Domingo, 20 Mayo, 2012 - 10:13

Metamorfosis

Mucho antes de ahora, ya proliferaba la traición. Desde los meses posteriores a la caída de Perón, entre fines de 1955 y comienzos de 1956, la velada o casi explícita imputación recorría los caminos de la patria.

Hasta el fugaz (abril 1954/septiembre 1955) vicepresidente de Perón, Alberto Tesaire, era etiquetado así. El vocablo alcanzó luego fornida vigencia en las turbulentas aguas del peronismo. El pacto entre Perón y Frondizi para las elecciones de 1958 procreó infinitas acusaciones de ese género. La serie siguió inexorable, año tras año. En 1965, Perón mandó a su mujer, Isabelita, a la Argentina para disciplinar y castigar a los traidores. Surgieron las fracciones “de pie junto a Perón”, mientras los que marchaban por su cuenta eran tildados de colaboracionistas o, más tenuemente, participacionistas.



Augusto Vandor, el poderoso capo metalúrgico que había participado junto a la plana mayor de los sindicatos del golpe de 1966 contra el gobierno radical de Illia, fue asesinado en 1970, por traidor. Antes de matar luego a su sucesor, los Montoneros coreaban: “¡(José) Rucci, traidor, a vos te va pasar lo mismo que a Vandor!”. Y cumplieron. Ya en pleno baño de sangre previo a 1976, numerosos dirigentes sindicales fueron asesinados por la guerrilla montonera, mientras que bandas criminales de la Triple A liquidaban a centenares de militantes revolucionarios, especialmente los que se definían como peronistas. Unos y otros, Montoneros y Triple A, llamaban traidores a sus víctimas. Pero hasta los propios gobernadores peronistas (Miguel Ragone, Jorge Cepernic, Alberto Martínez Baca, Ricardo Obregón Cano y Oscar Bidegain) fueron derrocados con la anuencia de Perón, y por ser considerados traidores.



La estigmatización de traidores se diluyó hasta comienzos del siglo XXI, pero renació en 2003. La idea de que no hay perdón para los responsables del crimen de deslealtad floreció con los gobiernos de los Kirchner. En nueve años han desfilado por los elencos del Ejecutivo personas que una mañana despertaron anoticiadas de que ya no contaban con la aprobación del monarca. ¿Quién se acuerda de los ministros iniciales, en los que aparecían peronistas como Gustavo Beliz, Alberto Iribarne y Roberto Lavagna? Dueño de un acceso íntimo y total al entonces presidente Kirchner, a quien sirvió al pie de la letra, Alberto Fernández se convirtió en 2008 en paria irremediable, depositario de todas las condenas.



Uno a uno siguen cayendo los muñecos. Martín Lousteau fue la gran esperanza blanca durante breves meses, hasta que lo eyectaron a la intemperie sin remilgos, convertido en blanco móvil. Lavagna fue aceptado como legado necesario de Eduardo Duhalde, pero desde 2006 en adelante se convirtió en un fantasma para el nuevo poder, como si su gestión de cuatro años decisivos nunca hubiera existido.



Cuando la acusación de traidor no es explícitamente verbalizada, los kirchneristas sumergen en el sótano del ostracismo a figuras de las que se desprenden como pesos muertos. ¿Quién le reconoce algo hoy al inesperado secretario de Cultura José Nun, un intelectual que vino de la izquierda no peronista y al que nunca le dieron la hora, hasta que lo echaron?



El Diccionario de la Lengua Española de Espasa-Calpe define la traición como violación de la fidelidad o lealtad “que se debe”. Traición es, en efecto, antónimo de lealtad, pero la definición de este atributo presupone obediencia a una persona, no a un programa. Néstor Kirchner le fue leal a Duhalde entre 2002 y 2003, pero cuando pudo giró 180º y se convirtió en su ejecutor. Nadie pestañeó cuando el aval de Duhalde a Kirchner era todavía reciente y Cristina se subió a un atril para calificar al caudillo bonaerense de capo mafia, el “padrino” de la política criolla, con el que ella nada tenía que ver.



Es el mismo procedimiento que produce hastío en su inmutable perpetuación, esa rutina de acuchillar hoy al socio de ayer, fusilándolo con el escarnio de “traidor”, como lo revelan los casos de Hugo Moyano y Daniel Scioli. Es una ignominia severa, porque al que traiciona le cabe la imputación de enemigo de la patria. El Poder Ejecutivo categoriza de esa manera a quienes se diferencian del Gobierno. Ahí está Scioli, teniendo que aguantar, tras ser elegido como candidato a vicepresidente en 2003 por Kirchner, que un ex dirigente del Partido Comunista le cuente los glóbulos de cristinismo en sangre. ¿Qué son sino ‘traidores’ Gabriel Mariotto, verdugo de Scioli, y Omar Viviani, apóstata de Moyano? En la ofuscada retórica del actual oficialismo argentino, nada más alevoso y pérfido que pensar con la propia cabeza y resistirse a las ignominias de la obsecuencia debida.



Además, desde el kirchnerismo ha germinado otra corriente, paralela a la que nutren los desembarcados del buque del Estado resignados al silencio vitalicio, estupefactos y sin comprender por qué les mostraron la puerta de salida, como Rafael Bielsa y su sucesor, Jorge Taiana. Cuando se evalúa el espesor de los dos primeros cancilleres del kirchnerismo y se lo compara con el del actual, Héctor Timerman, se advierte que la Casa Rosada premia la obediencia y el silencio, jamás el mérito o el talento.



Otro ejemplar del zoológico de los traidores, tal como los define el kirchnerismo, es el indescriptible Sergio Schoklender, que gozó de prebendas, favores y privilegios hasta que una madrugada amaneció como la criatura kafkiana de Metamorfosis, convertido en asqueroso insecto. La propia encubridora de aquel Schoklender, Hebe Pastor de Bonafini, se hace hoy buches con la palabra traidor. Su lengua implacable e incansable etiqueta de esa manera a gente muy de izquierda que, tras haber estado a su lado durante años, se negó a dejarse violar por la retórica incendiaria de “las madres”, como Vicente Zito Lema, Herman Schiller y ahora Osvaldo Bayer. Horrible sendero de cuchilladas traperas y amnesias repulsivas, la cosmogonía de la traición como razón de Estado desnuda la obscenidad de una época.
Fuente: 
Perfil.