Domingo, 3 Junio, 2012 - 08:35

¿Hacia una nueva Constitución?

Las constituciones son escrituras en movimiento que siguen siendo continuamente interpretadas y sobrescritas.

Lejos de los mandatos divinos, más lejos todavía de los textos revelados a los que se les rinde culto, las diversas y en ocasiones enfrentadas escrituras constitucionales que recorrieron la historia argentina han sido el resultado de complejos y contradictorios entramados políticos, ideológicos, económicos y culturales. Las constituciones, las que nos tocan pero también las del resto de los países del mundo, han sufrido, y lo seguirán haciendo, múltiples modificaciones e, incluso, cambios radicales allí donde se trastocan dramáticamente las circunstancias de la historia exigiendo que la carta fundamental sea revisada. Conflictos, giros ideológicos, intereses de clase, rupturas políticas, transformaciones sociales, cambios culturales y científico-tecnológicos son algunos de los motivos que vuelven imprescindible la adaptación o la revisión de aquellos textos que buscan darle entidad jurídica y normativa a la trama de convivencialidad que atraviesa cualquier nación. Las constituciones son escrituras en movimiento que siguen siendo continuamente interpretadas y sobrescritas a lo largo del tiempo y de las vicisitudes de las sociedades. Anclarlas de una vez y para siempre es algo ajeno a la dinámica de la historia y de sus actores: los hombres y mujeres, el pueblo soberano, que instituyen la vida social y les dan forma a sus textos normativos.



Ese pueblo, aquello que Baruch Spinoza pensó como “multitud”, es “democrático en un doble sentido: por una parte como designación de un poder popular, una potencia inalienable e intransferible, un derecho en acto constitutivo de la realidad social; por otra, multitud democrática significa preservación de las diferencias que la constituyen por naturaleza, resistencia a la uniformidad; conflicto irrepresentable que produce institucionalidad, dándose a sí misma una forma viva”. Por eso, agrega Diego Tatian en un más que interesante reportaje sobre los cruces entre la idea de democracia, la concepción republicana y el pensar siempre desafiante e irreverente de Spinoza, “la libertad de pensar y manifestar el pensamiento tiene en Spinoza un núcleo democrático, no liberal”. En esa “multitud democrática” radica el gesto constituyente, la imperiosa necesidad de construir el texto que esté a la altura de sus necesidades, de sus sueños y de su capacidad de invención. Y eso vuelve a ser posible cuando en el interior de una sociedad reaparece esa “multitud” como sujeto de su propia historia y ya no como actor pasivo de un sistema que despliega distintos mecanismos de dominación y sometimiento. Hay República cuando la vida democrática se fundamenta en el pueblo soberano y no cuando la determinación de su legalidad y legitimidad proviene de unos cuantos individuos “ilustres” que fijan las condiciones en las que pueden o no hacerse “visibles” los incontables de la historia.



¿Cómo imaginar que una Constitución elaborada y promulgada a mediados del siglo XIX, un siglo dominado por una visión eurocéntrica, profundamente afincada en una concepción burguesa del mundo, liberal y positivista, no democrática en su peculiar republicanismo patrimonialista que dejaba afuera a las mayorías no propietarias, pueda continuar representando la actualidad de un país que se adentra en las complejidades sociales, tecnológicas, culturales, económicas y políticas del siglo XXI? ¿Cómo insistir con un texto diseñado y elaborado en plena década neoliberal como aquel que puede seguir interpretando cabalmente lo que viene sucediendo en nuestra sociedad y en América latina cuando en su propia elaboración se echaron las bases para ultimar el saqueo de nuestros recursos y favorecer a los sectores concentrados del capital en detrimento de las amplias mayorías?



Si bien las constituciones debieran ser el producto de amplios consensos y la puesta a punto de acuerdos estructurales que le dan forma a la trama de una nación, la realidad histórica es algo muy diferente y, por lo general, muchas de esas constituciones luego sacralizadas y vueltas intocables han nacido de tremendos actos de violencia o como corolario de la exclusión de las mayorías. A modo de ejemplos: después de la batalla de Caseros se abrieron las puertas para la promulgación de la Constitución de 1853 que marcó casi un siglo de historia nacional y se hizo sobre la derrota de una parte no menor de la Argentina anterior al triunfo de Urquiza. Una vez consumado el golpe sangriento contra Perón que se inició con los bombardeos a la Plaza de Mayo que dejaron centenares de muertos civiles, la Libertadora confeccionó una nueva Carta Magna que vino a derogar la elaborada en 1949 por el peronismo. Por esas paradojas de la historia la única de las constituciones argentinas que surgió de un acuerdo y no de la sangre derramada o de la ilegalidad golpista, y eso más allá de los intereses espurios que estuvieron detrás y la hicieron posible, fue la de 1994.



Así como en el origen de casi todas las naciones, escribía el historiador francés Ernst Renan a finales del siglo XIX, hay una violencia mayúscula que debe ser prolijamente “olvidada” por las clases dirigentes, también en el interior de los textos constitucionales suelen quedar las marcas de los “triunfadores”. Dicho con otras palabras: las constituciones también han sido “campos de batalla” en los que los triunfadores han definido el rumbo de sus respectivas sociedades y han avanzado dramáticamente sobre los cuerpos y las memorias de los vencidos. Hacer historia crítica de una sociedad es, también, detenerse en el análisis de sus textos constitucionales rompiendo prejuicios y dogmatismos para alcanzar a desentrañar la compleja manera como han dejado sus huellas profundas en nuestro tejido social y es, a su vez, penetrar en sus virtudes y en sus carencias, en sus logros y en sus fallas. Diferentes son los proyectos de país que emergen de constituciones como las de 1853, 1949, 1957 o 1994. Y diferente también es el país que hoy, acá y entre nosotros, se plantea la pertinencia y la necesidad de elaborar colectivamente una nueva Constitución. Sólo sociedades paralizadas o atrapadas en regímenes autoritarios o dictatoriales no aceptan actualizar sus necesidades, sus nuevas perspectivas, sus transformaciones y hacerlo en el interior de sus escrituras constitutivas. Nada más empobrecedor que convertir en sacrosanto un texto que debiera expresar, a lo largo del tiempo, las demandas, los sueños y las necesidades del pueblo soberano.



Cada época y cada generación son responsables de sostener la memoria y de enfrentar, con inteligencia, imaginación y coraje, los desafíos y las demandas de su propio tiempo histórico. Extraordinaria la saga de los pueblos cuando se multiplica, como en la actualidad argentina y sudamericana, su fuerza transformadora y cuando va dibujando la silueta de su propia emancipación. Son, esos momentos, los de la invención constituyente, los que vuelven a soñar sueños ya soñados por quienes los precedieron y lo hacen bajo el mandato sagrado de volver a unir la libertad con la igualdad. Épocas únicas, mágicas y renovadoras en las que las multitudes populares recogen los hilos secretos y perdurables que enlazan todas las luchas por la dignidad y las convierten en antesala de una nueva fundación.



“Tenemos Patria” se dijo un 25 de mayo cuando todavía permanecían los días calientes y tumultuosos del Bicentenario. Por las convicciones de un hombre –capaz de caminar contra el viento huracanado de la injusticia y la desigualdad– que traspasaron la puerta de la Casa Rosada. Por el coraje de una mujer que recogió la antorcha y se animó a enfrentar a las corporaciones y a su fuego destituyente. Por la fuerza de un pueblo que se puso en marcha pese al profundo daño al que fue sometido en las últimas décadas del siglo pasado. Por el compromiso de los jóvenes que recuperan la política como herramienta de transformación y vuelven a reconstruir los puentes con los ideales emancipatorios que les precedieron.



Por eso surge la pregunta que, de eso no hay dudas, será tergiversada por los poderes corporativos y será desprestigiada por los lenguajes mediáticos que buscarán sustraerle su esencia para reducirla a un mero maquiavelismo reeleccionista: ¿no ha llegado el tiempo de una nueva Constitución que conforme la arquitectura institucional del siglo XXI? ¿No se vuelve imperioso plasmar todos esos sueños y esas realizaciones en un nuevo acto constituyente que nos ponga a la altura de una realidad renovadora de la vida nacional? ¿No resulta urgente dejar atrás, bajo la forma de una nueva Constitución, las brutales limitaciones que se nos impusieron en tiempos de entrega e impunidad, de exclusión y derogación de derechos? ¿No deberíamos estar a la altura de aquellos fundadores de la patria y avanzar, como pueblo soberano, hacia esa nueva carta que recoja la potencia de lo desarrollado desde aquel 25 de mayo de 2003? ¿No es acaso este momento el indicado para azuzar la imaginación creadora de nuestra sociedad y expandir, cada vez más, la política de derechos que se viene implementando invirtiendo décadas de vaciamiento y de impunidad? ¿No resulta indispensable ir más allá de una Constitución que nos retrotrae a nuestra segunda “década infame”? Preguntas que encarnan en el interior de una etapa caracterizada por la reparación de memorias y derechos y por la reconstrucción de un tejido social brutalmente desgarrado por las políticas que le dieron sustento material e ideológico a la Constitución del ’94.



Cada Constitución es reflejo de un proyecto de país. La Constitución vigente, hija del pacto de Olivos y parida por el Consenso de Washington, fue pensada para el proyecto neoliberal de sumisión de la Nación, de extranjerización de la economía, de saqueo de los recursos naturales y de exclusión de millones de argentinos y argentinas, que se quedaron sin pan y sin trabajo. Fue dictada cuando se proclamaba la muerte de las ideologías y el fin del Estado Nación. Se la escribió contra el pueblo y contra los intereses nacionales. Ese proyecto entró en su crisis profunda en diciembre de 2001. Y fue Néstor Kirchner quien empezó a escribir su epitafio.



Una nueva Constitución, la que reclama la hora de un país y una sociedad atravesada por vientos de cambio y emancipación, es expresión de un sueño, de un proyecto de patria compartida y solidaria. Proyecto que deberá encontrarse con el texto que le corresponde, cuyo material se guarda en la inagotable cantera de la memoria popular y le da forma a partir de lo nuevo de una época pródiga en reparaciones y en construcciones capaces de ir forjando la verdadera soberanía. Nueve años de práctica política, de una práctica capaz de reponer una lengua saqueada por el neoliberalismo, habilitan ese sueño, le dan recorrido, le dan viabilidad y lo vuelven urgente… Estamos cambiando la Argentina, derrumbando los paradigmas que nos sometieron durante décadas a los poderes corporativos de un capitalismo especulativo-financiero, ampliando derechos, recuperando instrumentos de decisión soberana en lo económico, lo político y lo cultural. Venimos haciendo, sin prisa pero sin pausa, un país más igualitario. Lo constituido desde el 2003, esos nuevos sujetos sociales capaces de reencontrarse con lo mejor de su memoria, aspiran a transformarse, por mandato histórico y por legitimidad democrática, en constituyentes.



Tenemos en la mochila el ejemplo de la Constitución social de 1949, que recogió, más allá de los debates que suscitó y de su abrupta interrupción por los golpistas del ’55, las peleas, los reclamos y las aspiraciones de los trabajadores; que organizó y metabolizó, en una parte sustancial de su articulado, la experiencia más rica de los sectores subalternos en el siglo XX de justicia social, independencia económica y soberanía política. Guardamos, también, lo mejor de los sueños libertarios de quienes forjaron la patria en las jornadas de la independencia y de aquellos otros que buscaron diseñar los perfiles, no siempre logrados, de un Estado de derecho. El pueblo, el soberano constituyente de este tiempo, atesora lo mejor de cada generación que luchó por darle leyes justas a cada etapa de nuestro itinerario nacional. Todo debate reinicia y actualiza lo previamente desarrollado; recoge las mejores experiencias y se hace cargo de incorporarlas a la memoria colectiva que permanece activa en toda acción instituyente que busca revitalizar y enriquecer la vida compartida. La democracia, concebida como invención permanente, no conoce sus propios límites ni puede declarar cumplido su despliegue por la historia. Si esto es así, no hay Constitución que haya sido escrita de una vez y para siempre. Su espíritu debería ser el de la expansión ilimitada de la vida democrática que busca siempre los nuevos lenguajes capaces de profundizar las aspiraciones de libertad e igualdad que siguen, vitales, habitando el cuerpo social.
Fuente: 
InfoNews.