Domingo, 15 Abril, 2012 - 10:32

Confesión

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Estrenado en 1971 y dirigido por Costa-Gavras con guión de Jorge Semprún sobre un libro de Artur London, el film La confesión narra una tragedia del siglo XX.







Historia en apariencia exótica y arcaica, evoca paralelismos evidentes con la Argentina de hoy. Aun cuando acaeció en la lejana y bella Praga, mucho dice de lo que viene pasando con las vicisitudes del caso Boudou. Justo esta misma semana se estrenó en el San Martín una versión teatralizada de 1984, novela de George Orwell publicada en junio de 1949, escalofriante y preciso anticipo de los juicios y “confesiones” de la era soviética.



Catorce líderes del Partido Comunista de Checoslovaquia fueron arrestados por la policía política del régimen títere de la URSS y procesados en masa en noviembre de 1952, acusados de traición a la patria. Tras ocho días de un “juicio” miserable, once de ellos fueron ejecutados. Entre los condenados a muerte y colgados en la horca se hallaba Rudolf Slánský (1901-1952), acusado de conspirar con el capitalismo occidental para demoler al “socialismo”. Slánský fue nada menos que secretario general del PC checo después de la Segunda Guerra y uno de los arquitectos del régimen pro soviético instalado tras el golpe de Estado de 1948 urdido por Moscú. Torturado en la prisión, intentó quitarse la vida. Slánský era uno de los diez judíos que formaban parte de ese grupo de 14 “traidores”. Al igual que en la Rusia soviética, el más crudo antisemitismo caracterizaba al régimen checo. De hecho, a poco de empezar la farsa judicial, el 20 de noviembre de 1952, los 14 fueron acusados de tramar una conjura “trotskista-titoísta-sionista” al servicio del imperialismo norteamericano. Uno de ellos era London, cuya pena capital fue conmutada a cambio de su confesión: viejo y curtido militante comunista, “admitió” que trabajaba para “el enemigo”.



En abril de 1963 los condenados (tanto asesinados como sobrevivientes) fueron plenamente “rehabilitados” y en mayo de 1968, cuando florecía la Primavera de Praga, totalmente exonerados. Tras la exitosa revolución democrática de 1989, el presidente Václav Havel designó al hijo de Slánský como nuevo embajador checo en la entonces ya moribunda Unión Soviética.



Los condenados por los regímenes de las llamadas “democracias populares” eran imputados de “desviacionismo”, “nacionalismo burgués” y conspiraciones “trotskistas-titoístas-sionistas”. Nada demasiado diferente se hizo en la China maoísta, tan reverenciada por las izquierdas occidentales, incluida la argentina.



London nació en 1915 en Ostrava y falleció en París en 1986. Militante de la Juventud Comunista desde los 14 años, peleó contra el fascismo en las Brigadas Internacionales en España, se alistó en la Resistencia francesa en 1940, fue apresado por los alemanes y deportado al campo de concentración de Mauthausen en 1942. Sobreviviente, en 1949 asume como vicecanciller del nuevo régimen comunista checo. En 1951 lo apresan sus camaradas, junto a otros 13 “conspiradores”. Con tortura y apremios, ilustrados de manera estremecedora en el film de Costa-Gavras (London es protagonizado por el actor comunista francés Yves Montand), le arrancan una confesión de “conspiración contra el Estado”. Es uno de los cuatro que zafan del cadalso, pero lo condenan a cadena perpetua. “Rehabilitado” en 1956, puede abandonar el país recién en 1963 para radicarse en Francia, donde en 1968 publica L’Aveu (La confesión).



London y sus compañeros veían en Stalin y en la URSS un poderoso e incuestionable centro de la revolución mundial. Moscú era para ellos el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. Ser fiel a Stalin y al PC era decisivo e insoslayable. “El partido” y sus líderes eran la verdad y lo que desde allí se les pedía a dirigentes y militantes debía ser aceptado, justificado y obedecido sin protestar. El triunfo del comunismo soviético había suscitado esperanzas tan descomunales como absurdas y, en aras de ellas, todo sacrificio era admisible. Se habían jugado el pellejo, armas en la mano, en la guerra contra el fascismo y habían aplicado desde el poder un programa netamente anticapitalista. No les alcanzó. Infiltrados, espías al servicio de imperialismo yanqui, agentes de la CIA, saboteadores, sionistas cosmopolitas (o sea, judíos): todo el arsenal del vilipendio se usó para aniquilar a quienes, participantes activos de la épica antinazi y luego marxista-leninista, un buen día amanecieron como víctimas propiciatorias.



Las burocracias policíacas que esmerilaban en las cámaras del terror a dirigentes políticos, intelectuales y meros ciudadanos disidentes o sospechosos de serlo, aplicaron durante décadas métodos espeluznantes y humillantes. Destruyeron personas, aniquilaron sus valores, los convirtieron en cadáveres civiles, justo ellos, valerosos combatientes contra el fascismo del siglo XX. Muchos se deben haber preguntado en los pabellones de la muerte si el sistema comunista fundado por Lenin y consolidado por Stalin era una parte, horrible pero necesaria, de un camino que abría las puertas al futuro. Quisieron creer y creyeron, contra viento y marea, hasta que la muerte o el ostracismo los miraron a los ojos. Enterrados en vida, muchos murieron de viejos o de enfermos, pero en silencio, para-no-hacerle-el-juego-a-la-derecha, esa repulsiva consigna de cobardes. No los aniquiló una “ideología”. Antes, como hoy, estos regímenes de conducción vertical y supremacía absoluta se maquillan de doctrinas, pero sólo procuran capturar y mantener el poder y los negocios a él anexados.



La confesión: en el engranaje del proceso de Praga, es el libro de un hombre conmovedoramente fiel a la ortodoxia comunista, de blindado dogmatismo. Tras ilusionarse al ver “reventar el corsé de fuerzas retrógradas que impedía a nuestro Partido y a nuestra sociedad abrirse a las corrientes purificadoras del XX Congreso del PC de la URSS (el de la des-stalinizacion), de 1956”, London vio la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, que duró 23 años. La Argentina no es Checoslovaquia, el comunismo no es el kirchnerismo y 2012 no es 1952, pero hay un parecido notable entre quienes confesaban crímenes inexistentes ante sus camaradas-verdugos hace setenta años y quienes hoy se hunden aquí en el silencio, tras ser progresivamente radiados y expulsados por un gobierno que va “por todo”.
Fuente: 
Perfil.