Domingo, 11 Marzo, 2012 - 09:37

La fuerza de ellos

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¿Cómo se hace con todo eso? Hace años, ante cada una de estas tragedias, tan vinculadas al poder de turno, cuando los veo entrar por primera vez a un set de televisión o me acerco para hacer una nota o los veo en una marcha, me pregunto lo mismo. ¿Cómo se hace con todo esto? ¿Cómo se reconstruyen, lloran, pelean, trabajan, educan, gritan, ellos, los familiares?

Uno de los rasgos más crueles de la muerte es que sólo es muerte cuando es nuestra, cuando es cercana, cuando es inevitable. Los muertos son distintos. Es ridículo decirlo así, pero no hay otra manera. Son distintos entre sí. Y entonces generan reacciones diferentes. En este momento, por ejemplo, muere gente que usted no conoce y la vida sigue, como si nada. En cambio, cuando el que muere es alguien muy cercano, la vida para. Da un frenazo. Y uno se queda perplejo, desorientado, a la intemperie.



Todo para en realidad.



Y a uno la da ganas de que el mundo entero se solidarice. Da bronca que la vida, para los demás, los que no sufren, los que no sienten, siga. Parecen autómatas los otros, que siguen como si nada, cuando a mí se me murió alguien a quien tanto amaba. Hay muertos de izquierda, de derecha, pobres, ricos, católicos, judíos. Y así vamos: velamos a los nuestros y, muchas veces, cuando se trata de los otros, la vida sigue como si nada.



No hay nada de malo en ello.



O sí.



O vaya a saber.



Pero es como es. Sólo sufren algunos, aquellos a los que les ha tocado en suerte.



Estas reacciones, tan humanas, que nos definen tanto, tienen su correlato político. No toda víctima de una tragedia siente cercanía con las víctimas de otra. En general, son grupos que deambulan, cada cual, con su propia lógica. Las víctimas de la dictadura militar, las de Cromañón, las de la AMIA, las de Lapa, y ahora, las de Once, andan cada uno pidiendo justicia para los suyos, en círculos que rara vez se tocan. Alguna vez, incluso, se han enfrentado, como en el caso de algunos dirigentes de derechos humanos con la gente de Cromañón.



No importa si es triste que sea así: no hay remedio. La situación de una víctima, de un pariente de una víctima, de un hecho como los que cíclicamente vivimos en la Argentina, es desesperante. A los pocos días tiene que volver a su vida. A trabajar, a cuidar de sus otros hijos. Pero a eso le tiene que agregar el comienzo de una larga batalla por la justicia. Y reuniones con abogados. Y las sospechas de manipulación política. Y las primeras marchas con fotos. Y la incredulidad de estar viviendo algo que, uno pensaba, le pasaba a otra gente. Y la bronca porque los demás no son tan solidarios como uno espera. Y el dolor, el tremendo dolor, el vacío que dejó el que murió de una manera tan absurda y humillante. ¿Cómo se hace con todo eso? ¿Cómo se reconstruyen, lloran, pelean, trabajan, educan, gritan?



Hace rato que lo veo: hay muertos y muertos. Algunos son heroicos, otros molestos, otros cambian con el tiempo. Así de locos somos. Hay muertos que merecen puentes, rutas, escuelas, monumentos, estaciones de trenes, estadios, comedores, banderas, homenajes, mausoleos. Y otros que no. Ni nombre tienen. Hay muertos que refuerzan nuestra identidad. Son nuestros mártires, los que nos marcan el camino. Y otros que la debilitan. Son los mártires de otros. Mejor no hablar. No mostrarlos.



En estos días, que son días tristes, recordé mucho, por ejemplo, lo que pasó después de la tragedia de Cromañón. Para un sector social y político, que tenía un largo recorrido en el reclamo de juicio y castigo a los culpables de otras muertes, Cromañón fue un problema porque eran muertos raros. Eran en su mayoría pobres, del conurbano. No eran militantes. Y, lo peor de todos, que no interpelaban al esquema de poder construido por la “derecha” –a Videla, a Menem, a Macri– sino a “uno de los nuestros”: le reclamaban justicia a un jefe de gobierno que había sido militante de derechos humanos. Para el progresismo, los familiares de Cromañón, sus muertos, eran un desafío brutal y eso produjo una división que, a mi entender, sería la primera de estos tiempos tan raros. En las marchas donde se pedía justicia había pocos artistas, pocos dirigentes de derechos humanos, pocos intelectuales. Eran muertos de otros. Se lo veía perdido a Luis Zamora. En silencio, entre la gente, a Claudio Lozano. Algunas banderas rojas. Y nada más. En ese tiempo, se empezó a poner de moda hablar de golpe de Estado. Lo que tramaban era un golpe de Estado. Hubo actos para apoyar al jefe de gobierno. Solicitadas firmadas en su defensa. Una vez le pregunté, por radio, a un amigo que estaba entre los firmantes, qué hubiera hecho si Cromañón le pasaba a Macri. “Seguramente hubiera marchado con los familiares pidiendo justicia”, me respondió. “Si le hubiera pasado a Macri” pasó a ser una guía acerca de cómo reaccionar en otros casos.



Hay muertos que generan solidaridad de acuerdo a quién interpelen.



Y otros que no.



Por supuesto que muchas personas reaccionaron de otro modo. A los familiares se los acompaña, no importa quién esté en el poder. La muerte no está para ser usada según a quién interpele. No hay muertos que merezcan monumentos y muertos que merezcan el olvido.



Ahora pasa lo mismo. La tragedia de Once interpela, sin ninguna duda, al esquema de poder construido durante el kirchnerismo. No es una herencia, algo que faltó hacer, un descuido. Hay mucho dinero y negocios dando vueltas, hubo muchas advertencias –más que nunca–, y demasiada cercanía personal entre altísimos funcionarios del proyecto K y la empresa proveedora del servicio. La semana pasada, la Presidenta habló de cuervos que usan la muerte. Y gran parte del aparato reaccionó como era de esperar: carroñeros, usan la muerte, acusaron. Después, en el Congreso, fue más precisa: “No se puede usar la muerte para hacer oposición”. Martín Caparrós twiteó de inmediato: “O sea que sólo sirve para hacer oficialismo”.



Acompañar a los familiares es simple. No significa estar de acuerdo en todo: eso además sería imposible, porque incluso entre ellos habrá posiciones distintas... Pero implica ofrecer un micrófono cuando lo necesiten. Una compañía cuando llaman a una marcha. Una defensa cuando alguien quiere estigmatizarlos porque se excedieron, una vez más, en la manifestación de su dolor. Mirar, cada tanto, la realidad, con los ojos de ellos. No con los de quienes pretenden que ellos dañen al Gobierno, o con los de quienes están pensando cómo esconderlos bajo la alfombra lo más rápido posible. No importa a quién beneficien, a quién perjudiquen, o si su mensaje coincide con el que queremos dar nosotros.



Es muy triste lo que pasó: el poder arrasando una vez más con la vida de cientos de personas.



Y allá van Ellos, aprendiendo a pelear y a reconstruirse. Una vez más, Ellos, enseñándonos cómo hacer para que esto no se repita nunca más. Interpelándonos a todos con su sola presencia. Ellos, que somos nosotros, aunque no nos demos cuenta y pensemos que son Ellos. ¿Cómo habrán hecho Ellos tantas veces para reconstruirse y enseñarnos tanto? ¿De dónde sacarán la fuerza, la fuerza de Ellos?
Fuente: 
InfoNews.