Domingo, 25 Marzo, 2012 - 10:20

Correo de nuestros lectores
La seguridad en emergencia

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La realidad nos hizo mas suceptibles, la inseguridad instalada en las calles nos ha cambiado nuestra manera de vivir. Miramos para todos lados, estamos mas a la defensiva cuando una moto se acerca, no confiamos en nadie extraño que golpea la puerta de casa o que nos intercepta para hablarnos o preguntarnos algo.

Nos da miedo volver a casa de noche o simplemente salir a caminar. Sentimos que la inseguridad está manipulando nuestras emociones. Hay un corto circuito en el entorno social urbano y surgen desconfianzas hasta en las relaciones más básicas.



Sin darnos cuenta que ante
nuestras aptitudes de mantenernos alertas y a la defensiva estamos reivindicando esa sensación de inseguridad e intensificando "el miedo a ser una víctima
urbana".



Cuando uno conversa con alguien inmediatamente surge la percepción de inseguridad en sus argumentaciones, y no se trata de un miedo que vacila entre la incertidumbre de lo que puede pasar, sino en la tensión misma que provoca estar en un espacio publico y colectivo expuestos y vulnerables
a un arrebato inesperado.



Todos tienen algún hecho para contar, e incluso su propio testimonio como experiencia repetida. Es evidente como han cambiado las cosas y como se han modificado las pautas de comportamiento en el manejo social-urbano. Hay una progresiva perdida de la autenticidad y de la libertad.



Las mujeres que han pasado por la desagradable situación de ser víctima de un robo han modificado sus costumbres, evitan llevar carteras o bolsos, se manejan con un control al entrar y salir de casa, evitan llamar la atención con su atuendo y están a la defensiva cuando sale de un banco, para que de ese modo no ser un punto atractivo para los motochorros.



Si bien la percepción de ese miedo colectivo que se ve en las personas en la vía publica se acentúa mas los fines de semanas donde en la madrugada se producen peleas callejeras entre los jóvenes alcoholizados en las esquinas céntricas, se producen actos delictivos, agresiones y comportamientos totalmente alejados de la civilidad. A veces esto se agrava por la ausencia de la presencia policial, produciéndose en cada uno un debilitamiento del sentido de la protección personal.



Nos sentimos mas
vulnerables ante la presencia de un entorno urbano cualitativamente inseguro, donde la posibilidad de enfrentarnos ante una situación delictiva genera mucho miedo.



Se siente que se ha perdido el dominio del espacio público percibiendo la inseguridad latente que esteriliza la libertad urbana, sintiéndonos controlados, amenazados por las pirañas callejeras y la percepción de ese peligro que subyace a nuestro alrededor.



La constante representación de un arrebato arremete en la tranquilidad de un paseo por la calle y el crecimiento del número de casos que suenan en nuestros oídos de conocidos y familiares protagonistas de ello, nos angustia aún mas, tornándose incontrolable la percepción
del posible peligro. Lo que nos ha llevado a un cambio de aptitud preventiva para manejarnos al ritmo de "los chorros", cambiamos los hábitos para "no ser coto de caza".Ya que para que se de la situación de arrebato deben darse dos condiciones:



1) La elección de la víctima: es decir que para ellos sea una persona fácil de abordar, que se la vea distraída y confiada y en una aptitud vulnerable a sus intensiones de robo;



2) La situación de ubicación espacial: es decir que le permita al arrebatador
realizar un ataque rápido, eficaz
y certero ante la imposibilidad de defensa de la víctima y sin peligro para ellos.



Hay que tener en cuenta que ellos venden una imagen de inocencia
e indiferencia a su entorno. Siempre están
paseando, distraídos, como explorando el terreno, y cual cazador, eligen a su víctima, atacan y huyen rápidamente.



Suelen usar ropas
encimadas de ese modo
cambian el color del atuendo, también de las gorras que usan, camuflándose para volver al lugar y buscar mas víctimas. Pululan cerca de los bancos, calles con poco transito y en horarios de mañana y tarde. Sus victimas son las mujeres: señoras mayores, y las jóvenes.



Si bien el miedo urbano no tiene frontera es algo que se ha globalizado, ya que se ha roto esa convivencia social armónica entre el sujeto con su entorno.

Estamos cayendo en una crisis mundial-urbana
donde
el habitante
de la ciudad
debe planear una estrategia de supervivencia ante el aumento de la inseguridad en la calle, un mal que no registra diferencia de nacionalidades.



En que la incertidumbre palpable a ser víctima de un robo en la vía publica o en tu casa da lo mismo que te encuentres en Nueva York, en Barcelona, en Atenas, en Buenos Aires o en Resistencia. Entonces surge la pregunta ¿que hacer
si demandamos mas seguridad al Estado y este no hace nada ? ¿Si grito y pido auxilio nadie me socorre? Entonces ¿tomar la justicia por mano propia es la salida? Claro que ¡NO!.



¿Me corresponde a mi defenderme y poner en riesgo mi propia vida
o debe ser el Estado
quien debe protegerme
como es debido?. Lamentablemente esto no tiene una respuesta
que nos reconforte y nos enfrentamos a una realidad donde se juegan algunos factores de hecho:



1) El tema del presupuesto, la falta de recursos es generalizado es decir móviles,tecnologías e insumos básicos;



2) No hay
recursos humanos
y materiales en cantidades suficientes para cubrir toda la ciudad y responder al mismo tiempo al cumplimiento de las actividades administrativas y judiciales que tiene la policía.



3) Los recortes presupuestarios que han habido ultimamente como consecuencia de la crisis, agudizan el problema



4) Las limitaciones
propias que se dan a la gestión policial que dependen del cumplimiento de ciertos procedimientos
y protocolos de acción que los lentifican.



Estos factores determinantes de la realidad son casi universales de la función policíaca. Criticar a nuestra policía de su falta de accionar muchas veces es tener una observación limitada
de una realidad que supera toda frontera, dejando un común denominador que se alinea a un desequilibrio social que parece no tener control como resultado de un vaciamiento lento de los valores como sociedad, alimentándose mas aún con la crisis,
no solo económica sino también de capacidad de protección por parte del Estado, con un crecimiento de la criminalidad a nivel global.



La seguridad hoy se
ha convertido en un negocio muy rentado que resulta de un coste político insostenible, porque supera a la capacidad que puede presupuestar los gobiernos ante el aumento cuantitativo del delito, desbordándose de tal modo que la seguridad urbana en el mundo está en emergencia.



(*) www.chacorealidades.blogspot.com