminamos distrayéndonos de los problemas de verdad, que los hay, y cada vez más. Y lo peor es que nos volvemos todos locos en serio, por algo que, me parece, no tiene mucho que ver con el dólar y que quizá sea más grave para nuestro futuro.



O sea: aplicar diagnósticos psiquiátricos al boleo –digo yo, no sé, me parece– quizá no sea la manera más inteligente de afrontar este problema. Ni la más precisa.



Y debo terminar aquí ya que me había propuesto escribir una nota que tuviera un número de caracteres impar, poner el punto final en un minuto par de una hora impar, a ocho minutos de las ocho. Porque cualquier desliz me genera más angustia que el precio del dólar blue.



Socorro.
Fuente: 
InfoNews.