Miércoles, 2 Mayo, 2012 - 13:15

Reforma constitucional en marcha

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La reforma constitucional sólo podrá emerger cuando nadie sospeche que se busca favorecer la continuidad.

Hace algunos días se celebró en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires un acto académico convocado con el propósito de "abrir el debate para una nueva arquitectura constitucional para la Argentina del siglo XXI".



Uno de los convocantes, el fino maestro y filósofo popular Luis D´Elía, aclaró que los organizadores "no traían bajo el poncho el cuchillo de la re-reelección". Sin embargo, viniendo la afirmación de tan excelso cultor de las formas institucionales, la iniciativa ha despertado la suspicacia de diversos sectores de la opinión pública.



Es sabido que algunos de los participantes -como el miembro de la Corte, Raúl E.Zaffaroni, quien no pudo concurrir y el constitucionalista Raúl Ferreyra- son firmes partidarios, desde hace mucho tiempo, del sistema parlamentario.



Sin embargo, los organizadores del acto se encargaron de aclarar que la propuesta de reforma constitucional no busca el cambio del régimen político y solo apunta a "consolidar el modelo nacional, popular y democrático".



De este modo, la propuesta de reforma constitucional aparece devaluada, sin objetivos fuertes, como lo evidencia la afirmación de uno de los impulsores, quien justifica la necesidad de la reforma en incluir en el Preámbulo de la Carta Magna el evanescente anhelo de la "justicia social".



Este cambio de objetivos parece responder al hecho de que la presidenta de la Nación, no cree que el sistema parlamentario sea conveniente para Argentina. "Si padecimos todo lo que padecimos con el presidencialismo, imaginate con un sistema parlamentario: no hay presidente que aguante y van a gobernar las corporaciones" le habría confiado Cristina Fernández a un alto funcionario del Gobierno. Según la versión recogida por el diario "Clarín", en opinión de ese interlocutor, "con un sistema parlamentario el gobierno de Cristina hubiera caído durante la crisis con el campo o con la derrota en las elecciones de 2009". En esos análisis, un tanto superficiales, se ignora que el cambio de primer ministro en el régimen parlamentario no constituye un hecho traumático, puesto que si bien cambia la figura que comanda el Ejecutivo, se preserva la estabilidad institucional que puede absorber esa sustitución sin problemas.



En todo caso, lo que el sistema parlamentario genera son fuertes incentivos para que el Ejecutivo seleccione las iniciativas más prudentes y que cuentan con el máximo consenso posible para evitar su prematura sustitución. Características que son visualizadas como graves defectos sólo por los partidarios de los liderazgos fuertes, es decir los que escapan a todo control institucional.



Mientras que el sistema presidencialista tiende a la confrontación, el sistema parlamentario incentiva la colaboración entre los partidos políticos. Justamente, por coincidir con esa caracterización, es coherente que la Presidenta se sienta distante de ese régimen y sostenga la tesis que un sistema basado en la colaboración es impensable en América latina, donde imperan los liderazgos mesiánicos.



Una opinión compartida también por la diputada Diana Conti, que no considera apropiado cambiar al sistema parlamentario porque "los partidos políticos son de seguir a un líder y lo mismo acontece con el pueblo argentino". En este debate es probable que Zaffaroni haya querido intervenir de buena fe, convencido de que podía "colar" el sistema parlamentario al ofrecer un argumento fuerte a los partidarios de la "Cristina eterna".



Es cierto que en un sistema parlamentario, como en Alemania, España o Italia, el primer ministro puede mantenerse en el gobierno indefinidamente, pero a condición de que cuente con una mayoría parlamentaria que lo sostenga. Sin embargo, en el fondo, el sistema no ofrece garantía alguna de estabilidad, puesto que un cambio en la coalición gobernante o una ruptura en el interior del partido mayoritario, puede dar al traste, en cualquier momento, con dicho primer ministro. En un ejercicio de ciencia ficción, habría que imaginarse que pasaría si frente a una decisión errónea de "la primera ministra", se levantaran los diputados justicialistas comandados por el "diputado" Scioli, para armar, con los diputados de la oposición, una nueva coalición de gobierno.



La fina intuición demostrada por Cristina Fernández para elegir siempre aquello que puede servir para acrecentar su poder, la aleja inevitablemente de cualquier sofisticada solución que pondría en riesgo su autoridad. Desde esa perspectiva, no se equivoca al considerar que el sistema parlamentario es, institucionalmente, el menos adecuado para preservar los rasgos de una democracia delegativa que, siendo republicana en las formas, funciona en los hechos con todos los ingredientes de una rolliza monarquía presidencial.



Por ahora, la reforma constitucional que alientan los fervientes partidarios del gobierno nac&pop se enmascara bajo la consigna de lanzar "una extraordinaria movilización popular" que la respalde, en un vibrante movimiento que recorra toda la Argentina. Es, sin duda, la peor carta de presentación que pueden exhibir sus promotores.



Una verdadera reforma constitucional, debe ser fruto del consenso sereno y el acuerdo sincero entre todas las fuerzas políticas y sólo podrá emerger cuando nadie sospeche que se busca el cambio interesado de las reglas de juego para favorecer la continuidad de un presidente en el poder. Nuestra monarquía presidencial es, al menos, temporal. Si quitamos esa restricción, el próximo paso, inevitable, consistirá en el reclamo de hacerla hereditaria.
Fuente: 
Agencia DYN.