Miércoles, 16 Mayo, 2012 - 15:00

Aída Responde, pero es muy estricta

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El servicio de recolección de residuos en la vía pública “Aída Responde” tiene sus cosas: como reza el anuncio, la municipalidad de Resistencia puede retirar escombros, tierra, restos verdes, cacharros y hasta animales muertos. En el caso de los escombros las cuadrillas se llevan hasta un metro cúbico. Ni un cascote más. O sea cuatro carretilladas. O sea ochenta paladas, veinte por carretilla. El dato es importante.

El lunes una vecina “frentista” llamó a “Aída Responde” por una montañita de escombros. Después de varios intentos Aída respondió. Sonó el timbre: era el jefe de una cuadrilla formada por cuatro operarios mas el chofer de un flamante camión.



-¿Son sus escombros?

-Ajá.

-Ya los sacamos. Pero a ojo de buen cubero le diría que...

-Gracias, -interrumpió la señora y cerró la puerta-.



Sin inmutarse, el empleado municipal hizo unas señas y comenzaron. La escena que se produjo a continuación es por todos conocida, casi folclórica: mientras cuatro permanecían de pie como testigos privilegiados de la intervención urbana, uno de ellos paleaba. Lo curioso fue que éste cargó exactamente veinte paladas en la carretilla y le pasó la herramienta al segundo.



La sincronizada coreografía se repitió y la pala pasó de mano en mano cada veinte movimientos (del segundo al tercero, del tercero al cuarto) hasta que terminaron con el plan de trabajo: cuatro carretilladas, ochenta paladas, veinte por operario. Se secudieron la tierra, tocaron el timbre y le pidieron a la señora que firmara su conformidad con el trabajo realizado.



-Pero quedan escombros, ¿no los van a llevar?, -se sorprendió la mujer.

-Nop.

-¿Por?

-Porque hay más de un metro cúbico, doña. Tenemos todo medido: un metro cúbico, cuatro carretilladas, ochenta paladas, veinte paladas cada uno.



La explicación del jefe de la cuadrilla era amable pero tenía un dejo de fastidio, como si estuviera obligado a recitarla en cada casa a la que los convocaban.



-¿Y qué hago con el resto de los escombros?

-Nos vuelve a llamar y los retiramos -la instruyó, y para animarla agregó-: nos puede llamar todas las veces que quiera y nosotros venimos. Pero siempre ochenta paladas, ni una más.



La vecina estaba a punto de decirles que si en lugar de llevarse las diez paladas restantes de una vez tenían que irse hasta vaya uno a saber dónde, descargarlas y después volver (y hacerlo tantas veces como fuese necesario hasta dejar la vereda limpita), el municipio iba a gastar un dineral en combustible y ella un dineral en impuestos. Para cuando terminó de formular el sencillo ejercicio de sentido común, los denodados servidores públicos ya se alejaban en el camión rumbo a su próxima aventura. Y las diez paladas restantes, en la vereda.