Domingo, 6 Mayo, 2012 - 10:17

Cabotaje

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Las peripecias de la llamada política exterior de este país. Argentina está en una alucinada atmósfera de épica patriótica. Amargo será el despertar.



Con la Argentina bajo la influencia de sustanciales dosis de embriaguez nacionalista y con radicales y socialistas ya subidos al avión de Cristina Kirchner, es lícito ahondar en las peripecias de la llamada política exterior de este país, incluyendo la emboscada de Londres y el video en las Malvinas/Falkland. Ese combo sumerge de lleno a la Argentina en una alucinada atmósfera de épica patriótica. Amargo será el despertar, aunque no inmediato.



Alicia Castro, la embajadora argentina en Gran Bretaña, motorizó la idea, ejecutada con el habitual secretismo que fascina a este gobierno: tomar por sorpresa y desprevenidos a los británicos y obligarlos a “negociar”. ¿Cómo? Interpelar de manera intempestiva al canciller ya que el Foreign Office británico concede ruedas abiertas con preguntas al ministro, en este caso William Hague. Suprema exhibición de ignorancia, sazonada con torpe ingenuidad: pensaron que el país que resistió de pie la blitzkrieg alemana en la Segunda Guerra Mundial sería vulnerado por la astuta picardía de la pelirroja argentina. Noción despreciativa y fundante para un nacionalismo primitivo: los “piratas” son tontos y es posible acorralarlos con ingenio, cintura y malicia. Wait and see, amenazó Castro, después de diseminar ella misma desde su casilla de e-mail en Londres los recortes de la prensa británica que calificaron de “emboscada” lo que esta ex emisaria argentina ante Hugo Chávez denomina “interesante intercambio”.



Idea ortodoxamente kirchnerista: no nos compromete el contrato explícito de la diplomacia tradicional (un embajador acreditado ante un gobierno se comunica con dicha administración de manera directa y personal, o sea privada). Somos diferentes: operamos las relaciones con “movidas”, las actuamos. No se nos ocurriría ir a la guerra, entre otras razones porque no tenemos con qué, pero ¿acaso los militares de 1982 no invadieron las islas para obligar a negociar a los ingleses? Mismo patrón de conducta: audacia, genialidad creativa, hechos consumados. Con su amenaza de seguir desplegando acciones de guerrilla en Londres, Castro deja un saldo temible en una actividad en la que confianza y previsibilidad son esenciales.



En el caso del video, la Casa Rosada lo compró y divulgó pensando en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Guiño y gesto ganador: entrar por izquierda y grabar el spot como si ya hubiéramos “recuperado” el archipiélago. La hinchada ruge, emocionada. Aguante Argentina, vamos todavía. La guerra la perdimos, en la Cumbre de Cartagena nuestro reclamo no fue convalidado, pero al menos lo pusimos nervioso al canciller “de ellos”. Es un caso no sólo grueso en su esencial esterilidad; lo particularmente bochornoso es que no recurrieran a un veterano de guerra o un militante de la causa Malvinas, sino a alguien que admitió haber cobrado, como cualquier modelo o actor profesional, además de ser funcionario del gobierno porteño. Ni siquiera en eso las apariencias fueron cuidadas. Al igual que aquel spot de la campaña electoral del año pasado, con la científica supuestamente repatriada por el kirchnerismo, una vez más la voracidad desorbitada por los medios le jugó una fea al Gobierno: compraron un video comercial para airear la aparente epifanía de un patriota afiebrado de pasión nacional. Además, la chapucería; lo hicieron trepar sobre un monumento dedicado a otra guerra, una batalla librada en ese archipiélago desolado hace casi un siglo. Lo sublime muta en ridículo y lo solemne en agraviante, de nuevo se escucha, actualizada, la consigna galtieriana (“¡si quieren venir, que vengan!”) o el grito de guerra del corajudo Menéndez (“¡que traigan al principito!”).



Los publicitarios que sedujeron a la Casa Rosada no tenían idea de quiénes eran los muertos evocados por ese monumento sobre el que hicieron correr al conchabado atleta. El almirante Graf Maximilian von Spee era en 1914 comandante del escuadrón de la armada alemana en el Extremo Oriente, afectado al seguimiento del tráfico comercial y de transporte de tropas en el Atlántico Sur cuando comenzaba la Primera Guerra Mundial. Sus naves avanzaban rumbo a Puerto Stanley, para atacar la estación de radio de los británicos y aprovisionarse de carbón para sus naves. Ignoraban que un escuadrón británico, con dos temibles, veloces y flamantes cruceros, ya había atracado en la capital de las islas, junto a otros seis cruceros. El 8 de diciembre de 1914, la armada imperial alemana intentó atacar la posición, en la que imaginaban anclados buques japoneses. Gran error: los alemanes fueron devastados y cuatro de sus cruceros hundidos por la flotilla británica, incluyendo la nave insignia, el Scharnhorst, seguida de otros tres: Gneisenau, Nurnberg y Leipzig. Balance: diez marinos británicos muertos, 2.200 marineros alemanes hundidos a bordo de sus buques. El monumento en el que lo hicieron actuar al modelo evoca esa terrible tragedia naval ocurrida hace 98 años y que nada tiene que ver con la guerra de 1982.



El gobierno de la Argentina divulgó un video de propaganda de grosera rusticidad, con un modelo corriendo por calles y tierras despobladas de seres humanos, como si nadie viviera en las islas. El equipo de filmación no sabía qué grababa ni sobre qué escenario estaba. Maneras secretas y clandestinas tanto en Londres como en Puerto Stanley, pasión irresistible por las emboscadas, guerrilla de cartón para sorprender al enemigo.



El Gobierno procedió con la astucia de la vieja viveza criolla, esa dominante predilección por el marketing más chabacano que alienta la famosa “transgresión”, pero se vale de esos medios de comunicación que dice detestar, pero sobre los que construye su entera arquitectura política. Atajo irritante y provocador, mecanismo de cabotaje estéril, hoy, como en 1982, la Argentina elige engañarse a sí misma.



Lo pavoroso es que, con esta embriaguez expropiadora de YPF, la Argentina se quedó huérfana de oposición significativa. Raúl Alfonsín, como todos, quería que las Malvinas fuesen argentinas. Pero en 1982 no se subió al avión. Ese nacionalismo de los militares argentinos de hace treinta años revivió ahora con repentino nacionalismo petrolero del kirchnerismo, llevando de la mano a radicales y socialistas.
Fuente: 
Perfil.