Sábado, 14 Abril, 2012 - 19:20

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Rencores futuros

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Es difícil suponer que Cristina Kirchner va a olvidar el riesgo político y las complicaciones internas en las que se vio envuelto su gobierno a causa del caso Boudou.

Es difícil suponer que Cristina Kirchner va a olvidar el riesgo político y las complicaciones internas en las que se vio envuelto su gobierno a causa de la investigación judicial sobre Boudou, en el marco de la transferencia presuntamente irregular de la ex Ciccone Calcográfica, independientemente de cuál pueda ser la resolución final en los estrados judiciales.



No por ser precisamente una virtud, en la política -en general- hay cosas que no se toleran y -menos aún- se perdonan. Una de ellas es la falta de capacidad y pulso político para evitar que determinadas situaciones se desborden innecesaria e inoportunamente, e impacten de lleno en la sociedad. Es lo que ha sucedido con el vicepresidente, especialmente a partir de la conferencia de prensa del jueves 05 de abril, y de las acciones que siguieron a la misma en los últimos días.



Algunos sectores del periodismo siguen afirmando por estas horas que los dichos y lo actuado por Boudou tuvo el beneplácito presidencial desde el inicio. No es así.



La Presidente tenía, a ese momento, varias situaciones a las cuales debía hacerles frente; y lo último que necesitaba es que su propio vicepresidente, elogiado y así elegido por ella misma ante una sociedad expectante, como fue aquella de los días previos al 14 de agosto de 2011, terminara –finalmente- largando frente a las cámaras una bomba de alcance desconocido incluso por el propio Boudou, por más bien que estuviera diseñada su estrategia para no quedar involucrado en el caso de la ex Ciccone.



Ese jueves de hace más de una semana, Cristina Kirchner, refugiada en el sur, tenía -entre otras- tres cuestiones sobresalientes en su mesa.



Por una parte, Moyano, que todavía no había explicitado su decisión de ir por la reelección pero que en el gobierno ya lo daban por hecho, al mismo tiempo que crecía la molestia por la falta de definición pública del Secretario General de la UOM, Antonio Caló, único rival del líder camionero con el beneplácito de la Casa Rosada, pero que evitaba pronunciarse tajantemente sobre si finalmente iba o no a enfrentar al actual conductor de la CGT. Y en esto se jugaba lo que en la jerga política suelen llamar “el control” de la calle.



Por otra, la situación de YPF, cada vez más enredada en el seno del gobierno, con algunas disconformidades de gobernadores y con los primeros signos serios de alarma por la presión de España a nivel diplomático (fundamentalmente ante la Unión Europea de la cual es parte, ante los EE.UU. y el G20 a través de México que es el país que lo preside), como preludio de otras acciones insinuadas en caso de que Argentina avanzara en la estatización, y todo esto a días de la Cumbre de las Américas en Cartagena.



Por último, las ya más que preocupantes consecuencias de las trabas a las importaciones, el atraso en examinar y definir miles de solicitudes que no paraban ni paran de llegar a las oficinas de Comercio Exterior, el reclamo mundial y las crecientes dificultades para abastecer de algunos productos al mercado interno, desde medicamentos hasta la yerba mate.



Como se ve, no necesitaba de ninguna distracción.



Pero los hechos devinieron en contrario. La conferencia de Boudou lo que hizo es acelerar explosivamente los tiempos. Lo que podría haberse encaminado desde un perfil más bajo (aunque no por ello de menor relevancia) copó en minutos y bajo la modalidad de una escalada la atención pública y la de la prensa y, a partir de allí, la reacción presidencial podía hacer cualquier cosa menos matizar su toma de postura: el gobierno debería definirse y decir si apoyaba o no al vicepresidente, aún cuando recurriera solo a los gestos (como la presencia del propio Boudou en algún acto de la Presidente), o a decisiones políticas de alto impacto, como la aceptación de la renuncia de Righi a la procuraduría general de la nación, cosas que efectivamente sucedieron.



Sin embargo, limitando el tema a la relación Cristina-Boudou, el problema no versa principalmente en cómo se vaya a dirimir todo esto, sino en qué situación queda el binomio presidencial en términos políticos pero también humanos.



Y es que más allá de si la Presidente tenía o no información sobre la situación de su vice, lo cierto es que Boudou, queriendo o no, la puso entre la espada y la pared, algo que el kirchnerismo en general y Cristina en particular, detestan y no disculpan.



En este marco, lo que haya sucedido después de esa conferencia y de las instancias que le siguieron, y lo que pueda acontecer en el futuro, tienen solo un valor relativo. Lo verdaderamente importante para el gobierno, a mi juicio, es que a partir de ahora Boudou es realmente un molesto problema, máxime si se considera que Argentina debe enfrentar hacia futuro varias cuestiones en materia internacional pero también en el nacional, como el valor y sustentabilidad de la moneda, el pago de deudas, la política económica interna, la relación con los gremios, el control de la inflación, el fomento del consumo y la reconquista de la imagen pública positiva; y todo esto en el horizonte de los próximos comicios de mitad de año del 2013 y de las presidenciales del 2015.



Y en todo este embrollo, hoy por hoy, Boudou ya es considerado como uno de los elementos determinantes que juegan en contra del propio gobierno más allá de los resultados finales de su situación, por lo que cabe esperar que, más temprano o más tarde, no pueda cumplir con su sueño personal de ser el “mejor vicepresidente de la historia…”. Seguramente la propia Cristina se va a encargar de ello. Es, en todo caso, una cuestión de tiempo.



(*) [email protected]