Domingo, 13 Mayo, 2012 - 09:15

Sintonía fina

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Se habló mucho, demasiado, del inevitable giro hacia una perspectiva más moderada y hasta conservadora que le daría Cristina a su segundo mandato.





Se utilizó, a destajo, la maldita, para la memoria de los argentinos, palabra “ajuste” como santo y seña de lo que se vendría. Con satisfacción anticipada los titulares de los principales diarios decretaban el “fin de una etapa” dominada por el “dispendio de los fondos públicos”, el uso “ilegítimo” de las reservas acumuladas en el Banco Central y el “festival de subsidios” que habían llevado al Gobierno, eso decían a los cuatro vientos, a tener que girar en redondo abandonando la matriz “populista” de un proyecto que “hacía agua por todos lados”. Cristina, gracias incluso a la relegitimación del 54% de los votos, se preparaba para desilusionar a la izquierda kirchnerista invirtiendo el sentido de la “profundización” bajo la nueva metáfora de la “sintonía fina”. El tiempo de la euforia nacional popular había pasado. Quedaba, apenas, un resto de retórica y de ficción como para mantener las apariencias mientras la dura realidad, la que siempre llega con sus exigencias a cuestas, no abría otra chance que la de iniciar una política de ahorro y ajuste. Por izquierda y por derecha, los promotores de la definición del kirchnerismo como “impostura” se relamían a la espera del supuesto sinceramiento que no tardaría en llegar a través de medidas de enfriamiento de la economía y de control del gasto público. Seríamos testigos de la caída de las máscaras.



Para “ayudar” a darle impulso a esta imaginaria y deseada decisión que estaría dispuesta a tomar Cristina, el lunes siguiente al abrumador triunfo de octubre, los grupos concentrados de la economía, los que manejan el núcleo duro de la especulación financiera, multiplicaron la fuga de capitales y la presión devaluacionista. Creyeron, una vez más y como reflejo construido a lo largo de décadas, que un pánico abrumador llevaría al Gobierno a invertir sus, para ellos, políticas neopopulistas y reindustralizadoras dejando, ahora sí, que la racionalidad primara en sus decisiones. La respuesta inmediata y sin anestesia de Cristina fue, como recordará el lector, exigir que las petroleras y las mineras (¿acaso señal anticipatoria de lo que se vendría con Repsol-YPF?) liquidaran en el país sus divisas de exportación y controlar, vía la AFIP, la compra de dólares. La otra jugada, la de la reforma de la carta orgánica del Banco Central, fue anunciada en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Pese a estas señales más que evidentes siguieron obsesivamente proclamando, desde sus “fierros mediáticos” como los llamó Cristina en memorables jornadas del conflicto con la Mesa de Enlace, que la “sintonía fina” no era otra cosa que el preludio del inevitable “ajuste”. Lo que no decían era que ellos añoraban las políticas de ajuste, esas mismas que habían conducido al país al borde del abismo y a la tragedia social.



El horizonte que trazaban los escribas del establishment –eternos abogados e ideólogos del poder económico– y la agenda diseñada por la corporación mediática no preveía otra posibilidad, de cara a los pronósticos catastrofistas que vendrían a doblegar el impulso al crecimiento demostrado a lo largo de los últimos ocho años por una economía capaz de escabullirse de los doctrinarismos de la ortodoxia monetarista y neoliberal, que un inevitable proceso de repliegue de un gobierno que, eso sostenían y lo siguen haciendo con cara de piedra, no tendría otra chance que asumir la imposibilidad de seguir defendiendo una heterodoxia que duró mientras la economía mundial se lo permitió (el famoso “viento de cola” que, multiplicado como metáfora aeronáutica, resolvía a través de una explicación ninguneadora los éxitos del kirchnerismo que, en realidad, no fueron otra cosa, se cansaron de decirlo durante años, que una consecuencia del aumento de los precios de la soja y del resto de los commodities). Para esos ideólogos del ajuste, consecuentes escribas al servicio del capital concentrado y de la extranjerización de la economía, el camino europeo hacia “la salida de la crisis” constituía, y lo sigue haciendo, el norte de cualquier país “serio”. El draculismo social con el que piensan la realidad los lleva a hacer la vista gorda ante la brutalidad de las políticas de ajuste que se vienen aplicando en algunos países de Europa, de la misma manera que las propiciaron como fórmula mágica en nuestro país con los resultados horrorosos que los argentinos hemos experimentado en carne propia.



Para la mirada de la ortodoxia, esa misma que dominó absoluta y hegemónicamente la escena argentina durante casi tres décadas (si es que nos salteamos el breve período del inicio del gobierno alfonsinista con Grinspun como ministro de Economía que fue rápidamente eyectado cuando los “capitanes de la industria” se propusieron reinstalar su hegemonía –así se los llamaba con elocuencia guerrera a los dueños del modelo desplegado desde los tiempos de Martínez de Hoz y garantes de la perpetuación y la ampliación de lo que se ha denominado la “época de la valorización financiera”, suerte de eufemismo que desvía la atención del sistemático proceso de destrucción de la industria y de lo que Eduardo Basualdo llamó “el revanchismo social” que concluiría en los años de la convertibilidad menemista capaz de llevar a su extenuación el trabajo de demolición iniciado por la dictadura videlista–), de lo que siempre se trató, para la ortodoxia, fue de transformar en “verdad natural” las exigencias del mercado de capitales y la hegemonía indiscutida del patrón financiero de acumulación. No dudaron, para concretar sus metas, en utilizar los instrumentos brutales del terrorismo de Estado durante la dictadura y, ya en democracia, tampoco dudaron en condicionar, chantajear y horadar a cuanto gobierno intentó, aunque sea tibiamente como el propio Alfonsín, invertir los términos de la acumulación fijados, a sangre y fuego, desde marzo del ’76. Finalmente en los años ’90 lograron lo que nunca antes habían alcanzado por la vía democrática: que un gobierno de raigambre peronista, traicionando todos sus postulados y su memoria histórica, se convirtiese en el ejecutor convencido e impiadoso del mayor plan de reformulación integral de la vida económica y social del país. Acostumbrados a esa hegemonía se toparon, desde el 2003, con un proyecto nacional, popular y democrático que comenzaría a desarmar esa impunidad con la que las corporaciones económicas se desplazaron por el país como si fueran patrones de estancia.



Cristina señaló, a lo largo del año electoral, que el horizonte que se abría debería estar signado por la conquista de la igualdad. Lejos de cualquier artilugio retórico destacó que para avanzar hacia esa meta se volvía imprescindible implementar lo que, en el final de ese año y bajo el impacto legitimador del caudaloso apoyo recibido en octubre, llamó “sintonía fina”, esto es, direccionar y especializar lo que hasta ese momento había sido una política amplia y universal de subsidios pero también detenerse en la rentabilidad y la productividad de las empresas a la hora de analizar política de precios, de salarios y de sostenimiento a la actividad económica. Esta “sintonía fina” fue inmediatamente interpretada, ya lo señalamos, como un eufemismo que ocultaba la necesidad de implementar, dadas las circunstancias desfavorables –nacionales como internacionales– con las que se presentaba el 2012, una estrategia de control de los salarios y de ajuste del gasto público. A contramano de esa presión corporativa, el Gobierno respondió con algunas de las medidas más consistentes y decisivas de las que se vienen tomando desde el comienzo del kirchnerismo.



La más conmovedora e impactante fue, sin dudas, la expropiación del 51% de las acciones de Repsol recuperando, para el Estado nacional, el control de la más emblemática de las empresas: YPF. Detrás de esa decisión que dejó boquiabiertos a los operadores del establishment y a los escribas de la corporación mediática (y a ciertos políticos acostumbrados a hacer lobby a favor de las grandes empresas) está no sólo la necesidad de proteger los recursos hidrocarburíferos amenazados por los manejos arbitrarios de una empresa extranjera que sólo pensó en su rentabilidad, sino la evidencia, una vez más, del enorme coraje político de Cristina que no dudó en tomar una medida que fue sistemáticamente bombardeada por los lobbistas internos y externos.



En un momento de la historia en la que los europeos no acaban de salir de su perplejidad ante la agudización de la crisis que, entre otras cosas, ha producido la caída de la derecha liberal en Francia abriendo las puertas a un socialismo que tendrá que demostrar si está a la altura de las circunstancias o si simplemente seguirá con la ola neoliberal que viene arrastrando a la socialdemocracia a su propio suicidio político (como ocurrió en Grecia y en España), lo que implica recuperar memoria histórica para desprenderse de la matriz bancario-financiera que desde hace años va devorando los restos de Estado de Bienestar. El peligro que se cierne sobre Francia, y sobre otros países de la Comunidad Europea, es que el avance de la ultraderecha racista acabe por concretarse ya no como fuerzas testimoniales sino como opciones reales de gobierno (allí está el avance electoral del lepenismo en Francia y el del neonazismo griego como oscuro presagio de un déjà-vu). Frente a esta realidad compleja y laberíntica que hoy viven los países ricos, en la Argentina se viene desarrollando una política que invierte dramáticamente los términos ideológicos dominantes.



La recuperación de YPF, como antes la de las AFJP o la política social expansiva cristalizada en la asignación universal, son expresiones concretas y decisivas de esta otra opción que, fundamentalmente, le ha devuelto al país no sólo la soberanía a la hora de tomar decisiones de manera autónoma y sin tener que seguir los nefastos recetarios del FMI o del Banco Mundial (recetarios que colonizaron vidas y conciencias llevándonos hacia la peor de nuestras crisis sociales y hacia el brutal desmantelamiento del Estado a través de una apropiación del patrimonio público por parte de la especulación financiera y el capital extranjero), sino que ha permitido reconstruir el lenguaje político abandonando aquellos intentos, muy propios de los años ’90, de reducir la vida social política a gerenciamiento y a gramática del marketing. Cuando Cristina afirma que la nueva YPF deberá ser una empresa profesionalizada pero con una clara dirección política, lo que está reafirmando es este giro fundamental que se viene implementando desde el 2003. Ahí también hay que leer el cruce entre profundización y sintonía fina como la mudanza hacia otro paradigma que aquel que nos dominó y nos amordazó dejándonos indefensos ante el avance del capitalismo especulativo-financiero que, como ya lo dijimos, se nutre no sólo, como los vampiros, de la riqueza socialmente producida para enajenarla de las mayorías y traspasarla a una minoría sino que logra esa contrarrevolución vaciando a la política y pasivizando, a través de diferentes mecanismos de terror y disciplinamiento social, a quienes son expropiados de derechos y de dignidades y a aquellos otros, en especial las clases medias, que son cautivadas por los nuevos discursos del hiperindividualismo y el cuentapropismo moral.



En un sentido cultural-simbólico la recuperación de YPF permite pasarle a contrapelo el cepillo a la historia del saqueo y de la colonización de las conciencias, rehabilitando la memoria de otras prácticas y de otras ilusiones nacionales tantas veces reprimidas. Es una extraordinaria metáfora en la que se cruzan las cuestiones clave de la soberanía energética con antiguas tramas identitarias, la memoria de tradiciones populares que se sintieron convocadas por políticas nacionales inclinadas a darle forma a la silueta de un país federal con la recuperación, en la opinión pública, de una valorización de aquellas empresas públicas tan devaluadas durante décadas por un discurso interesado en apropiarse de las riquezas de los argentinos. Pero también significa otro rotundo avance en la batalla cultural, esa que busca reconstruir pacientemente sentido común y memoria histórica. Si YPF, en su nueva y desafiante etapa, logra afianzarse como un polo fundamental del desarrollo pero también de la equidad y la inclusión, si logra hacerlo respetando y cuidando los recursos naturales para esta y las próximas generaciones, y si eso lo hace siendo un engranaje de un proyecto capaz de reinstalar una política de matriz popular, nacional y emancipatoria, no cabe duda de que estaremos dando un paso más en el camino hacia la construcción de una sociedad más justa. ¿Será esta la sintonía fina propuesta por Cristina? ¿Habrán tomado nota las corporaciones?
Fuente: 
InfoNews.