Miércoles, 28 Marzo, 2012 - 14:44

Correo de nuestros lectores
Relato de un ex soldado
Fuimos jóvenes pero la Guerra nos cambió...

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Finalizó el año 1980 y con ello una etapa de mi vida: la secundaria. Pero ese mismo año, como venía ocurriendo, se realizaba el sorteo para el servicio militar obligatorio.

Un número me fue asignado según mi número de documento y la Fuerza Ejército Argentino fue mi destino.



Para entonces ya había tomado una decisión, realizar el servicio terminada la secundaria, tratar en lo posible salir en la primera baja (lo pude lograr) y luego arrancar mis estudios universitarios... esto no fue posible.



Llegó abril de 1982 y todos festejamos la invasión militar a las Islas Malvinas; un militar de facto se proponía permanecer en el poder “un cuasi-hitler” producto de esta “gesta patria”; que equivocado estaba.

Recuerdo y quedó en mi memoria lo dicho por mi amigo Carlitos: “¡Estamos todos locos! … Cómo vamos a enfrentarnos a una de las potencias bélicas más importantes del mundo! ...” hoy digo: tuviste razón.



Fuimos reconvocados al servicio militar y nos preparamos para ir al sur, a defender el territorio recuperado. La angustia, temor y tristeza inundó los corazones de mis amados: madre, hermanos, amigos. Pero éramos jóvenes, llenos de fervor y patriotismo!.



Y partimos de Resistencia,
en un avión sin asientos y con la ropa no adecuada para las bajas temperaturas; tal es así que salimos con una temperatura de 18° y llegamos a Río Gallegos con 2°. Fueron casi 6 (seis) horas sin escala; para algunos un simple viaje para otros la única oportunidad de viajar en un medio de transporte visible en las alturas.



Pocos días en el Regimiento de Río Gallegos y luego el destino final: en las afueras de puerto San Julián (Santa Cruz) donde el objetivo era custodiar la entrada a la bahía ya que
existía o existía una base de la Fuerza Aérea Argentina. Desde allí partían los aviones hacia Malvinas. Valientes y héroes patrióticos! pero todos teníamos un objetivo, una misión militar.



El lugar no era el adecuado, una vieja factoría abandonada con sus instalaciones para el personal obrero permitían poder alojarnos y resguardarnos del intenso frío; eso sí: no había agua potable, la comida era pésima (el famoso rancho), vestimenta inadecuada que luego sólo nos proveyeron la campera fabricada por los israelitas (era el comentario) ni que hablar sobre el armamento: yo pertenecí al arma artillería. Un cañón 105 mmm, otro melara de la II Guerra Mundial más una pistola 11 mm. Y
un sable! Ese era mi armamento y en una oportunidad se hizo una práctica con los mismos, los proyectiles de la pistola estaban todos vencidos.



Los comunicados por radio y gracias a que podíamos comunicarnos con nuestros afectos. Nos brindaban información de cómo estábamos,
pero llegó la noticia: Gran Bretaña venía a recuperar las Islas. Los estaremos esperando,
no cederemos ni un metro,
el frío será un aliado de las Fuerzas Argentinas. Que tristeza y dolor me llega al corazón, la historia fue distinta.



Rendición y regreso a casa,
en silencio sin saber con que situación nos íbamos a encontrar.



Retomamos nuestras actividades; perdí dos años de estudios universitarios; llegó la democracia.



Hoy a 30 años digo: de las experiencias se aprende. Una guerra es una herida abierta para vencedores y vencidos. Herida: a mis compatriotas que como joven con un futuro alentador quedaron truncados para siempre.



Tal vez otra hubiese sido la historia,
pero hoy mis hijos disfrutan una democracia libre y soberana, sin épicas guerras. Estoy seguro que quiénes ya no están con nosotros disfrutan la vida eterna en amor y paz con el Dios Todopoderoso.



Fuimos jóvenes pero la guerra nos cambió.



(*) DNI 16.119.925 – Clase 1962 -