Domingo, 20 Mayo, 2012 - 09:36

Ni la neutralidad es neutra

Cada vez que muere un escritor de ésos que obligan a la vasta gratitud literaria, pienso que, naturalmente, la muerte fue para él la constante musa de su vida.

Porque si no es del insondable pozo de la muerte, ¿de dónde extrae el poeta sus ficciones de amor, de odio, de celos, de pena, de éxtasis, de soledad y de vida? De ahí, de ese pozo. “¡Ah, viniste!”, le debe decir el escritor a la muerte como quien ve llegar una visita cuya obviedad no lo sorprende. Y venís justo ahora que estaba imaginando algo que te concierne, debe decirle y decirse. Lo que son las cosas; en fin, lo que es la vida. Eso le habrá dicho Carlos Fuentes. Y es todo. Hace unos días nomás, en una entrevista en Buenos Aires el escritor mexicano decía lo siguiente: “…Yo soy muy amigo de Jean Daniel, el director del Nouvel Observateur .



Es un hombre que acaba de cumplir 91 años y es más lúcido que usted y yo juntos. Nadine Gordimer tiene noventa y tantos; Luise Rainer, la actriz a quien veo mucho en Londres, tiene 102 años. Y va conmigo a cenas, se pone un gorrito y luce feliz de la vida. No hay reglas. El hecho es que cuando se llega a cierta edad, o se es joven o se lo lleva a uno la chingada”.



Acaso se prometía vivir más de lo que la muerte ya le había concedido, pero que él desconocía. Y aunque se resistió creativa y jovialmente a la “chingada”-a esa resignación y desesperanza del ocaso-, no llegó a la larga vejez de aquéllos a quienes su admiración nombraba. Y, entonces, se murió. Sí, Carlos Fuentes. Nadie tiene coronita. Para la muerte.



En ese sentido, ella tiene la propiedad de no ser neutral. Nada de neutralidad, sino pura pulsión fatal sin melindres ni dubitaciones. Es que si hay algo insano e inhumano es la arrogante presunción de ser neutro. Últimamente, hay una cierta tendencia entre nosotros a que gente de oficios, rangos y géneros distintos, recelosa del binarismo y de los bandos antagónicos, se pretenda neutral.



Ni con uno ni con otro, plañen como Pilatos cuando asustado del sentenciado a la cruz, dijo que él no opinaba: y se quedó en el palco mirándolo retorcerse. La palabra neutral manda: porque precisamente significa “ni con uno ni con otro”. ¡Qué comodidad espiritual emplearla en política! Sobre todo cuando, como hoy, somos interpelados tan arduamente. Esa neutralidad es la que conciben como táctica algunos futuros candidatos a presidente.



Suponen tener dones polimórficos. Esa capacidad de mutaciones que podrían permitirle a un gusano pasar por libélula o ave, incluso pez o tigre. Pero sin perder su esencia originaria. Sólo las convicciones no se dejan engañar por el efecto poliforme. Por eso, cuando veo y oigo a un actor, o a un protagonista famoso, lavarse en esas aguas incoloras, inodoras e insípidas, me pregunto si lo mueve la necesidad de no tener una sola mancha o la de evitar mancharse comprometiéndose. He ahí el debate íntimo.



Paulo Freire, el pensador y educador brasileño, pensaba que la neutralidad no era más que el miedo de revelar un compromiso. El de eludir expresarse públicamente. A veces, un protagonista mide sus intereses populares y confía en que la neutralidad explícita lo torna favorable a todos los públicos. Menos dulce, Calderón de la Barca hace casi cuatro siglos rimaba: “Si la neutralidad sigo/a andar solo me condeno/ porque el neutral nunca es bueno/ para amigo ni enemigo”.



No está claro todavía si estos versos los memorizan los “indignados” de España. En algunas consignas, se esclarecen: “No somos apolíticos. Somos apartidistas”, proclaman. El “no son” no dice qué son. Estar indignado es un estado de ánimo, no una ideología ni una concepción del mundo. Es que el metafórico salto de Pilatos, a verdugo o sublevado, exige más osadía que el de resignado a indignado. Pero, a la corta o a la larga, hay que saltar hacia algún lado.



Los griegos están decidiendo ese salto: si es que el salto no lo decide el salto. En la Argentina, el salto ya fue elegido. ¿Y el que no salta y se queda en el medio? No hay medio. Los ruralistas están de un lado: el de ellos. Sin contrapeso, serían imparables e incobrables. Hay sectores que quieren imitarlos, aunque con más disimulo y menos prosapia propietaria.



Es que hoy esa difuminada geografía de la neutralidad es neutralizada por la pulsión de las realidades pasionales. Por suerte. Aunque suene desprolijo, la democracia de tensiones inquieta pero compensa. Que ya haya postulantes a presidente precoces, no atrasa, sino que activa el avance del avance. Los aspirantes que atrasen ni siquiera serán aspirantes.



Volvamos al acto del salto. ¿Y si se acorta la distancia y se la deja en un saltito? Claro que sienten y temen que ya el salto fue bastante. Pero quienes no saltan, en realidad ya han saltado para uno de los lados. Y si están desde antes en ese lado, saltan en el lugar sin moverse. Aunque aparentan querer saltar, pero sólo si es voluntariamente y sin que lo obligue ningún colectivo. Que se sinceren: lo que quieren es no quedar desubicados con ningún movimiento.



Porque su ubicación tradicional es estar ubicados. Son los que en Derechos Humanos suscriben la ubicación de ser centro entre los dos demonios. Bien saben que hay uno solo, y no dos ni tres. Pero se acomodan en un hipotético medio equidistante para no confesar que se comprometen a favor del único demonio que existe. Pero para no avergonzarse de lo que eligen inventan el otro. También están los que en la definición de la Ley de Medios dicen que no están ni con un bando ni con el otro.



Ni con los grupos como Clarín, ni con los fanáticos oficialistas que se les oponen. Son la Suiza utópica del periodismo. Llevan la camiseta de su equipo puesta, pero imaginan que no la llevan. La neutralidad, no sé quién lo dijo, es una idea que ni Dios concibe. Lo que creó es la prueba de sus endiabladas emociones. De modo que todos estamos bien metidos adentro porque el juego no deja excluirse a nadie, aunque ponga cara de marmota.



Sin embargo, algunos fantasean que para ser justos prefieren estar afuera. Una fantasía no se le niega a nadie, siempre que se tenga conciencia de que es una fantasía; o sea, representaciones imaginarias e inexistentes. Por eso, no se plantean qué es lo que se proponen uno y otro bando en pugna. Describen la situación como una riña ajena.



Algunos, sumidos en el peor cinismo del oficio mediático, hasta llegan al paroxismo de la neutralidad hipócrita. Entonces, arman comparsas televisivas contra el Gobierno. Pero los que deberían responder a preguntas, en vez de implorar que quieren que se les permita preguntar, son ellos. Que contesten ésta: ¿Cómo van a ser neutrales con esos patrocinantes?




La que es inviable es la neutralidad de Mauricio Macri: ni siquiera es neutral su apasionado e infundado homenaje porteño al cantautor Arjona. Macri quiere gobernar, pero no lo dejan; quiere echar la basura afuera, pero se le amontona adentro. Y si va a un juicio oral, no va a poder hacer silencio. Va a tener que hablar. Lástima, porque el silencio lo salvaría. Es lo que menos lo expone y, a la vez, lo protege de tener que decir nada. Así termina esta crónica neutral.
Fuente: 
Revista Debate.