Domingo, 22 Abril, 2012 - 10:41

Regocijados

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Estamos chochos. Contentos con nosotros mismos, orgullosos por lo que recuperamos, con nuestra autoestima más alta que nunca.

En el regocijo se anotan todos, kirchneristas y radicales, socialistas y post comunistas. El caso de los radicales es asombroso: resignados a la trampa nacionalista, y dispuestos a jugar dentro del brete en el que (una vez más) los coloca el peronismo, le regalan a Macri el centro de la alternativa opositora.



Esa embriaguez es una reiterada experiencia, porque ya la vivimos varias veces en las últimas décadas, pero nuestro disco rígido no nos falla. Una vez más, con banderas agitadas y puños en alto, nos reconfortamos en nuestra virilidad nacional. Convencidos de que, desde el aceite hirviente arrojado a los ingleses en 1806, nos la hemos pasado combatiendo a perversos enemigos de ultramar, una vez más la camiseta nos une y borra los matices. Atrapados sin salida en una metafísica de la confrontación eterna, somos apenas temporalmente cordiales, hasta que nos sale de adentro una hostilidad fiera y llamativa, nuestra verdadera e invariable personalidad. Nutridos del alimento existencial del conflicto, sólo en él estamos cómodos, asumiendo que estar aislados es un mérito incuestionable. No sabemos manejarnos sino mecidos por las oleadas crueles de la disputa. En ella nos significamos y nos reconocemos.



Desde el fondo de la mirada nacional surge un agrio irredentismo, hojarasca nacionalista motorizada por el combustible de una voracidad ostensible por los bienes ajenos. No queremos procesar de modo civilizado transferencias patrimoniales lógicas y normales en todas partes. El debido proceso es, aquí, apenas una delicadeza sutil, pero exenta de efectividades conducentes: la Argentina “recupera”, a lo macho y, si fuera posible, con prepotencia hiriente. Lo de 1982 en las Falkland-Malvinas es un auténtico paradigma, como la roja Ferrari Testarossa del Menem de los noventa, hoy (claro está) kirchnerista: lo que yo deseo es mío-mío, y después ¡andá-a-cantarle-a-Gardel! Este notable y poderoso rasgo identitario del país está condenado a los tiempos cortos. Carece de proyección porque la propia realidad así lo determina y, además, porque la Argentina es así por su tenaz negativa a vérselas con la realidad.



El Gobierno, por ejemplo, fue hace dos semanas a la cumbre presidencial de Cartagena alentando públicamente la infundada expectativa de que los Estados Unidos lo respaldarían en su reclamo malvinero. No leen las noticias o gozan autoengañándose, a la par que cierran los ojos. El 13 de ese mes el secretario británico de Relaciones Exteriores, William Hague, se convirtió en el primer jefe de la diplomacia del Reino Unido invitado a realizar una visita personal a la superconfidencial Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los EE.UU., ente tan sensible y casi clandestino que su mera existencia hasta hace poco no era admitida en Washington. Días más tarde, en el curso de su visita a los EE.UU., el británico David Cameron se convirtió en el primer jefe de gobierno extranjero invitado a volar a bordo del ultrasecreto Air Force One con el presidente Barack Obama, que lo llevó a Ohio para presenciar juntos un partido de básquetbol.



¿Malvinas?



Al igual que Galtieri en 1982, la Argentina de 2012 se sigue riendo del mundo y de la realidad, actividad divertida y relajante, pero deprimentemente estéril, mientras que los brasileños preparan el Mundial de Fútbol de 2014 y las Olimpíadas de 2016 con sólida seriedad nacional, la que prefieren en lugar del folclore populista. La presidenta Dilma Rousseff inauguró hace pocos días el desembarco científico-tecnológico de su país en la gran feria alemana de Hanover, presentando al mundo su programa Ciencia sin Fronteras. En vez de autorrecluirse, como disfruta hacerlo el arcaico aislacionismo argentino, Brasil se abre a un escenario mundial de enorme competitividad, con audacia y, sobre todo, con inteligencia. Este nuevo programa de becas habrá situado a fines de 2015 a más de cien mil brasileños (la mitad cursando sus doctorados) en las mejores universidades del mundo, donde durante un año se perfeccionarán en temas seleccionados por el Estado: biotecnología, ciencias oceánicas e ingeniería del petróleo, calificados por Brasilia como esenciales para el futuro de la mayor economía latinoamericana. Costo del programa: 1.650 millones de dólares, con una cuarta parte a cargo de empresas privadas, y el resto de los contribuyentes. De esos cien mil, los Estados Unidos ya aceptaron 20 mil estudiantes, mientras que el resto irá a universidades de Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, que tomarán entre seis y diez mil cada uno. No es una idea fundacional de Roussef y el programa tampoco fue anunciado en comparsa lamentable, mientras la hinchada se proclamaba “soldados de Dilma”. Es una política nacional, que se despliega desde los años sesenta, durante los cuales el Estado pagó con sus recursos los estudios de doctorado (PhD) de los graduados brasileños en áreas elegidas: exploración petrolera, investigación agrícola y diseño de aviones. En todas esas aéreas, Brasil es hoy líder mundial.



El problema es que ellos, pobres desgraciados, no tienen líderes como Cristina, funcionarios como De Vido, empresarios como los Esquenazi, ni ideólogos como Kicillof. La Argentina es diferente, entre otras cosas porque una mayoría de sus habitantes vive fascinada con el poder de las ilusiones, y –sobre todo– con la irresistible seducción de las propias mentiras. Existencialismo notable y a menudo amoral, su verbo clave es “recuperar”: Malvinas, hielos continentales, Beagle, deuda externa, Obras Sanitarias, Correo, AFJP, Aerolíneas, ahora YPF. Con una rareza antropológica: entregamos para recapturar luego lo regalado. Pasó antes de 1989, cuando los peronistas se opusieron a las privatizaciones parciales y reguladas de Aerolíneas y ENTel impulsadas por Raúl Alfonsín, para luego entregarlas ellos, sin controles y de manera corrupta. Línea de argumentación idéntica: somos así, acostúmbrense, porque no vamos a cambiar.
Fuente: 
Perfil.