Sábado, 2 Junio, 2012 - 19:44

De laberintos y meandros

El sindicalismo peronista sigue vagando en su propio laberinto, a tientas aún, sin ver un hilo de luz que le permita hallar la salida.

Pero esa desorientación obviamente no se reduce al reemplazo de tal o cual dirigente -aunque en esta instancia sea todo un tema-, sino a la persistencia de un problema de identidad y de decisión política que no es de fácil resolución.



En ese contexto, los dirigentes lidian con la telaraña que ha tejido en derredor de ellos un Gobierno que utiliza gran parte de sus propias herramientas, dirigidas a especular con sus necesidades.



Siempre fue menos complicado pulsear con administraciones de signo no peronista que con las surgidas de las mismas entrañas ideológicas. Y no es una paradoja, sino un destino histórico: el conflicto (hacia fuera y hacia dentro) se torna inevitable, sobre todo cuando -también de manera ineludible en este país- aparecen las eras de ajuste o de vacas escuálidas.



Vale la pena entonces un breve racconto para arribar a la etapa actual. Desde la irrupción de Néstor Kirchner en el escenario mayor y casi hasta el momento de su muerte, los gremialistas saborearon las mieles de un trato preferencial, especialmente los que estaban soldados a Hugo Moyano.



El jefe de los camioneros y de la CGT y el ex presidente -durante y después de su mandato- mantuvieron una férrea alianza por intereses mutuos, que les distribuía réditos a ambos.



Al desaparecer Kirchner, la presidenta Cristina Fernández dio rienda suelta a uno de sus deseos más íntimos y postergados: sacarse de encima a Moyano, lo cual implicaba también una caída en dominó de un ejército de dirigentes y, en definitiva, la remoción de un obstáculo.



En ese marco, parte importante de ese esfuerzo estuvo destinado a expulsar todo vestigio de moyanismo de las áreas del poder, fundamentalmente de los reductos donde hay arcas generosas de las cuales salen fondos para una de las bases de sustentación del poder gremial, como son las obras sociales.



Por supuesto que esto estuvo condimentado con la casi desaparición sindical de las listas de candidatos para las elecciones. Pero encima, en la Argentina comenzó entonces a despuntar la etapa del ajuste y de los nubarrones en la economía.



Para Moyano no fue demasiado complicado decidir y anunciar su cambio de vereda, aunque con un problema en su horizonte, como es el fin de su mandato.



Ante el final de ese ciclo, el Gobierno vio la ocasión de expulsar al líder de los camioneros apelando a los oficios de sectores sindicales también ortodoxos y opuestos a Moyano. El todavía jefe de la CGT resistió, embistiendo cada vez más duro al Gobierno, hasta llegar al momento actual en el que se siente prácticamente un Ave Fénix.



Sin parar, en las últimas semanas Moyano por su lado y sus contrincantes por el otro anduvieron voceando a los cuatro vientos que tienen la cantidad de delegados suficiente como para derrotar al rival en el congreso cegetista previsto inicialmente para el 12 de julio. Inicialmente, porque los antimoyanistas están accionando para evitar la realización de ese encuentro destinado a ratificar o reemplazar a Moyano, aunque todavía no están seguros de lograrlo.



Hay más de una duda. Por ejemplo, varios dirigentes que se alejaron del camionero no podrían objetar algo que ellos mismos avalaron al participar de la reunión de consejo directivo de meses atrás en la cual se convocó al congreso de la CGT.

Encima, el gastronómico Luis Barrionuevo -experto en cismas sindicales- pegó el portazo en la casa antimoyanista y ahora parece acercarse nuevamente al líder camionero.



¿Qué pasó en el medio? Muy simple: Barrionuevo no quiere quedar tan pegado al Gobierno como los "independientes" y los "gordos", no comparte la idea de que el metalúrgico Antonio Caló sea el nuevo jefe de la CGT (sostuvo férreamente el plan de un triunvirato y ahora, en esta nueva instancia, algunos se ilusionan con una fórmula Moyano- Barrionuevo) y está convencido de que ya pasó la hora para que la administración cristinista abra la mano para compensar esa lealtad oportuna.



Es que pese que al sector que quiere destronar a Moyano ya no le queda manera de mostrar su embanderamiento con el oficialismo, hasta ahora no hay señales concretas de que se satisfagan algunas de sus necesidades, que, en definitiva, son también las de toda la grey sindical.



Aunque Moyano denunció que les estarían ofreciendo fondos para las obras sociales a quienes se sumen a la cruzada para voltearlo, desde el sector supuestamente destinatario de esos favores juran y perjuran que no han recibido ninguna oferta en ese sentido.



Además, pese a los dichos de la viceministra de Trabajo en cuanto a una posible actualización del mínimo no imponible, no hay nada definido acerca de la elevación de las bases salariales a partir de las cuales se aplica el letal Impuesto a las Ganancias.



En cuanto a las asignaciones familiares ocurre otro tanto. Es más: a las demandas de universalización de esos beneficios se opone la inercia -de hecho fomentada por el Gobierno- que provoca que cada vez menos trabajadores los perciban, a medida que sus ingresos perforan, aunque sea mínimamente, los límites para su cobro.



En suma, ni una respuesta positiva a las demandas. Encima, los evidentes perjuicios que, por efecto de la persistencia de estos parámetros, sufren los salarios de los trabajadores, se dan de patadas inocultables con esenciales principios peronistas. De hecho, Moyano ya dijo que la Presidenta no representa al peronismo que ellos quieren.



Pero en este marco, para el Gobierno no hay rosas sin espinas. Como se están planteando algunos panoramas futuros, no puede descartarse un aumento de la conflictividad. Y la administración necesita un cauce para esa posible circunstancia.



El propio Moyano, de quedar afuera de las estructuras formales de la CGT, podría ser uno de los arietes de ese conflicto, así como durante su alianza con el oficialismo fue el dique de contención.



Es por ello que la situación no se simplifica en el trámite del reemplazo de un dirigente que pudo haber cumplido su ciclo, sino que significa nuevamente un desafío fundamental, como los que históricamente presentan -y seguirán haciendo, sin duda- los impares meandros del peronismo.



(*) Periodista DyN
Fuente: 
Agencia DyN