Domingo, 20 Mayo, 2012 - 09:16

La anomalía kirchnerista

La llegada de Néstor Kirchner a la escena de la historia no fue el resultado de un largo y exhaustivo proceso.





Un proceso cuyo diagrama causal puede ser rastreado sin dificultades por cualquier avezado investigador. Lejos de las prolijidades que suelen esgrimir los cultores de la formalidad y el orden republicano, más lejos todavía de aquellos analistas que se desviven por encontrar, como Hansel y Gretel, las migas que los lleven de regreso a la objetividad histórica, la irrupción, si vale esta palabra algo destemplada, de Kirchner, su desembarco en la Casa Rosada, contuvo una altísima dosis de azar. Jugando con los límites de la fortuna, como diría Maquiavelo, Kirchner apeló, desde el comienzo de su mandato, a un decisionismo sin el cual no hubiera sobrevivido más allá de ese primer año que le auguraba el director de La Nación. Pero no tomó decisiones para respetar, como lo venían haciendo los gobiernos anteriores, las prerrogativas, los intereses y los deseos del establishment económico, sino para modificar, de una manera sorpresiva, la marcha desquiciada de la historia nacional.



Rompiendo lo esperado, haciendo saltar los goznes de la rutina con la que la Argentina seguía deslizándose hacia la decadencia y la ruina social y política, lo abierto intempestivamente a partir del discurso del 25 de mayo de 2003 llevó en su interior, aunque la mayoría de la sociedad todavía no pudiera entreverlo ni imaginarlo, la potencia de un proceso que vendría a invertir dramáticamente los términos y los modos a través de los que, hasta ese momento inesperado, se venía profundizando la crisis, terminal a esas alturas, de un país que no sabía de qué manera salir de un marasmo que lo conducía aceleradamente al hundimiento final como ya se había anticipado en el lapso turbulento y crítico que fue de diciembre del 2001 a los asesinatos de Kosteki y Santillán en Avellaneda. La llegada de Kirchner, entendida como ruptura y giro histórico, vino a interrumpir la continuidad de una política puesta al servicio de la reproducción del poder económico-corporativo.



Un país en estado de zozobra y sin rumbo, con una sociedad estallada que no encontraba la manera de contener la fragmentación y la violencia que la atravesaba de lado a lado junto con un mapa de la pobreza y la indigencia que se extendía por la geografía argentina prolongando los efectos criminales de las políticas neoliberales de los años ’90. Políticas que no sólo habían logrado mutar la trama industrial de la economía para consolidar la hegemonía del capital financiero sobre el productivo, sino que, también, habían penetrado hasta el fondo de las conciencias motorizando una decisiva transformación cultural que dejaría su impronta en una franja no desdeñable de la población, la misma que se movilizaría en apoyo a la corporación agromediática durante el conflicto por la 125 a comienzos del primer mandato de Cristina. La época dominada por la estetización de la política se asociaría con los lenguajes de la ingeniería social, el gerenciamiento, las consultorias, la publicidad y el consensualismo neorrepublicano como estación final de la vida democrática ya no entendida desde una perspectiva emancipatoria y popular sino convertida en un pellejo vacío absolutamente dominada por las leyes inescrutables de la economía global.



Kirchner, en todo caso, rompió la monotonía de la repetición al hacerse cargo, sin pedir permiso y sin respetar “las formas” dominantes en la agusanada vida político-institucional argentina, de una capacidad de iniciativa hiperkinética que resultaba inversamente proporcional a la profunda defraudación que el gobierno de la Alianza, con De la Rúa a la cabeza y con un progresismo aggiornado a los tiempos del fin de la historia y la muerte de las ideologías que acabó haciendo de acompañante terapéutico de un presidente impresentable, había provocado en el interior de una sociedad económica, política, moral e institucionalmente desbaratada. Un frenesí de la voluntad que vino a deshacer el nudo de una inmovilidad construida para seguir beneficiando al verdadero poder detrás del gobierno, a los sectores del capital concentrado y de las corporaciones que habían sido los grandes triunfadores de ese país rediseñado salvaje y brutalmente desde el año ’76. Una irrupción, la del flaco y desgarbado personaje venido del profundo sur patagónico y memorioso de una generación a la que había pertenecido, de cuerpo y alma, y a la que guardaba una fidelidad para nada cristalizada en una nostalgia atemporal sino que buscaría reencontrarla, como brújula orientadora de una nueva política popular, al asumir su responsabilidad como presidente. Un retorno, en absoluto dogmático ni acrítico, de los sueños setentistas convertidos, ahora y por causa de una sorprendente inflexión histórica, ya no en piezas arqueológicas destinadas al museo de la historia sino en herencia capturada por los aires de un tiempo transformador capaz de volver a producir escándalo y preocupación en la derechas nacionales. Como escribía Nicolás Casullo, cuando el peronismo recobra su potencial de centroizquierda y vuelve a ejercer poder de decisión, lo maldito regresa sobre la escena argentina y queda poco lugar para los desnutridos consensos de épocas en las que nada significativo se disputa.



Con ingenio e impetuosidad logró colarse por una pequeña fisura abierta en el muro del poder hegemónico; un poder que estaba algo confundido por el aceleramiento de la crisis de un capitalismo vernáculo diseñado para la eternidad y que estalló al comienzo del nuevo siglo dejando al descubierto la espantosa miseria social prolijamente construida por un modelo que inició su recorrido durante la noche de la dictadura pero lo suficientemente fuerte como para afianzarse y desplegarse con absoluta impunidad en el interior de una vida democrática que iría traicionando, una tras otra, sus promesas de justicia, de equidad e inclusión social. La fidelidad de Kirchner a esa “generación diezmada” como símbolo de lo que se vendría para sorpresa de quienes no lo conocían sería lo cautivante e interpelador de quien saltaba, sin que pudieran impedirlo, las vallas del posibilismo. Extraños y magníficos los tiempos de la historia de un país que son testigos de la reconstrucción de los puentes rotos entre las generaciones. Rescatar voces y legados, tradiciones e ideales, biografías y sueños, no dejó de ser una marca del período que se abrió y que llevaría la impronta del santacruceño. Algunos progresistas reaccionarios –como los denominó con precisión e ironía Casullo–, ciegos ante la novedad de una política de derechos humanos capaz de ir a contrapelo de las leyes de impunidad, sólo atinaron a formular la que luego se convertiría en la teoría de la “impostura”: algo así como definir al kirchnerismo como una gigantesca dramatización oportunista y fraudulenta de una realidad argentina construida desde la ficción mientras se mantenía lo esencial del menemismo. Los propios hechos se encargarían de desmentir y arrojar al basurero de la historia estas argumentaciones rápidamente capturadas por los ideólogos de la derecha corporativa.



Irrupción, la de Kirchner, capaz de redefinir no sólo la marcha de la economía sino, más importante aún, de reintroducir la lengua política sacándola de su profunda degradación y reponiéndole su potencia desafiante, litigiosa y transformadora. Política y democracia comenzaron a recuperar, bajo el impacto de lo inesperado y del giro enloquecido de la historia, ese vínculo originario y lejano, que se hunde en los tiempos de la fundación griega, y que remite a la evidencia de un litigio no resuelto: el litigio por la igualdad. El kirchnerismo rescató la relación entre política y emancipación, entre política y memoria popular, entre política y sueño igualitarista y, sobre todo, volvió a poner de manifiesto que la invención democrática es inescindible de la dimensión política del conflicto, de esa práctica que desvela lo que la ideología del poder intenta velar, la evidencia de lo no resuelto en el interior de la sociedad, la persistencia de una desigualdad contra la que se rebelan los incontables de la historia reapropiándose de lo mejor de la tradición política. Pero también desnudó la falacia de los defensores a ultranza de “las formas”, los cultores de un republicanismo formal que, ante la evidencia del giro hacia una política de la acción, de una política que volvía a poner el dedo en la llaga de la injusticia y de la necesidad de avanzar hacia otro modelo de sociedad, se refugiaban en las supuestas “desprolijidades” del kirchnerismo para terminar apoyando lógicas regresivas y antipopulares. En todo caso, la irrupción conmovedora del flaco desgarbado y su extraordinaria continuación en el liderazgo de Cristina, pusieron en evidencia el núcleo del conflicto en la Argentina. Después de décadas se volvía a disputar poder en el país y se lo hacía reclamando lo mejor de las grandes tradiciones democráticas, nacionales, populares y latinoamericanas.



Nunca será suficiente indagar, con espíritu crítico y sin complacencias, esas décadas, las dos finales del siglo veinte, en las que junto con la reconstrucción de la vida democrática se logró imponer, en la mayoría de los países sudamericanos, la nueva ideología del mercado global que condujo al continente a su peor nivel de desigualdad histórica y se lo hizo también plegándose a una concepción formalista de la política que la vaciaba de sus contenidos litigiosos para convertirla en un instrumento del consensualismo gerenciador, ese mismo que se inspiraría en los gurús del marketing y en los ideologemas reaccionarios del Consenso de Washington. La ruptura de esa hegemonía neoliberal, nacida de las diversas formas de resistencia que recorrieron la región inventando nuevas y originales prácticas de rebeldía, habilitó la entrada en un escenario todavía confuso del que emergería, con perfil propio, la experiencia del kirchnerismo. A caballo de una extraña amalgama de resistencias previas, de una no menor crisis de los dispositivos económico-institucionales que se resquebrajaron aceleradamente hasta estallar en pedazos, y aprovechando, con la dosis de audacia y voluntad imprescindibles, la inesperada oportunidad que se le abrió por el renunciamiento de Reutemann, la caída en picada de la imagen de De la Sota y, finalmente, la deserción de Menem y la pequeña diferencia de votos que le permitió superar a López Murphy, Néstor Kirchner traspuso el umbral de la Casa Rosada sabiendo que el futuro inmediato se jugaría en esos días quemados por el fuego de las demandas emanadas de los sectores más duramente castigados de la sociedad. Y tampoco olvidó la extrema debilidad del sistema político surgido de la crisis del 2001. Sabía que la oportunidad era única y, al mismo tiempo, demasiado frágil, pero también sabía que o se la tomaba o se perdía el tren de la historia.



Intuía, con un saber forjado en el interior de sus convicciones políticas, en su sensibilidad y en su propia experiencia, que resultaba decisivo abandonar las políticas de la moderación para lanzarse de lleno a una acción transformadora. Sabía que la irreverencia, la sorpresa y la claridad para señalar un rumbo que pudiera entrelazarse con manifestaciones prácticas y evidentes de lo nuevo, constituirían el meollo de una praxis gubernamental que tendría que enfrentarse, una tras otra, contra las distintas expresiones del poder real y, también, contra las retóricas del republicanismo que estarían agazapadas a la espera de poner en cuestión el decisionismo desprolijo de un presidente dispuesto a ir mucho más allá de los límites fijados por un institucionalismo puesto al servicio de la reproducción de un sistema brutalizante de la vida social y favorecedor, únicamente, de la concentración de la riqueza en pocas y poderosas manos. Un Kirchner que fue contracorriente, que se atrevió a desafiar no sólo a la lógica de las corporaciones sino a desmentir, una y otra vez, al sentido común establecido desde los tiempos de la convertibilidad. Giro contracultural que supo, una vez que se desvaneció la tregua social de los primeros años, que tendría que salir a disputar, con audacia e inventiva, ese sentido común tallado a fuego por el neoliberalismo. Lo que parecía que ya no era posible: dar una batalla por la hegemonía cultural se volvió impulso fundamental de esa tremenda novedad de la historia nacional que pasó a denominarse “kirchnerismo”. Lo que no era previsible, lo que introdujo la fatalidad de una muerte inesperada, fue la impronta, ahora en soledad pero bajo una caudalosa participación y apoyo popular y, sobre todo, juvenil, que Cristina le daría a un proyecto cada vez más audaz y consecuente en el afán de avanzar hacia un país cada vez más justo. Para no confundir a propios y ajenos, Cristina dirigió su discurso y la garantía de continuidad del proyecto hacia los jóvenes.



El kirchnerismo se iría forjando desde esa inicial irrupción anómala y desde esa reconstrucción de la voluntad política como fuente de iniciativas que, muy poco tiempo atrás, resultaban inimaginables, apenas la quimera alucinada de algunos trasnochados. Y lo hizo cuestionando el apego parasitario a las “formas”, improvisando allí donde se volvió indispensable hacerlo, alterando la gramática del poder y devolviéndole visibilidad y protagonismo a los movimientos sociales y de derechos humanos que comprendieron, casi desde el comienzo de esta aventura sorpresiva, que algo caudaloso y desafiante había emergido en un país que parecía haber perdido, de una vez y para siempre, la esperanza y que, de manera casi fortuita, se reencontraba con una posibilidad inédita. Ese ir contracorriente, novedoso y renovador, constituyó la clave de una acción gubernamental que no se detuvo a rendirle pleitesías al poder económico. Golpeó donde había que golpear y sin retroceder. Así lo hizo con los restos de la corporación militar y contra quienes todavía creían que el lenguaje político no podía producir otro texto que no fuera el de la continuidad del sistema de injusticias. Kirchner alteró lo establecido enloqueciendo el escenario de una historia que no estaba acostumbrada a esos giros en la marcha de los acontecimientos. Cristina, constructora y heredera a la vez de un legado político forjado junto al compañero de su vida en sus años juveniles, volvió, nuevamente, a doblar la apuesta, esa que conduce a la continua reinvención de una sociedad cada vez más democrática e igualitaria.
Fuente: 
InfoNews.