Miércoles, 23 Mayo, 2012 - 18:33

Entre arenas movedizas

El periodista que sufrió un sorpresivo aneurisma y hoy se recupera en su casa, relata la experiencia que le tocó vivir y que tuvo en vilo a familiares, amigos y colegas.



“A mi cita fuí pero el horizonte se había cansado de esperar, me llamó san Pedro por mi nombre y no le quise contestar”. Arenas Movedizas, Joaquín Sabina.



Fue un miércoles más. Trabajé toda la mañana, volví a casa, cociné, me lavé los dientes. Vino un amigo como tenía previsto y fuimos a comprar un futón. Más tarde vino otro amigo, tocamos la guitarra, cantamos un poco. Fui de nuevo un rato a la oficina, volví a las dos horas y seguimos con la guitarra. Cuando miro el reloj eran las 21.05. A las 21 tenía fútbol. Me cambié rápido y fui a cumplir con mi asistencia. Llegué a la cancha y a los pocos minutos me tocó entrar. Ahí empezó todo.



Comenzó el dolor un minuto antes de que termine el mini partido (10 minutos). No le di mayor importancia. Pero al salir de la cancha el dolor era cada vez más intenso. Intenté llevar la cabeza entre las rodillas, pedí agua y me la tiré en la cabeza. Intenté tomarla y no pude y pasó lo mismo con un Gatorade que me compraron mis amigos. El dolor, horrible. Literalmente, parecía que me iba a explotar la cabeza. Uno de mis compañeros de fútbol, cardiólogo él, intentó algunas cosas más pero yo empecé a pedir a los gritos que me lleven a algún lado. Me llevé las manos a los ojos como presionando para que no duela tanto y de ahí en más mi único recurso era repetir a los gritos “llévenme”, “llévenme”.



Tengo buenos amigos. No dudaron en subirme a una camioneta y llevarme a la guardia del hospital en cinco minutos. Por el camino vomité. Cosa que hizo que en el Perrando me trataran como a alguien alcoholizado. Claro, hasta que me vieron la presión: 18/10. Recomendaron tomografía. Me la hicieron rápido y el resultado fue contundentemente expresado por el tomografista: “Hacé de cuenta que tiene un tiro en la cabeza”. Mi hermano mayor (ya había llegado para auxiliarme), recibió el brutal diagnóstico. Yo, atado a la camilla, lo escuché claramente.



Pensé lo peor. E instantáneamente comencé a pedir ver a mi ex novia, con la que no estaba hace ya unos 8 o 9 meses.



Ya en la UTI (Unidad de Terapia Intensiva), llegó ella y sentí un alivio. Cuando además vi a mi madre y a mi hermano más chiquito, ya estaba más tranquilo. Me podía “ir” en paz. Me acomodé en la cama y comencé a hacerme amigo con la mirada de enfermeros y médicos. Eran mi única esperanza (después, claro, me enteré que afuera hubo una revolución y que mucha gente hizo cosas por mi).



¿Podés mover los pies, los brazos? ¿Ves bien? ¿Hay algo que no puedas hacer? Estaba impecable más allá del eterno e insoportable dolor en la cabeza y pese a las drogas y la sedación que tenía.



Tenía una vía para pasarme suero y medicina en el cuello, un tensiómetro que hacía lecturas constantemente, electrodos para controlarme la frecuencia cardíaca. Pero estaba bien. Algo en la cara de los doctores y el personal de la UTI me alentaba.



Hasta la operación todo pasó muy rápido. Yo nunca sentí internamente estar en peligro, más allá de estarlo y de aún hoy seguir peleando, aunque con varias batallas ganadas. Después de la operación vino el sufrimiento.

Dolores insoportables y mucha mucha medicación. Las piernas entumecidas. Fiebre. Pinchazos permanentes. Mucha desesperación. Estuve varios días sedado y cuando me sacaron la sedación, empecé a sufrir de síndrome de abstinencia y me aceleraba y me ponía súper nervioso. Esto llevó a que me tengan que dar otra droga para contrarrestar: el famoso Clonazepán.



Pude aguantar y hoy estoy en casa, sigo delicado e internado, pero acá. Mi enfermera y médica es mi mamá (médica cirujana) y la ex que parece no va a ser más ex (médica veterinaria) también ayuda y mucho.



Algunas precisiones



Diagnóstico: aneurisma cerebral congénito con sangrado y acumulación de sangre en el cerebro. (Un tiro en la cabeza, como dijo el don del tomógrafo)

Intervención: embolización del aneurisma. El aneurisma es una especia de dilatación de una arteria que pasa por la cabeza, que en el sector donde se vuelve más débil explota. A mi me reforzaron esa parte con un entramado de alambres para evitar que la sangre vuelva a salir por ahí. (Es la escueta explicación que les puedo dar/seguramente no 100x100 precisa).



Algunos agradecimientos (breves e insuficientes, pero que ampliaré):

Familia, amigos, colegas.

Un eterno agradecimiento al personal de la Terapia Intensiva y la Terapia Intermedia del hospital Perrando.

Al doctor Miguel Cano.

A los cientos que oraron, rezaron y pidieron por mi salud. Católicos, evangélicos, budistas, gente de El Arte de Vivir, entre otros.

A todos y a gente que no conozco y ofreció colaborar por mi recuperación desinteresada y comprobando lo que decía Fito Páez: ¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.



(*) Periodista