Jueves, 17 Mayo, 2012 - 19:03

Correo de nuestros lectores
Desde el Punto del Elector

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En el futbol, que un equipo tenga la oportunidad de ejecutar un tiro al arco desde el emblemático punto del penal, es casi sinónimo de gol…

… y muchas veces de triunfo. En política,
tener esta misma oportunidad pero desde el punto del elector, también.



La puja o competencia política por parte de los partidos entre sí, y la que también acontece hacia adentro de cada uno de ellos (internas partidarias), solo se justifica por la pretensión de servir a la sociedad en el abanico de sus necesidades reales y en la diversidad de los sectores que la componen.




La sociedad argentina, con cada una de sus provincias, ciudades y pueblos, como cualquier país del mundo, tiene necesidades comunes a todos (trabajo, salud, vivienda, educación, servicios, seguridad ciudadana, seguridad jurídica, etc.); y tiene –también- necesidades particulares, derivadas de la identidad de algunos sectores considerados estratégicos para la vida de la nación, como el de la producción, la explotación y el cuidado de los recursos naturales, la industria o el trasporte.



El ‘punto del elector’, en términos generales, contempla e incluye todo esto, aunque el exigente ritmo de vida cotidiano o incontables problemas domésticos,
puedan provocar -a veces- que una sociedad focalice, con justo derecho, sólo
algunos pocos aspectos, como la estabilidad laboral, el valor de la moneda en el día a día o la importancia de la seguridad ciudadana, como expresión del cuidado que el estado debe otorgar a su pueblo.



En este marco y considerando estos tiempos en particular, la dirigencia política (oficialismo y oposición), aún con sus eventuales internas u opciones partidarias, está llamada -por su propia naturaleza y por los rudimentos más básicos de la ética- a abrirse, a trascender incluso su propia ideología y a dejarse interpelar por el sentimiento, las incertidumbres, las creencias, los dolores y las urgencias de la sociedad, a la par que se organiza interna y externamente para
luchar -cada cual desde su perspectiva y posibilidad- por atender lo inmediato, y favorecer la resolución de
aquellos temas y cuestiones, más de mediano y largo plazo, que a los ciudadanos -a veces- se nos escapan.



Hacer política no es una cuestión de machos, matones, demagogos o iluminados. Es, más bien, una cuestión de gente honesta en cuanto a sus intenciones y su conducta, inteligentes para discernir soluciones y ofrecer propuestas; y genuinamente aptos para la gestión de la cosa pública.



Hacer política no es vender relatos que enemistan a la sociedad y profundizan
rencores. Es, más bien, poner el esfuerzo sincero para brindar sosiego y esperanzas, desde el respeto profundo al pueblo y mientras se buscan soluciones para sus necesidades.



Y el punto del elector sirve como orientación para esto. Sirve para que toda persona con genuina vocación política entienda qué espera, necesita o anhela una
sociedad, que será más o menos instruida, pero que siempre –en el fondo- es sabia, aún cuando para expresar esa sabiduría tenga que recorrer un camino plagado de errores y dolores. Porque lo cierto es que, finalmente, reacciona, evoluciona, pone límites y no pide que se vayan todos, pero exige que se queden solo los que sirven.



El creciente número de indignados de oriente y occidente, sin demasiada cobertura por parte de la prensa pero presentes en centenas de ciudades y pueblos de un sin número de países, incluyendo algunos de Latinoamérica (como Ecuador y Argentina),
dan fe de esto, aún en medio de sus propias confusiones, excesos o posturas radicalizadas que, es de esperar, comiencen a recorrer en los próximos tiempos el camino del equilibrio y la racionalidad.



(*) [email protected]