Viernes, 23 Marzo, 2012 - 18:17

Ponerse la gorra

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“Hazte de fama, y échate a la cama”, dicen; y la Policía tiene mala fama. Mala fama, mala formación, mala actitud, mala predisposición, mala conducta, mala costumbre… El principal problema de la Policía es la Policía misma, algo que aprendimos desde chicos, incluso los que tenemos más de cuarenta.

La gente nunca confió en la Policía como institución ni en los policías como parte de ella. A esto se le suma automáticamente la desconfianza de la gran mayoría en la autoridad política que la gobierna o en la autoridad política, directamente. Probablemente se trate de un prejuicio, pero la Policía dedicó mucho a contradecirlo, sin éxito, y muy poco a revertirlo concretamente.



Esto podría explicar las razones que llevaron al gobernador Jorge Capitanich a reformular su política de seguridad pero, paradójicamente, hasta acá había destacado los resultados obtenidos en la materia, principalmente por parte de la Policía.



Este cambio de visión del mismo escorzo, pasando de elogiar la abnegación a condenar las excusas de los comisarios para no cumplir con su deber, evidencia que las cosas nunca estuvieron tan bien; a menos que en un descuido hayan empeorado súbitamente.



Como ejemplo, el Gobierno y los jefes policiales negaron insistentemente que se haya encomendado al Servicio 911 un cupo mínimo de detenciones, como denunciaran oportunamente Daniel Turraca, fiscal en lo penal especial de Derechos Humanos; José Luis Valenzuela, subsecretario de Derechos Humanos de la Provincia, y Rolando Núñez, coordinador del Centro de Estudios Nelson Mandela, y otros testigos que reprodujeron confesiones de los propios efectivos policiales en ámbitos particulares.



Si fuera cierto que nadie dio semejante orden, a la luz de las estadísticas, estaríamos ante un problema todavía mayor, porque eso significaría que los tres policías a bordo de cada patrullero actúan de tal modo sólo para satisfacer sus antojos y, peor aún, en coincidencia con todos los demás, poniendo en práctica una autarquía que no sólo no abona a la seguridad sino que preocupa y hasta mete miedo. Esa es la imagen más conocida de la Policía.



RE LOCO

Capitanich advirtió que no tolerará ni funcionarios ni policías que retaceen esfuerzos en la lucha contra el narcotráfico. Si sus expresiones nos tomaran desprevenidos terminaríamos aplaudiendo de pie, pero simplemente imaginar lo solo que se quedaría si cumpliera esa amenaza reduce todo a una humorada desopilante.



Si la mano viniera tan dura como dijo, no sería mala idea arrancar con una rinoscopia a todos los funcionarios públicos, como es ley en algunas provincias, para que tanto él como los ciudadanos sepan cuánto y en quién confiar.



Mientras esperamos el debate propuesto por el Gobernador, seguiremos imaginándonos cómo se verían las cosas si no estuvieran puestas de cabeza: La Policía se ufana de encontrar un gramo de marihuana cada tanto mientras nos hacemos famosos por un embarque de mil kilos de cocaína a Europa, empacado en bolsas de carbón chaqueño. Esto sucede porque la División Drogas Peligrosas se reparte entre el combate a las redes de narcotráfico: uno de los delitos y flagelos más graves, y meter preso siempre al mismo tipo acusándolo de bancar el juego clandestino: una simple contravención. En vulgo: “Gasta pólvora en chimangos“.



Hasta acá, las investigaciones nunca sirvieron para desbaratar organizaciones, ni de lo uno ni de lo otro, y los operativos terminaron siempre con las manos vacías.



MUY DIFÍCIL

El Gobernador acierta al calificar como muy difícil el combate contra la inseguridad y el narcotráfico. Prometió “ponerle el cascabel al gato”, como cuando encabezó el operativo de seguridad del Boca- River, con media policía alrededor de la cancha y arreglos pacificadores con Dios y medio mundo para evitar desmanes que pudieran aguar su fiesta.



Pero está claro que no alcanza con ponerse la gorra antojadizamente, como un fetiche de moda, y eso quedó a la luz cuando un número regular de policías no pudo hacer más que mirar cómo las barras destrozaban las instalaciones del Estadio Centenario y se partían la cabeza a pedradas en el último Sarmiento-For Ever.



A ojo de buen cubero: es muy difícil obtener un resultado distinto con la misma policía, armada de los mismos métodos, matizada con los mismos políticos. Podríamos resignarnos: En todos lados hay buenos y malos; pero sería una exageración. Básicamente, la mitad teme delatar, atormentada por la otra que teme ser delatada.



(*) Periodista. De la Redacción de Primera Línea (No publicado).