Sábado, 17 Marzo, 2012 - 19:54

Análisis periodístico
Boudou, el gran esmerilador
Ante el vendaval, el Gobierno se repliega y pone la "Cristinización" en apuros

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En medio de un efecto dominó que le ha hecho perder la iniciativa, el Gobierno ha decidido cerrarse, caiga quien caiga.

Lo hace internamente a través de la conducción centralizada de una célula minúscula de tres o cuatro personas que lidera la presidenta de la Nación y que reposa en la verdad ineluctable del 54% de las urnas y en la obediencia debida de funcionarios y legisladores y lo ejecuta también en materia de política exterior, donde repercuten muchas de las decisiones que se toman puertas adentro.



Lo que parece estar ocurriendo en lo más alto del poder es la aceptación de que es necesario un cambio, sin que se note que lo realizado hasta aquí no era una tan verdad revelada del progresismo, tal como se pregonó durante ocho años y en todo caso un pasaje necesario hacia la "sintonía fina", para llegar a tiempos mejores de la mano del "trasvasamiento generacional". El proceso se inició hace un año en la cancha de Huracán, cuando ese 11 de marzo la columna vertebral del peronismo viró en la cabeza presidencial del sindicalismo a La Cámpora.



Hoy, es evidente que la "cristinización" del Gobierno está en apuros y no por motivos prácticos, sino ideológicos. No se trata de las dificultades en las que los hacen caer los viejos aliados Hugo Moyano o Alberto Fernández, quienes meten fichas sobre lo que pasaba en tiempos de Néstor Kirchner y lo comparan con lo que sucede actualmente. La cosa es mucho más profunda.



Al tener un concepto tan acotado de la realidad por el lado del pensamiento y una verbalización tan rígida para relatar los hechos, la manera de encarar la cosa durante lo que va del segundo período de CFK se ha convertido en un cepo para las propias autoridades. Cómo combinar, sin negar la realidad, cierta pureza ideológica con la necesidad de mantener el poder en un puño es el dilema que aún no ha podido resolver la Presidenta.



Cada palabra que se dice, cada acción que se ejecuta, desata un proceso de reacciones en cadena que someten al pensamiento oficial a un notorio desgaste estratégico y no parece ser en este caso que, ante la ausencia de una oposición que se haga cargo, la prensa no alineada lo haya puesto precísamente contra la pared.



Es la fricción constante, la que deriva de su propia cerrazón, la que le ha ido sumando cierta saturación a la cúpula y la que ha puesto casi de espaldas al Gobierno en media docena de situaciones, no sólo ante la opinión pública, sino además ante sus propios seguidores.



Cuando se indaga en los porqué, lo más probable es que los gobernantes han tomado conciencia de que la situación económica ha dado un vuelco tal que será muy difícil seguir sosteniendo el modelo de fiesta eterna. Sin caja en pesos ni en dólares, justamente aquello que era marca registrada del espíritu conservador de Néstor Kirchner, el camino se estrecha notablemente. El "ir por todo" actual se asemeja más a los manotazos de un ejército en retirada que a una convicción ideológica.



Con la ambigüedad a cuestas para que se conformen propios y extraños y con el condicionamiento que deriva de la ensalada ideológica y práctica por la que están pasando quienes toman decisiones, lo más notable de lo que sucede a la hora de elegir un camino es que no se miden las consecuencias ni se acepta pensar siquiera que, en muchos casos, un buen Plan B le daría mayores réditos a la Administración que ciertos diseños ideológicos que no resisten a veces ni un mísero tropiezo.



El cuidado de los dólares del comercio exterior que se puso en manos del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, es un ejemplo bien claro de los enredos políticos que luego se precipitan en cascada, a partir de situaciones preexistentes que derivan a su vez de decisiones de política tomadas durante la era K.



La energía es un buen ejemplo. Como en los años del kirchnerismo se pasó de ser exportador a importador de combustibles (el último año U$S 10 mil millones) y se gastó más de la cuenta en esa materia debido a que las políticas de retribución interna no estimularon las inversiones, entonces, para ahorrar dólares, Moreno diseño el cepo cambiario y no sólo le generó problemas prácticos de falta de insumos a la industria exportadora o en relación a alguna cobertura esencial (medicamentos, tecnología), sino que alteró la relación comercial con el mundo y profundizó el aislamiento.



No es ocioso recordar que muchos gobiernos de la región tenían muchas coincidencias con las administraciones Kirchner, Brasil y Uruguay en primer término, aunque ahora los controles del secretario los han sacado de quicio. Otro tanto ocurre con las quejas de Chile, las que se escuchan, pero que no se atienden, quizás por la naturaleza política de su gobierno. Tras el paso de la Presidenta por ese país, se habla de "intolerancia" de la Argentina, más en un tono de lástima que de crítica.



Lo mismo pasa con las protestas de los exitosos Perú y Colombia, quienes junto a México amenazaron ir a la OMC a denunciar las trabas comerciales de la Argentina. Hasta a Paraguay, otro miembro del Mercosur, se le han puesto los pelos de punta.



Ni que decir de Brasil, cuya presidenta, Dilma Rousseff, se ha permitido hacer críticas hacia la situación inflacionaria de la Argentina para desactivar pedidos de recomposición salarial, en declaraciones luego desmentidas para no agrandar el lío diplomático. Las prioridades brasileñas son otras; allí, el crecimiento tiene una base más sustentable que el flan económico argentino y por eso se busca contener la inflación que, con 6,5% en 2011, los ha desencajado. En cambio, la Argentina, con casi tres veces y media más, sólo atina a esconderla. Mientras Brasil fija metas de inflación, la Argentina las ha tirado a la basura.



Mientras se alaba el acercamiento latinoamericanista y la gesta en común de los últimos años, el gen kirchnerista que manda al cerebro las órdenes del "yo siempre tengo razón" los ha alejado de tal manera de todas esas referencias que hasta el presidente del Uruguay, José Mujica, ya no sabe cómo hacer para contener las críticas de los exportadores con su teoría de la buena vecindad y de la necesidad de no alejar a turistas e inversores argentinos. Un izquierdista de pura cepa, queriendo seducir al capital, algo impensado para el modelo K.



Otro de los líos internacionales que se ha comprado el Gobierno es con España, debido a la sucesión de tropiezos que tienen su origen también en la mala política energética de los últimos años, pero además en el permiso gubernamental para girar dividendos en dólares de hasta 90% que consiguió la familia Eskenazi cuando compró, debido a su "experiencia en mercados regulados", la porción minoritaria de YPF que, no obstante, le permitió quedarse con el management.



Esos dólares transferidos al exterior para que los Eskenazi le paguen la compra a Repsol, evidentemente le restaron capacidad de inversión a la compañía, la misma que ahora se le reclama para no quitarle áreas concesionadas por las provincias. El jueves, en un show interprovincial, Santa Cruz y Chubut recuperaron algunas áreas marginales, las que deberán entregar a terceros porque ambas provincias no tienen ni una moneda para encarar la explotación.



La presión gubernamental hará que esta semana haya otros gestos similares, situación que apunta a descapitalizar a la empresa, lo que algunos interpretan como un modo de bajarle el precio para realizar luego una oferta hostil que le permita el Estado nacional llegar a 51% al menos. Desde este punto de vista, el Gobierno está seguro de que no sufrirá daños, ya que al menos dos de cada tres personas, dicen las encuestas, quieren que YPF sea estatal. Mientras tanto, los cambios en la Carta Orgánica del BCRA que serán Ley el jueves próximo, le proporcionarán un colchón extra de dólares y pesos al Tesoro para asumir una eventual compra.



Este avance sobre el sector privado a dos puntas (control de importaciones y salto sobre YPF) le ha dado además esta semana pasto a quienes fugan capitales en nombre de la inseguridad jurídica para que el "contado con liqui" (compra de acciones o bonos en pesos en Buenos Aires y venta en dólares en Nueva York) haya tocado los $ 5.



En cuanto a lo diplomático, España ha hecho saber que defenderá con uñas y dientes a Repsol, empresa emblemática que responde a los intereses de la Corona. Sin embargo, la ensalada mental que invade por estas horas a algunos funcionarios les hizo decir como toda respuesta que Repsol es "solamente" el principal accionista de YPF y que "tiene domicilio y opera" en la Argentina. El autor de tamaña simplificación fue el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, quien en la semana que pasó fue protagonista de otros dos episodios que marcan también el desconcierto que invade al Gobierno.



Si bien De Vido fue parte activa de la primera "pingüinera", la que ayudaba a operar al presidente Kirchner, hoy está raleado del cenáculo decisorio. El miércoles pasado lo mandaron a poner la cara al Senado para hablar del traspaso de los subtes al gobierno porteño y allí, el radical Gerardo Morales lo sacó de quicio con la responsabilidad que le cabe al Gobierno en relación al accidente del tren en Once e hizo explotar al ante las cámaras de televisión.



Lo más notorio, ya que también se vio por TV, fue que el presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales, el kirchnerista Marcelo Fuentes permitió casi con sonrisas y menciones familiares fuera de lugar que Morales vapuleara al ministro. Quizás fueron los nervios que le sumó esa constatación de soledad, de la que lo rescataron piadosamente los senadores Aníbal Fernández y Miguel Pichetto, la que hizo que esa noche fuese sindicado como el autor de los llamados para que el programa de Marcelo Longobardi terminara tan abruptamente cómo terminó.



Este episodio que involucró a un periodista, no fue el único en la semana, ya que la propia Cristina Fernández calificó de "cierto tufillo antisemita" a un artículo de Carlos Pagni en La Nación y de "muy nazi" a otro de Osvaldo Pepe en Clarín, en dos evidentes excesos por querer hacer girar hacia su propio viento la adversa agenda de temas que acosan al Gobierno.



Justamente, esta pérdida de la manija de la instalación de cuestiones es la que tiene a maltraer al núcleo duro del kirchnerismo y en ese punto hay que sumar como al gran esmerilador al vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, quien se multiplica para convencer, aunque no a la opinión pública, sino a los integrantes de su propio gobierno.



El caso Ciccone lo ha dejado solo y hasta lo expuso a silbidos el viernes cuando debió reemplazar a la Presidenta en el discurso central de la conmemoración del XX aniversario de la destrucción de la Embajada de Israel. En realidad, los abucheos dirigidos a él fueron un destrato hacia la investidura Presidencial y habrá que ver cómo cayó el episodio en Olivos.



Al vicepresidente le debe convenir echarle la culpa de todo al CEO de Clarín, Héctor Magnetto, pero bien le convendría mirar a los miembros de su propio gobierno, quienes dicen off the record que le van a soltar la mano en el juzgado y no cesan de criticarlo aun en sus más nimias actitudes, desde la decoración de su despacho, que barrió con parte del patrimonio histórico del Congreso, hasta el modo amateur en que conduce las sesiones en el Senado, sin haberse aprendido aún el Reglamento. "Paz y amor".
Fuente: 
(*) Periodista DyN