Domingo, 1 Abril, 2012 - 21:53

Domingo de Ramos: lo que realmente sucedió aquel Día

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La celebración litúrgica del Domingo de Ramos expresa en la actualidad, con la palabra y el gesto, el sentido real de rememorar la entrada de Jesús a la ciudad de Jerusalén, días antes de su condena, flagelación, muerte y resurrección.



Sin embargo, en aquellos tiempos, la interpretación fue otra, distinta y hasta parcialmente contraria.



Hoy, en efecto, millones de cristianos en el mundo saben que la festiva Liturgia de los Ramos anticipa con alegría la celebración del triunfo del Señor sobre la muerte misma, aunque -en los días que sigan- la meditación de la pasión y muerte del Hijo de Dios, se convertirán en el camino sereno, esperanzado y sugerido a los propios cristianos, para favorecer la mejor comprensión y celebración de las Pascuas de Resurrección. Pasión, muerte y resurrección. Tres momentos distintos de un único misterio: el de la Redención humana y de todo cuanto existe.



Dicho esto, conviene entonces recordar qué fue lo que realmente aconteció en aquella oportunidad, en la que Cristo, Palabra de Dios, verdaderamente hecha carne y no sólo con apariencia de hombre, tras detenerse en la aldea de Betania (a unos dos kilómetros y medio de Jerusalén), lugar donde vivían Lázaro y sus hermanas Marta y María, y con los cuales horas antes habría compartido la cena;
y Betfagé, situada en el Monte de los Olivos, al este de Jerusalén, entró ‘triunfalmente’ a dicha ciudad.



En primer lugar, el pueblo Judío en tiempos de Jesús no era uniforme ideológica ni políticamente. Como es común en las sociedades organizadas, había distintos movimientos político – religiosos.



Los fariseos, por ejemplo, estrictos observadores de la ley mosaica, lograron proponer una plataforma doctrinal que fue aceptada por la mayoría de los judíos, y tras la caída del Templo, prácticamente tomaron el control del judaísmo «oficial».
Junto con los esenios, proclamaban la creencia en una vida después de la muerte, y de la resurrección al final de los tiempos.



Los saduceos, por su parte, principales rivales de los fariseos, conformaban un grupo más confrontativo, y muchos de sus seguidores eran ricos y poderosos. Algo así como el sector aristocrático. Y según Flavio Josefo, se los consideraba groseros y despectivos en sus relaciones con el pueblo y los otros movimientos. Estos, a diferencia de los fariseos, no creían en la inmortalidad del alma ni en la resurrección.



Finalmente, dentro de los grupos más representativos, estaban también los zelotes, una de la facciones más violenta del judaísmo del tiempo de Jesús,
propensos siempre a enfrentarse a otros grupos, como con los fariseos o saduceos, a quienes criticaban por su obsesión por el dinero. Fueron considerados por algunos historiadores como uno de los primeros grupos terroristas de la historia, ya que asesinaban a civiles que presuntamente colaboraban con el gobierno de Roma, para evitar que otros hagan lo mismo.

Ahora bien: todas estas ramas (y algunas otras) contemporáneas a Jesús, a pesar de sus diferencias religiosas y políticas, y más allá de las confrontaciones entre ellas, tenían –con matices- un objetivo en común, que era compartido por una porción importante del pueblo: liberarse del poder de los romanos, que desde el año 63 AC habían conquistado la región, y que luego convirtieron a Judea prácticamente en un provincia romana.



Y en este punto, precisamente, es donde se refuerza la idea de la venida de un mesías prometido que Dios enviaría; y se esperaba de él que fuera un descendiente de David, con grandes cualidades carismáticas a quien Dios exaltaría, para romper el yugo de los romanos y conducir el reino restaurado de Israel.



En este contexto, la aparición de Jesús, la autoridad con la que hablaba y los signos que hacía, dieron pie a muchos de sus seguidores para convencerse de que, finalmente, había llegado el mesías y que, políticamente, pondría las cosas en orden.



De hecho, hasta los discípulos más cercanos a Jesús creían esto, incluso después de la Resurrección. Momentos previos a la Ascensión del Cristo resucitado, por ejemplo, le preguntan: ‘¿Es ahora cuando vas a Restaurar el Reino de Israel…?’



Así, las expectativas de la gente sobre Jesús estuvieron marcadas por cierto tinte político triunfalista hasta último momento.



Eso explica que la muchedumbre haya decorado con flores el camino por donde pasaría Jesús al momento de entrar en Jerusalén, y que haya vitoreado su nombre al mismo tiempo agitaba los ramos como una forma de salutación solemne, sobre todo si se considera que esta era una vieja práctica -propia de cualquier comunidad judía de antaño- al momento de recibir a su rey.



También explica la alegría de la gente, que cantó una parte del Libro de los Salmos: “Bendito es el que viene en el nombre del Señor. Bendito es el enviado del Reino de Nuestro Padre David...”. Y aquí, el rey David era, en la memoria colectiva del pueblo, la máxima expresión de un gobernante, ungido por Dios (mesías) que supo conducir triunfalmente los destinos de la nación.



En suma y para concluir, la liturgia cristiana tomó estos eventos pero desde otra óptica y desde otros postulados de fe: anticipar la celebración del triunfo del Señor sobre la muerte misma, favorecer la mejor comprensión y celebración de las Pascuas de Resurrección, y recordar que la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son –en realidad- tres momentos distintos de un único misterio: el de la Redención humana y de todo cuanto existe.



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