Domingo, 1 Abril, 2012 - 09:36

Soviets

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Este gobierno es antiobrero y quiere implantar los soviets. Sus integrantes son crueles, despiadados y vengativos. Los niveles de corrupción son alarmantes.





En tren de perseguir inocentes pueden inventar que los hijos de sus enemigos fueron apropiados durante la dictadura militar. Aplican caza de brujas contra los disidentes y en sus medios adictos ejercen una censura estricta. Ninguno de sus miembros respira si antes no le dan la orden. CFK actúa como si únicamente su dolor personal mereciera respeto y se burla a sabiendas de un padre que acaba de perder a un hijo.



Semejante descripción no fue realizada por el ABC de Madrid, ni por Ricardo López Murphy. No le corresponde a Joaquín Morales Solá, ni –mucho menos– a Osvaldo Pepe.



El autor es nada menos que Hugo Moyano.



Si el jefe de la CGT tiene o no razón en esta caracterización es algo que está por verse, o será materia de discusión por los siglos de los siglos. De lo que no cabe duda es de que, para un sector del mundo oficialista, tiene legitimidad, o la ha tenido hasta hace muy poco. Apenas meses atrás, los defensores del Gobierno sostenían que Moyano podía tener defectos pero que, dentro de las posibilidades que ofrecía el sindicalismo, era el líder más capaz para organizar a los trabajadores y representarlos en la defensa genuina de sus derechos. Durante años, con ese argumento, prefirieron disimular algunos de sus detalles más conflictivos, como el episodio de “Madonna” Quiroz en San Vicente, el ajuste de cuentas del sindicato de camioneros de Santa Fe que terminó con el asesinato de Abel Beroiz, las denuncias de la ex ministra de este gobierno Graciela Ocaña, entre otros detalles. En el momento en que se produjo el asesinato de Mariano Ferreyra, muchos de sus defensores salieron a aclarar que “Moyano no es Pedraza”.



Pues bien: resulta entonces que este hombre al que tanto han defendido, ahora se despacha de esta manera.



No es algo que se pueda pasar sin más ni más. O Moyano no era un genuino defensor de los intereses de los trabajadores, sino apenas un burócrata desesperado por la plata y el poder, y entonces en todo este tiempo los forjadores del relato K mintieron, o les mintieron, o se mintieron (y si mintieron o se mintieron o les mintieron sobre este punto, ¿sobre qué otros mienten o se mienten?). O Moyano es ese que nos decían que era, y entonces sus definiciones acerca del perfil del Gobierno deben ser tenidas en cuenta, ya que vienen del líder más genuino que pueden tener los trabajadores. Que haya opositores al Gobierno para los cuales Moyano haya pasado de demonio a santo, si es que esto ocurre, no soluciona el problema: apenas refleja que el indómito Moyano no sólo desconcierta a los K.



Pero existe una tercera opción: que las caracterizaciones que algunas personas hacen de la realidad que los rodea no tengan que ver con ningún hecho objetivo sino, simplemente, con la manera en que personajes y situaciones son caracterizados por Cristina Fernández de Kirchner. En este caso, el razonamiento sería algo así: Moyano es el genuino representante de los trabajadores si apoya al modelo que defiende a los trabajadores, y la que decide cuál es la manera de apoyar al modelo es Cristina, porque es la Jefa y nadie entiende el modelo como ella. En este contexto, no importa si Moyano, o Cobos, o Eskenazi, o Bergoglio, o Magnetto, o Schoklender, o Alberto Fernández son ignorantes, sabios, chorros, generoso o estafadores. Lo que importa es la relación de cada uno con la Jefa.



Moyano es un líder sindical admirable si está bien con el Gobierno y un traidor si está mal. Porque sólo sirve lo que acumula para el modelo. Y el modelo no es un puñado de principios y políticas sino lo que, a cada momento, según venga en gana, dictamina la jefatura del modelo, que es la que mejor lo interpreta. Y no sólo Moyano: todo funciona de esta manera. Nadie es “per se” nada: cada uno es quien la Jefa dice que es. Y así se salda la contradicción, muy fácilmente. Hemos visto en estos tiempos admiradores de Sergio Schoklender que le saltaron a la yugular apenas fue excomulgado por la Casa Rosada, y veremos en los tiempos que vienen a personas nobles que han sido deslumbradas por Amado Boudou, despotricando contra él como si nada.



El bien y el mal, lo decide Ella.



Qué pensar sobre la tragedia de Once, sobre la importación de energía, sobre las declaraciones juradas, o sobre el caso Boudou, surge de su clarividencia.



Quién es nazi y antisemita, nos lo enseña Ella.



Y la bondad o maldad de Moyano, también.



Es una suerte tener una Jefa, porque eso ordena todo. No es necesario esforzarse demasiado. Uno mira el horizonte, ve dónde se para Ella, y entonces sabe para dónde marchar. Hacia la derecha, hacia la izquierda, al este o al oeste, siempre está bien, porque lo que decide la naturaleza de las cosas no es un hecho objetivo sino la persona que marca el rumbo la cual, en esencia, siempre es buena y sabia. Por eso, Moyano puede pasar de ser un líder sindical ejemplar a una porquería en cuestión de semanas, y viceversa, y a algunas personas eso no les hace ruido.



La relación con el Jefe siempre es sencilla. Si él va en la dirección esperada, entonces confirma que es bueno, único, admirable. Si va en la dirección contraria, seguro que es una movida táctica genial.

Si se descubre corrupción junto a él, seguro que es mentira. Y si es verdad, está claro que él es víctima de personajes inescrupulosos contra los que, a su debido tiempo, sabrá combatir. Siempre, el Jefe tiene razón. Muchos vivillos se refugian en estas ideas. El problema, a largo plazo, o quizás a corto, es de los que creen en serio en estas cosas.



No es nuevo que esto ocurra en la historia política argentina y mundial. En todos los tiempos, en todos los países, ha habido movimientos políticos cuya esencia básica era esa: seguir a un líder. Del talento de este dependía que sus seguidores se creyeran que a cada paso cada decisión era buena, y que la única política válida para los disidentes era el desprecio y la marginación. Esas historias no suelen terminar bien, pero eso no quiere decir que, como se ve, no se repitan una y otra vez.



Y el día que saltan el cerco, las personas alineadas de repente descubren todo un mundo. Eso le pasó, por ejemplo, a Julio Piumato, uno de los alter ego de Moyano, cuando reveló que existe censura en la televisión pública. Era raro escucharlo. En estos últimos años, periodistas y dirigentes políticos fueron no sólo censurados sino agredidos desde esas pantallas, una y otra vez. Las listas de personajes que no se pueden entrevistar allí es eterna: Rubén Sobrero y ninguno de los delegados del Sarmiento, Jorge Lanata, Alberto Fernández, Julio Cobos, Félix Díaz, los familiares de Once, Julio César Strassera, las víctimas del Indoamericano, Hermenegildo Sábat, Victoria Donda, Victoria Moyano, Elisa Carrió, Hermes Binner, Felipe Solá, Claudio Lozano, Humberto Tumini, Rubén Carballo. Son cientos y cientos de personas que, para la televisión pública y también el canal Encuentro, directamente no existen.



Le pregunté a Piumato si no había percibido esto mientras estaba cerca del Gobierno:



–Es que cuando a uno le toca, lo ve más claro –dijo.



Una buena advertencia para aquellos a los que (aún) no les tocó.



Por lo pronto, lo de los soviets, quiero aclarar, me parece tan disparatado como aquel título de La Nación sobre el “marxista” Kicillof. Sólo que esta vez la astilla vino del mismo palo. Del lado de los buenos y no de los malos.



Era así, ¿no? Había buenos y malos, ¿no?
Fuente: 
InfoNews.