Viernes, 6 Abril, 2012 - 11:09

Correo de nuestros lectores
Viernes de la Pasión del Señor
El Descenso a los Infiernos

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Los cristianos sostienen un postulado de fe según el cual Cristo, desde su muerte y hasta la Resurrección, permaneció en la morada de los muertos.

Esto, además de ser consistente desde el punto de vista doctrinal y objeto de la predicación de la incipiente comunidad apostólica del siglo primero es –por cierto- la consecuencia natural del mismo hecho de morir, aún cuando -como en el caso singularísimo del Señor- se aguarde la instancia de la resurrección, en el marco de la promesa del Padre al Hijo: “estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar al tercer día…”.



En este marco y desde el punto de vista teológico, es menester señalar la originalidad irrepetible de este hecho: Jesús, efectivamente, conoció la muerte como cualquier mortal y se reunió con ellos en la morada de los muertos.



Pero este encuentro se produce ya desde su condición de Salvador y Redentor, por lo que su presencia en el ‘sheol’, ‘infiernos’ o ‘morada de los muertos’ (da lo mismo como se le llame) constituye la última fase de la misión mesiánica de Jesús y la primera proclamación de la buena nueva a los muertos: la muerte ha sido vencida, Cristo es el que tiene ahora las llaves.



Y a todos los que se encontraban allí y estaban privados de la visión de Dios, desde el primer ser humano en adelante, y a todos –también- los que vendrán después a lo largo de los siglos, se les proclama un mismo mensaje: “Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto…”



Este es el modo en que la primitiva comunidad de los apóstoles interpretó y enseño estos eventos. De hecho, hasta el propio Pedro, en una carta escrita desde Roma,
no dudó en afirmar que "hasta a los muertos les ha sido anunciada la Buena Nueva...",
con la esperanza de que al recordar estas cosas, muchos cristianos radicados en algunas provincias romanas del Asia Menor y perseguidos a muerte
por el sólo hecho de ser cristianos, pudieran permanecer en la fe.



En definitiva y para terminar con una alegoría: si pudiéramos imaginarnos la región de los muertos como una línea temporal, el descenso de Cristo a los infiernos sería algo así como una caminata de Jesús hacia atrás y hacia adelante, en su calidad de Redentor, que “planta” su Cruz al principio de esa línea, en coincidencia con el momento de la creación misma; y también al final de ella, en sintonía con el final de los tiempos, como una forma de decir: ‘esto es lo que he hecho, este es alcance de la Redención, de principio a fin; vivos y muertos; pasado y futuro, a todos los abarco, y a todo cuanto existe, a toda la creación, que gemía aguardando la Redención de los hijos de Dios…”



(*) Por Walter Edgardo Eckart - [email protected]