Domingo, 22 Abril, 2012 - 09:41

La trompa del elefante

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Sobre la transición española, el valor de la traición en los políticos que dicen y desdicen, y la estatización de los ferrocarriles.







En estos días en que por diversas razones se habla tanto de don Juan Carlos, el rey de España, es imposible no recordar, para quienes lo hemos leído, un gran libro llamado Anatomía de un instante, cuyo autor es el escritor español Javier Cercás. Es uno de los textos de referencia para tratar de entender la transición española. Su tema central es la narración detallada del intento de golpe de Estado contra la democracia que se produjo el 23 de febrero de 1980 y fue conocido como Tejerazo, por el apellido –Tejero– del militar que lo encabezó. A partir de allí, Cercás analiza a los personajes que permitieron que, tras la muerte de Francisco Franco, se instalara la libertad, en un país que había vivido cuatro décadas sin ella. Uno de ellos, el central, es, precisamente, el rey Juan Carlos.



Quizás usted se pregunte si esto tiene alguna relación con la estatización de YPF. Paciencia. Tal vez la tenga, tal vez no. El autor de una nota no siempre sabe adónde lleva esta y menos en su primer párrafo.



El drama, y lo interesante, del rey Juan Carlos en ese libro de Cercás es que se trata de un traidor. Un hombre que creció bajo el franquismo, se educó sin chistar mientras miles de sus compatriotas morían, eran detenidos injustamente, o huían perseguidos por el régimen que Juan Carlos integraba. Y era ese mismo hombre, transformado en rey, el que aseguraba la libertad y la democracia. Anatomía de un instante cuenta la historia de otros traidores. El primer ministro Adolfo Suárez también había sido un señorito del franquismo, un hábil burócrata que se hubiera arrodillado ante el generalísimo, un “prototipo perfecto del arribista” y fue despreciado por sus antiguos compañeros de ruta luego de que legalizara, entre otras medidas, al Partido Comunista. Uno puede imaginar la bronca de tantos luchadores cuando veían que el rey y Adolfo Suárez, dos cómplices, traicionaban su pasado, y pasaban a ser los símbolos de la democracia.



Para explicar a sus personajes, Cercás los llama “los héroes de la retirada”: “Frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX han alumbrado al héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje, el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles, el segundo es un dudoso profesional del apaño y la negociación”. Son los líderes que, habiendo pertenecido a un régimen, vivido de él, crecido con él, luego lo conducen hacia su final. Mijail Gorbachov es otro de los grandes ejemplos de esta tipología.



Cada país tiene los suyos. Políticos oportunistas que prosperan a fuerza de reverencias y pequeñas o grandes corruptelas y, un día, como si tal cosa, enfrentan lo que encarnaron y marcan así, con su nombre, una época.



Quizás usted se pregunte aún si esta nota tiene algo que ver con el hecho revolucionario, heroico y trascendental que ocurrió en estos días.



Le juro que aún lo ignoro.



Sobre los cambios de posición en la vida de los políticos, recordé en estos días otro libro, que recomendó Antonio Cafiero, en el 2005, cuando una legión de duhaldistas de paladar negro habían saltado hacia el kirchnerismo. El libro se llama Elogio de la traición y fue escrito por los franceses Denis Jeambar e Ives Roucaute. Algunos de sus conceptos permiten entender por qué, en democracia, los líderes defienden una posición, y la contraria –digamos, una privatización primero, un vaciamiento luego, una estatización después, o todo eso en el sentido inverso– sin mosquearse.



El libro tiene párrafos terribles como: “No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros modernos mecanismos republicanos”. O: “La traición es la expresión política –en el marco de las normas que se da la democracia– de la flexibilidad, la adaptabilidad, el antidogmatismo; su objetivo es mantener los cimientos de la sociedad. En los antípodas del despotismo, la traición es, pues, una idea permanente que, a diferencia de la cobardía, evita las rupturas y las fracturas y permite garantizar la continuidad de las comunidades democráticas al flexibilizar en la práctica los principios preconizados en la teoría...”.



Me imagino que usted ya debe estar harto, aburrido.



¿Y? ¿Para cuándo YPF?



Yo también.



Hay veces que me vuelvo impredecible hasta para mí mismo.



Un tercer libro que recordé en estos días tiene un autor célebre en estas tierras. Se llama Carlos Escudé. La trompa del elefante tiene una particularidad. Su recorrido es sinuoso e impredecible. Su posición clásica describe una “u”. Pero puede apuntar hacia arriba, relajarse hacia abajo, enrollarse como una serpiente, confundir con movimientos en cualquier dirección. No es cosa de abundar con metáforas, pero ya que ésta le sirvió a la Presidenta para graficar la evolución de los resultados de Repsol, también puede ser usada para ilustrar tantos caminos sinuosos que se toman en la vida.



Hace muchos años, Escudé –ahora híper K, antes hipermenemista, y siempre con la misma pasión– escribió un gran libro. Se llamaba Gran Bretaña, Estados Unidos y la declinación argentina. No hay espacio aquí para explayarse sobre su tesis central, que de por sí es atractiva. Pero lo más interesante es que está armado en base a documentos desclasificados del Foreign Office. Varios de ellos refieren a la negociación que terminó con la estatización de los ferrocarriles, una medida que Juan Domingo Perón presentó como un gran logro nacionalista. El día que, finalmente, se firmó el acuerdo, la Cancillería británica recibía desde Buenos Aires un telegrama triunfal, por parte de sus enviados.



–We did it! –decía.



–¡Lo conseguimos!



La primera vez que leí esa narración tuve la sensación que me acompañó muchas otras veces en la vida. Es necesario tener algo de perspectiva y mucha información para poder juzgar medidas exactamente en el momento en que se toman. Quizá todo sea como parece, quizá sea lo contrario, quizá sea una mezcla de ambas cosas. Los himnos, las banderas, las consignas, suelen distraer. En todo caso, si uno opina –como en mi caso, que creo que está bien la estatización de YPF– quizá sea mejor hacerlo con cierto tono de duda, de suavidad, de respeto por el otro. Y prestar oído a las advertencia de quienes no están de acuerdo, no vaya a ser cosa que nos vendan, una vez más, gato por liebre.



Son tres libros. Uno sobre la transición española, otro sobre el valor de la traición en los políticos que dicen y desdicen, y el tercero sobre la estatización de los ferrocarriles. Ninguno sobre YPF.



Y no queda espacio ni para una moraleja.



Qué pena.



No puedo prometerlo, pero quizá la semana que viene se pueda escribir algo sobre YPF. Aunque presumo que si da vuelta la página, en un sentido u otro, tendrá lo que, quizás, está buscando. Emoción pura. ¿O me equivoco?
Fuente: 
InfoNews.