Domingo, 8 Abril, 2012 - 08:05

Deriva

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Cambiar no tiene nada de malo. No es una maldición. Todo depende, claro, pero adecuarse, admitir nuevos vientos, oler perfumes de épocas diferentes.

Y obrar en consecuencia no es el mal absoluto. Al contrario, en el siglo anterior, por terror al cambio o por mistificar la continuidad de viejos dogmas, hubo inmovilismos letales.



Así vistas las cosas, y en sincronía con su pasión por las exuberancias extremas, en la Argentina se asiste hoy a un certamen inaudito de variaciones y volatilidades. Para usar la infame palabra registrada desde el comienzo del kirchnerismo, éste ha sido un gobierno que se autoborocotiza sin cesar. Basta examinar un puñado de casos paradigmáticos, aunque son muchos más, para encontrar un claro rasgo común; además de exhibir una ya pintoresca versatilidad a toda prueba, todo sugiere que en muchos casos estratégicos al país lo gobiernan personas que parecieran tener más intereses que valores, más necesidades que principios, más excusas que argumentos.



Néstor y Cristina Kirchner, por ejemplo, fueron solidarios y entusiastas impulsores de la privatización de YPF en tiempos de Menem, en los tempranos años noventa. Una década más tarde, fueron vigorosos militantes de la “argentinización” gerencial de la YPF españolizada por Menem. Hoy, en cambio, todo sugiere que la Presidenta y sus ejecutores sueñan concretar una reestatización (formal o virtual) de la hoy vapuleada petrolera.



La política para confrontar el desorden ruinoso del orden público es igualmente multifacética y eminentemente contradictoria. El kirchnerismo no sólo entonó desde siempre la letanía de “no-criminalizar-la-protesta”, un mantra razonablemente admisible entre 2003 y 2006, pero completamente obsoleto desde entonces. Hizo algo más: patrocinó acciones indefensiblemente ilegales y acabadamente destructivas. La mítica “anticumbre” de Mar del Plata, montada con clara anuencia oficial en 2004 para amargarle la vida al presidente George W. Bush, fue ejecutada con el acompañamiento de un prolijo y deliberado saqueo y vandalización del centro de Mar del Plata, que el Gobierno no impidió ni revirtió. Así, las quejas presidenciales por los penosos saqueos de la semana pasada en el entorno de la embajada británica resultan lastimeras. La Presidenta habla de los destrozos y de quienes los consumaron como si fuera columnista en un medio periodístico.



¿Los previeron, los impidieron, los reprimieron como correspondía? El alegato oficial (“este-gobierno-no-reprime”) es irrespetuoso para con la sociedad. Por eso, cuando desde el Gobierno se habla de los ya inaceptables cortes de calles y autopistas, o de los escraches y piquetes más variados, se dispara a los pies, como si no hubiera sido sponsor explícito del absurdo corte de cuatro años entre Gualeguaychú y Fray Bentos, en la frontera de Uruguay y la Argentina.



Es la misma receta aplicada a cuestiones de muy delicada trascendencia, como el enviciado vínculo argentino con la República Islámica de Irán. Tras años de caldeada retórica antiterrorista, hace pocos meses la Presidenta le ordenó al embajador argentino ante las Naciones Unidas que permaneciera en su sitio escuchando pasivamente las diatribas antisemitas del presidente Mahmoud Ajmadinejad. ¿Argumento presidencial? Irán quiere dialogar y hay que enviarle una señal de cordialidad. ¿Qué diálogo, cuándo, dónde, cómo, sobre qué temas, con qué resultados? Nada, obviamente, apenas otro caso más en la interminable peripecia de incomprensibles giros de 180º que permiten derivar de un extremo al otro impunemente.



Las piruetas de vaciamiento de las propias posiciones incluyen la decisión de cortar los subsidios al consumo de luz y gas, que descerrajó una masiva campaña de propaganda oficial durante varios meses, con el papelón de muchos “famosos” poniendo la cara por TV para divulgar su patriótica renuncia a la luz y el gas gratis, como si alguna vez lo hubieran pedido. También eso cambió, y desde comienzos de febrero la campaña quedó discontinuada, y los subsidios siguen.



Otro eslabón reciente en la extensa cadena de autodesmentidos es el retiro y la reposición de la Policía Federal como fuerza de custodia del subte porteño, medidas resueltas una tras la otra con la más impávida naturalidad.



Con la cuestión Malvinas, teóricamente concebida desde fines del año pasado como un aniversario inolvidable, sucedió lo mismo. Furia, amenazas, preparativos, boicot, medidas de todo tipo, y luego discursos melifluos y madurez súbita. El mismo gobierno que propicia o avala en silencio disparates extremos asume posiciones totalmente contrarias a renglón seguido, como si en ninguna parte existiese memoria ni registro de lo que significan las palabras.



¿Estamos en presencia de una Argentina incomprensible, gobernada por una administración adicta a una retórica vacua, salpicada de cambios térmicos disparatados? ¿Es, tal vez, la Argentina el caso más agudo de una sociedad sometida a las “resignificaciones” más audaces, donde no se paga nada en términos políticos por columpiarse entre polos contrapuestos y subsistir a esas temeridades sin sufrir consecuencias?



El florecimiento incontenible de incongruencias que se disparan desde el Gobierno no sólo revela la extrema superficialidad de la palabra empeñada que hoy aqueja a la Argentina. Ilumina además el costado más vulnerable y torvo de la épica oficial en boga. La arquitectura conceptual con la que el kirchnerismo sedujo, atrajo o al menos interesó a un sector importante de las clases medias argentinas estuvo sazonada de progresismo retórico, una “corrección” ideológica ofuscada y proclamas de virtud transformadora capaces de anestesiar no sólo a los gerentes del camporismo, sino también a muchísimas personas decentes y de buena fe. Pero se ha ido llegando a un punto de oscuridad dialéctica enorme, que ya no deja más márgenes. La banalidad oportunista no significa audacia intelectual para afrontar una etapa nueva. Todo exuda hoy un crudo oportunismo y una inconfundible improvisación, rasgos agravados por la incompetencia en la gestión.
Fuente: 
Perfil.