Viernes, 16 Marzo, 2012 - 09:20

Correo de nuestros lectores
Todo sigue Igual

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El 15 de marzo, a las 19.10, se “cumplieron” dos años del violento robo y privación de la libertad que sufrimos mi esposo y yo, junto a un proveedor, en nuestro local comercial. Desde entonces mucha agua pasó bajo el puente.

Cada uno toma a su manera una traumática situación como la que vivimos.
Personalmente, hay veces que quiero olvidar aquella experiencia, pero en la mayoría de los casos no lo consigo.



Obviamente, por el trabajo, estamos en contacto con muchas personas cada día, y las acciones de las mismas a veces actúan como disparadores de nuevos temores.



Cuando alguien habla con las voz más elevada de lo normal, me acuerdo de los gritos de los ladrones; cuando una moto pasa por la calle muy rápido y hace mucho ruido el caño de escape, me acuerdo de lo que escuché cuando escapaban; cuando veo la vestimenta de algunos clientes,
similar a la de los delincuentes, o cuando son físicamente parecidos, es un segundo en que pareciera se me detiene el corazón, fluye la adrenalina y mil ideas cruzan mi cabeza. Mil ideas, pero todas marcadas por el temor.



Cada tanto alguien me pregunta qué novedades hay de “mis chorros”; me preguntan si los detuvieron, si recuperamos algo.
Parece increíble,
pero –con el paso del tiempo- se convirtieron en “mis chorros”.
Y aclaro que yo nunca quise tener ‘chorros propios’, pero vienen solos en el marco del ejercicio natural del comercio…



Es cierto que puntualmente tengo que rescatar el accionar de muchas personas. Desde policías, oficiales de justicia, fiscales que demostraron preocupación por nuestro caso. Pero francamente, hoy por hoy, siento que los delincuentes siguen ganando la batalla.



Justamente anoche me tocó presenciar a la distancia el actuar de unos motochorros que robaron la cartera a una mujer. Y no sólo que le robaron, sino que acto seguido pegaron la vuelta tocando bocina, como una expresión de burla hacia la víctima. Otro caso más...



No lo puedo entender. No le encuentro explicación a tan grande impunidad con la que siguen actuando. Y
mi barrio (El Vial) como el que está al lado (300 viviendas), lamentablemente han
vuelto a ser objetos predilectos de la delincuencia en las últimas semanas. ¿Hacen la denuncia? ¿Se callan?
No lo sé. Generalmente me entero al día siguiente, en el mostrador del negocio…



Y escuchando ayer la palabras del juez de la Corte Suprema de la Nación, Eugenio Zaffaroni, cuando dice que el Poder Judicial no está para prevenir, sino para actuar sobre los hechos consumados; y cuando escucho a los Jefes Policiales que dicen que, en comparación con otros países, la tasa promedio de delitos es más baja en nuestro país; cuando me cuentan que las Autoridades Penitenciarias se ven sobrepasadas por la alta población carcelaria y cuando los Legisladores me dicen que no se necesitan penas más duras para los criminales sino que hay que aplicar las actuales correctamente; cuando escucho estas cosas, no puedo menos que preguntarme ¿Quién, finalmente, tiene entonces que ocuparse de que los delincuentes no roben, maten, ni violen? ¿Será que los ciudadanos debemos encargarnos de nuestra propia seguridad?.




Obviamente no es lo que corresponde. Nadie puede hacer justicia por mano propia.
Pero es un hecho que
muchas familias hoy tienen un arma en su casa; igual que los
remiseros, camioneros, repartidores, automovilistas y gente que vuelve al atardecer en moto o bicicleta de su trabajo.



Más allá de la bronca y la impotencia del momento que conlleva un hecho de esta naturaleza, no creo que debamos acostumbrarnos a estas experiencias. Y el poder político tiene su cuota de responsabilidad.



En mi caso, estar atada con alambre y tirada en el piso, como me tocó en aquel robo, y ver golpeado y sangrando a mi esposo y a un proveedor, y tener que esperar que finalmente “sólo nos roben” y nos hagan nada más. Esperar que no estuvieran drogados ni nerviosos. Esperar, simplemente, que se vayan… esos minutos, ese anhelo de que todo acabe lo más rápido posible, ese enjambre de sentimientos y hechos… todo eso, no creo que esa sea la mejor de las esperanzas que debamos cultivar.



(*) [email protected]