Sábado, 14 Abril, 2012 - 20:31

Correo de nuestros lectores
El collar de perlas

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La vergüenza es esa daga invisible que va cortando las entrañas, que debilita la autoestima y desgasta la confianza que se tiene de sí mismo.

Se siente que se ha empequeñecido a tal punto que no se puede traspasar la puerta hacia el mundo social sin sentir ganas de desaparecer. Porque el sujeto carga con la mochila de la auto desaprobación y siente que los dedos acusadores de todo el mundo lo apuntan, lo humillan con la mirada y lo juzgan en silencio. Entonces camina encorvado en un desierto de honor donde se halla quebrada la dignidad y el buen nombre yace perdido,desnudo y olvidado en la caverna sellada de toda culpa.



La vergüenza a veces conduce a reacciones agresivas en su búsqueda a alivianar el honor herido, la dignidad perdida. Se entremezcla un vocabulario inadecuado que escapa de cualquier diccionario, y de la ortodoxia diplomática. O se esconde tras la represalia o la más pura venganza como medio que tiende a desvirtuar las propias culpas. Sin embargo en el mundo de la política, en ese mar eterno de dominación y desafíos pareciera que la vergüenza no existe, su esencia no es conocida y la cara se esconde tras la máscara dura del engaño y la hipocresía.



Hay un desequilibrio entre lo que se es y lo que se pretende ser. Entre lo que se desea ser y entre lo que los demás creen que son. Entre lo que deberían ser y lo que realmente son.



Tratan de esconder, de tapar con telones de mentiras para ocultar los defectos, las culpas que los avergüenzan, pero también se engañan a sí mismo para evitar reconocer aquello que revelaría su parte oscura, lo que no debe ser mostrado. Esos sentimientos mezquinos que se esconden en los placares del alma. Las miserias humanas que se entierran bajo la lápida de las apariencias.



Ver como los hechos fácticos de corrupción lo soterran en un bollo de papel que luego lo lanzan a la basura, para afirmar con una sonrisa irónica:"aquí no ha pasado nada".Usando como armadura la ironía, la indiferencia y la risa canchera para burlarse de quienes denuncian y osan investigarlos.



Pero cuando el honor se ha perdido es muy difícil recuperarlo, porque esa reputación desgastada o puesta en cuestionamiento por la sociedad, sobretodo cuando se habla del honor de un personaje público sea funcionario, político, juez o famoso, tiene más peso porque debe ser un ejemplo, porque se convierte en un modelo a seguir. Ya que la reputación es algo que se abrocha al buen nombre y honor .Y se la gana o se la pierde por las acciones u omisiones a lo largo de una vida; por los comentarios, las referencias, las críticas, la buena o mala fama, donde ese "que dirán" juega un papel protagónico el "que se dijo" y el "que se hizo" marca la diferencia.



Porque la reputación es como un collar de perlas que se cuelga al cuello y que en cada "buena acción" agregamos una cuenta y con cada "mala acción" perdemos una perla. Ahora ¿que pasa cuando la reputación de un funcionario o político es puesta en duda? ¿Cuando un hecho grave lo involucra en un teje y maneje que raya en hechos poco claros, donde se habla de trafico de influencia, ilicitudes, incumplimiento de los deberes de funcionario publico o tal vez en un acto de enriquecimiento ilícito? Ese collar de perlas directamente se rompe y las cuentas se caen y se esparcen en la arena, donde los vientos fuertes de los rumores las entierran y volver a encontrarlas para recuperar su primigenia forma resulta una tarea titánica y deja sus consecuencias en la imagen.



Y entonces, se produce un doble juego expuesto ante los ojos del pueblo que atenta a reconocer su propia deslealtad, su propio honor mancillado, escondiéndolo tras una imagen desapegada de culpas, a través de un buen manejo de emociones, apoyado por la complicidad de su entorno y por el conjunto que representa, y que es víctima-sin saberlo- de su propia visión limitada de la realidad. O quizás por que ellos son hábiles maestros que les han enseñado al pueblo a aceptar lo que se le dice y escuchar cuál Odiseo el canto de sirena de sus voces, que los persuade, los enloquece y los seduce conmovidos por las alabanza económicas, que subsidian su voluntad.



Otros, quizás tratan de viciar con estrategias políticas ensuciando toda investigación de corrupción y culpando al mensajero que miente, mientras ellos se disfrazan de virtuosismo tras una escenografía que nos hace dudar.



Aunque seguramente que esos elementos oscuros, se debilitaran alguna vez ante los cruzados de luz que busca la revelación de la verdad y que por ella desenvainarán la fuerza de la ética, la moral y la auto valoración de sus acciones, sobre la corrupción y la mentira, para que se proyecte en un espacio casi invisible, donde repliquen chocando ante la multiplicidad de los carentes de honor y dignidad, para torcer su fuerza.



Si bien la política cuando toca la cúspide del poder deja de transitar en el ascetismo dignificante. Sino todo lo contrario, se entretejen conductas conforme sea necesario a sus intereses, para caminar por los pasillos que lo magnifican de tal modo, que exponen una imagen maquillada, de acuerdo con las exigencias aceptables para quienes deseen tocar esos standares de excelencia superflua y que los coloca luego en la portada de la funcionalidad admirada, pero que en la penumbra, allí donde se arremangan las decisiones, resulta prácticamente impracticable, frente a la realidad fáctica de la acción equivocada.



Entonces los acuerdos sucios que se tomen en esa sala de máquinas del poder están salpicados de negociados, acuerdo y desacuerdos cargados de intereses personales que van contra los intereses del pueblo, ese mismo que los puso allí. Y que les llenan los bolsillos a los que caminan sobre las alfombras doradas, con la arrogancia hipócrita que trabajan en busca del bien común.



(*) [email protected]