Domingo, 3 Junio, 2012 - 10:10

Maníacos

Para Juan Manuel Abal Medina los argentinos deben (¿debemos?) ser “más normales”.

Pide: “Tenemos que dejar de ser tan raros, porque nosotros no producimos los dólares (…) es una manía, una obsesión compulsiva de un sector de la Argentina de pensar en dólares”. Le hace eco Cristina Fernández: pide “cambiar la mentalidad respecto al dólar”.



Aníbal Fernández informa que tiene dólares “porque se me antoja; hago lo que quiero con mi plata”. Le suplica a un periodista: “No me pida que haga cosas de idiota, no los voy a cambiar a 4,49, ni en el mercado negro, no soy tarado, sólo cambiaré los dólares a pesos cuando no pierda plata”. Le repreguntan, para saber si al turbulento quilmeño, que hace décadas vive de la política y del Estado, le estaba llegando agua al tanque, y éste redobla su fervor: “¿No me acaban de escuchar? Se me antoja, es mi derecho, hago lo que quiero con mi plata”. Confiesa: “Yo no estoy diciendo que soy un ángel de la guarda. Soy un tipo normal que se ganó unos mangos. No soy un tarado que tengo que ir a vender los dólares, golpeando el pecho por patrioterismo. Déjelos ahí tranquilos, que están bien cuidados”. Horas más tarde, el quilmeño admitió: “Me equivoqué. Me hago cargo de la situación, me terminé calentando, contesté destempladamente, me equivoqué”. No dijo en qué había fallado o si se lamentaba de su sincericidio.



Al comenzar febrero de 2010, un acceso similar de desfachatez asaltó al hoy finado Néstor Kirchner. Llamó por teléfono a Víctor Hugo Morales y luego le envió un correo electrónico para explicarle por qué en octubre de 2008, siendo ya diputado nacional y cónyuge de la Presidenta, compró dos millones de dólares para comprarse un hotel en El Calafate, operación que consumó en moneda estadounidense. Se esforzó en explicarle a Morales (que no necesitaba nada para ser convencido) que los dos millones de dólares que compró estaban “dentro del tope permitido para las personas físicas” por las autoridades monetarias. Se quejó esa vez Kirchner por la sospecha de manejo de información privilegiada siendo un ex presidente casado con la presidenta en funciones. Dijo: “Afecta mi honorabilidad”.



El 6 de noviembre de 2008 se adueñó del Hotel Alto Calafate, ubicado a pocos metros de Los Sauces, la suntuosa residencia campestre que hoy ocupa su viuda, Cristina. “Para formalizar el pago de dicha adquisición en dólares estadounidenses, efectué durante el mes de octubre compras de dichas divisas con fechas 9, 15 y 23 de octubre hasta completar un total de 1.999.999,80 dólares, dentro del tope permitido para personas físicas en forma mensual”, explicó con prolijidad. Eran bienes gananciales: al comprar el lujoso predio, también se hacía propietaria del mismo la mujer que presidía la República. El artículo 268 del Código Penal contempla (inciso 1º), penas de entre uno y seis años de prisión para el funcionario público que “con fines de lucro utilizare para sí o para un tercero informaciones o datos de carácter reservado de los que haya tomado conocimiento en razón de su cargo”. En aquel momento el Gobierno acusó a Martín Redrado por haber dicho que tenía “las listas de los amigos del poder”, que habían comprado dólares, sin denunciarlo judicialmente. Esos amigos eran, entre otros, los Kirchner, Hugo Moyano y el padre del gobernador tucumano José Alperovich.



El crecimiento de la fortuna del matrimonio Kirchner superó en 2008 los $ 28 millones. La causa judicial subsiguiente fue naturalmente cerrada luego por el servicial todoterreno Norberto Oyarbide. Esa semana, al enterarse del éxito verde de Kirchner, Felipe Solá, que en aquella etapa de su oscilante vida era jefe de diputados del Peronismo Federal, calificó como “éticamente espantoso” el negocio del ex presidente. La causa clausurada por Oyarbide investigaba al matrimonio Kirchner por el citado artículo del Código Penal (268), pero por el inciso 2º, que prevé sanciones para el funcionario “que no justificare la procedencia de un enriquecimiento patrimonial apreciable suyo o de persona interpuesta para disimularlo ocurrido con posterioridad a la asunción de un cargo público”.



Las personas físicas y jurídicas que compraron dólares en octubre de 2008 lo hicieron en pleno terremoto financiero mundial, luego de que, el 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers declarara su quiebra y la economía mundial se fuera a pique. Una fiera para el dinero, Kirchner se hizo de los dólares apenas 20 días después del derrumbe de la financiera norteamericana. ¿Podría haberse anticipado a la fluctuación de la moneda por ser nada menos que el hombre que dormía en el mismo lecho de la Presidenta? En octubre de 2008 el dólar pasó de $ 3,23 a $ 3,39, y cerró el año a $ 3,41. Si Kirchner compró US$ 2 millones a comienzos de mes (cuando estaba a $ 3,23), se levantó 366 mil pesos con la diferencia.



Nada de esto tendría demasiado relieve si fuesen hechos aislados. Hacer lo que se les antoja es lo que han hecho cada vez que pudieron. Al combinar en fórmula devastadora el culto más ramplón a las “transgresiones” con un descaro frontal que enmudece a todo el mundo, quienes gobiernan consiguieron anestesiar hasta los reflejos más elementales de una sociedad no demasiado asombrada por la ilegalidad proverbial de la Argentina.



Pero el cristinismo estrena ahora la cereza del postre para dar su versión de los barullos financieros del país. El jefe de Gabinete hizo esta semana ante el Senado una divertida incursión en la jerga freudiana. Los argentinos tienen (¿tenemos?) un trastorno maníaco, obsesivo y compulsivo con el dólar, dijo. No se sabe bien por qué ni para qué, pero, al igual que esa gente que cada diez minutos se va a lavar las manos al baño, dólar que vemos, dólar que compramos. No podemos parar. Recelosos y huraños, huimos del peso y sentimos debilidad por la moneda de los Estados Unidos. Abal Medina proclama el nacionalismo monetario desde el riñón de un gobierno cuyos númenes han sido estos nueve años los más exitosos, eficaces y meticulosos acumuladores de dólares que recuerde la historia política argentina. Hasta Ricardo Forster una vez me reconoció en televisión que le caía pesado que los Kirchner fuesen tan ricos. “Me gustaría que no tuviesen tanto dinero”, admitió casi desolado. Al país lo gobierna una nomenclatura de personas forradas en dólares, pero que acusan a los argentinos de enfermos mentales por querer ser como ellos.
Fuente: 
Perfil.