Jueves, 31 Mayo, 2012 - 20:06

Correo de nuestros lectores
El Almacenero

“Todo impuesto debe salir de lo superfluo, y no de lo necesario”, solía repetir Gaspar Melchor de Jovellanos, literato, economista y político español del siglo XVIII.

El concepto es sencillo y crea el escenario para preguntarse si a los asalariados de la clase media o media baja, a los pobres o los indigentes, les puede resultar
superfluo el peor de todos los impuestos indirectos distorsivos, tal y como es la inflación, negada en su magnitud sistemáticamente por el gobierno y primera causal de situaciones muy delicadas que ha estado viviendo el país y sus provincias en –al menos- los últimos cinco años.



Hoy es el cepo cambiario (que se aproxima peligrosamente a dañar el concepto de ‘propiedad privada’ y al de las ‘libertades individuales’, sustentadas en nuestra Carta Magna), en concomitancia con otros conflictos importantes, como las trabas a las importaciones, a las exportaciones, la mengua en un sector de la producción y la caída del consumo interno. Sin embargo, todo esto no es más que la
consecuencia necesaria de errores anteriores derivados de la negación de la inflación.



En efecto, lo que comenzó siendo una suerte de viveza criolla por parte del gobierno central, al disfrazar –tras su intervención- los números del Indec a nivel nacional, a contrapelo de los índices que difundían las provincias en los ámbitos locales, generó evidentemente –con el paso del tiempo- innumerables consecuencias negativas no contempladas inicialmente y –además- la improvisación de medidas ‘parche’ de carácter económico, que – a la luz de los resultados- no surtieron el efecto esperado.



Para decirlo en sencillo: si Argentina quisiera, por ejemplo, emitir más dinero
acorde al menguado poder adquisitivo del peso y en el marco de la inflación real, debe tener por sustento –además del que ofrecen los sectores productivos- un conjunto de garantías y respaldos para evitar una acentuación de la inflación.



Una de esas garantías –aunque no la única- es la tenencia y disponibilidad real por parte del estado argentino de una determinada cantidad de dólares, entre otras monedas, a pesar de que la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, a finales de marzo, aseguró que "Es totalmente falso decir que la emisión genera inflación”.
En realidad, y como suele recordar el especialista cubano Alberto Luzárraga, la emisión de dinero debe sustentarse con algo más que con “la mera voluntad de las autoridades políticas".



Cae de maduro, entonces, que cuanto menos dólares (y otras divisas) hayan en el sistema financiero, menos margen hay para imprimir billetes pesos. Ésta es, entre otras,
la razón del cepo cambiario, de las trabas a las importaciones (que implican la salida de divisas extranjeras), y de las exigencias de exportar algo (que conlleva el ingreso de dólares y otras monedas) para quienes quieran conseguir las autorizaciones para importar; y todo esto en un horizonte donde el país, además, este año debe deshacerse de millones de dólares si quiere cumplir con sus obligaciones externas (pagar deudas).



Con todo el respeto que se merecen ¿Cómo hace un simple pero realista almacenero de barrio para realizar sus cuentas? Es sencillo, en realidad. Compra la mercadería -requerida por su clientela- a un precio determinado (egreso de dinero), la vende a otro superior (ingreso de dinero), a sabiendas de que con la diferencia lograda a su favor deberá, al menos, cubrir mensualmente su costo fijo (alimentos, ropa, luz, agua, impuestos, etc.), y las cuotas de la tarjeta o de los créditos personales si los tuviera.
Si eso ocurre, su micro balanza comercial estaría equilibrada. Y si –además- las ventas del mes fueron mejores a las esperadas, entonces podrá ahorrar unos pesos; es decir, tuvo un micro superávit comercial.



Ahora: hay algunas cosas que un almacenero sensato no haría: disimular su costo o gasto mensual fijo (frente a sí mismo y frente a su familia); disminuir arbitrariamente y a escondidas el costo real de la mercadería que compra para luego ufanarse de lo mucho que gana en cada venta; obligar a su clientela a que compre ciertos productos y no otros distintos, bajo apercibimiento de denunciarlos; darles dinero a cada uno de los miembros de su familia, pero llavear la puerta de salida para que todos gasten ese dinero en el interior de la casa, de modo que el dinero real esté disponible para enfrentar todos los compromisos adquiridos.



Según veo, Argentina ha hecho precisamente lo que no hace un almacenero sensato. Por eso la desconfianza creciente. Y por eso –también- el retiro constante en las dos últimas semanas, de depósitos en dólares de los bancos, por encima de los u$s 100 millones diarios; y todo esto sin perjuicio de que el Banco
Central canceló pagos a organismos internacionales por deudas que contrajo en noviembre pasado, para disimular los efectos de la salida bancaria de divisas extranjeras.



(*) [email protected]