Domingo, 27 Mayo, 2012 - 10:03

Simbiosis

Nada inquietaría más a los paladines del “modelo” que la demostración cabal de su profundo parecido con los conservadores españoles de Mariano Rajoy.

Es que en materia de medios de comunicación, el gobierno de Cristina Kirchner piensa y actúa con los mismos valores y criterios con que hoy se maneja el gobernante Partido Popular de España.



La profunda y agresiva carga que viene descerrajando Rajoy contra Radio Televisión de España (RTVE) revela una inquietante identidad de criterios entre ambos gobiernos. La televisión y la radio de España han sido públicas en serio desde hace años y hasta ahora. Vastamente conocida por su probada independencia, la efectiva pluralidad de sus contenidos y una calidad de servicio público acreditada por años, RTVE es definida en las páginas de El País de Madrid como “uno de los logros más destacados en materia de libertades civiles de la primera legislatura del gobierno de (José Luis) Rodríguez Zapatero”.



Contra todo esto ha venido trabajando y tomando decisiones el gobierno de Rajoy, que los progresistas argentinos suelen etiquetar peyorativamente como neoliberal. Se trata de una televisión y una radio modeladas en el esquema europeo de posguerra, un concepto apoyado en la convicción de que para ser públicos en serio, los medios de comunicación en manos del Estado deben asociar las exigencias previsibles y comunes a todo servicio público con la fehaciente capacidad de ser oídos y vistos por audiencias significativas y hasta mayoritarias, además de convertirse, por la calidad de sus producciones, en paradigmas de la industria audiovisual. Como lo demuestran la BBC británica y la Deutsche Welle alemana, “lo público” no tiene por qué privarse de ser competitivo en el mercado, pero –claro está– a condición de respetar estrictos criterios y obligaciones. Aquí es donde se patentiza la impostura de la radio y la TV “públicas” de la Argentina, que en nueve años nunca dejaron de ser meros voceros dogmáticos y sectarios del poder político.



El modelo español, que ahora está tratando de esmerilar y desfondar el gobierno de Rajoy, se apoyaba en una radio y una TV promotoras de los valores democráticos asumidos en la Constitución, pero asociados a una conminatoria exigencia de pluralidad. Esto requiere de dos condiciones que son directamente inexistentes en el caso de las argentinas Radio Nacional y Canal 7: neutralidad y rigor informativo.



Hasta la llegada de la derecha española al poder, un rasgo decisivo de los medios públicos de ese país era una considerable independencia respecto de los gobiernos de turno. Aquí es donde se concentra ahora la carga de Rajoy, destinada a anular la dependencia funcional, orgánica y presupuestaria de RTVE con el Parlamento, además de suprimir una serie de mecanismos que aseguraban la no dependencia de esos medios de cara a los políticos circunstancialmente en el poder.

Por caminos cruzados y aparentemente divergentes, en lo tocante a los medios Rajoy y el kirchnerismo ven las cosas de la misma manera y así actúan. En la Argentina, la idea de neutralidad y pluralidad mata de risa a los talibanes del “modelo oficial”. En ese sentido, no se andan con eufemismos y predican que en la vida nadie es neutral y que la única realidad es la guerra de intereses contrapuestos. ¿Qué neutralidad? Por eso, lo permitido a los grupos concentrados de la agit-prop oficialista les está vedado a los que, en cambio, el poder estigmatiza como medios hegemónicos.



Por una mezcla de pedestre oportunismo, ingenuidad y fuertes gotas de identificación ideológica, la Corte Suprema de Justicia acaba de emitir una decisión que fue recibida con algarabía por el Gobierno, razón suficiente para convertir en sospechosos a los supremos, convencidos hasta hoy de integrar el mejor tribunal de la historia argentina.



Rajoy recorta el presupuesto de los medios públicos con la razonable explicación de la crisis, pero lo principal es que, además, cambia un mecanismo clave que aseguraba la independencia de RTVE, la forma de elección del Consejo de Administración y de su presidente, pivoteando groseramente sobre la mayoría absoluta que hoy tiene la derecha en el Parlamento español. Hace realidad, así, los objetivos de esa derecha, alérgica a unos medios públicos buenos, serios, competitivos, plurales y neutrales.



En la Argentina, ni siquiera se han tomado el trabajo de aparentar formas institucionales; se han aposentado en esos medios de manera excluyente y, de hecho, totalitaria. Los manejan en solitario, sin la menor aspiración ya no se diga de neutralidad, sino al menos de una cierta equidistancia. Mucho tienen en común Rajoy y la praxis kirchnerista. En el caso argentino la simbiosis con las prácticas de la derecha española es evidente y ostensible hasta el escándalo. De hecho, el gobierno argentino ha privatizado por completo su comunicación y se mantiene en esa postura sin inmutarse. Sus funcionarios hablan casi exclusivamente sólo con los propios medios, tanto los estatales como los supuestos “privados”, como las versiones locales del Granma cubano y la Pravda rusa previa a 1990, que aquí se publican como Tiempo Argentino y Página/12.



El terror o al menos la severa indisposición ante una cultura de la pluralidad ejercida y no sólo predicada provocan alineamientos y convergencias inesperadas. Bajo el grueso maquillaje de la democratización de los medios, en la Argentina se ha producido una brutal concentración y apoderamiento oficial de los mismos. No lo quiere ver así, o no lo puede ver de esta manera, una Corte Suprema que resistía con mayor o menor hidalguía el fenómeno de colonización oficial, que ya no perdona nada ni a nadie. El último fallo de la Corte, convertida desde 2003-2004 en “la” joya de la corona kirchnerista, la coloca en riesgo de ser otro bocado del botín del poder. Peor aún, el relato se descascaró: en materia de medios, Rajoy es hoy cristinista, ¿o es Cristina la que nunca dejó de ser “popular” a la española, o sea profundamente conservadora?
Fuente: 
Perfil.