Domingo, 11 Marzo, 2012 - 09:29

La simplificación mediática y el discurso presidencial

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En El ojo absoluto, Gérard Wajman recorre con indisimulada obsesividad el proceso de ampliación de lo que él denomina la época de la imagen como un estadio de la sociedad en el que la palabra ha sido definitivamente desplazada por una mirada omniabarcativa.



 



“En esta época, las imágenes son las fábricas de lo real” (Gérard Wajman).




“Nos miran. Es un rasgo de esta época. El rasgo. Somos mirados todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras. No, como antaño, por Dios en la cumbre del cielo o, como mañana, por monigotes verdes desde las estrellas; nos miran aquí y ahora, hay ojos por todos lados, de todo tipo, extensiones maquínicas del ojo, prótesis de la mirada. Y en definitiva, siempre hay en algún lado alguien que supuestamente ve lo que ven esos ojos” (G. Wajman). Nada parece quedar fuera de la visión panóptica, todo busca ser absorbido por la infinita proliferación de cámaras-ojos, desde el complejo satélite que orbita el planeta y es capaz de revelar el mapa terrestre en sus más insignificantes detalles hasta la cámara de la propia computadora que estamos utilizando y que nos mira mientras la miramos. Perspectiva algo paranoica que, sin embargo, nos muestra de qué manera se va produciendo el sistemático desplazamiento de la palabra por la imagen, un desplazamiento que tiene vastas consecuencias allí donde aspira a la transparencia absoluta, a ese ojo universal que todo lo ve y todo lo muestra eliminando la opacidad y la ambigüedad para darle forma a la utopía de una sociedad en la que nada permanece secreto ni sin ser observado. Utopía de la simplicidad radical en la que sobran las palabras que hacen discurso y que se detienen en la complejidad de la existencia y de la trama vital y abigarrada de cualquier sociedad. Sujetos cansados de pensar por sí mismos son conquistados por la ilusión de máquinas visuales que trabajan con lo inmediato y en tiempo real sin dobleces ni sombras que oculten lo que acontece. El efecto es inmenso y brutal. Quizás estemos atravesando el último recodo de una cultura en la que la argumentación, la escritura que se interna por pasadizos complejos y la exigencia que surge de descripciones que no renuncian a ofrecer perspectivas en las que palabra, imagen, escritura e intervención discursiva constituyen no sólo un modo indispensable de dar cuenta de lo real eludiendo la simplificación banal sino que apelan a la inteligencia crítica de un sujeto capaz, todavía, de interactuar con esa lógica de la argumentación. Cuando sólo queda la imagen en bruto ya poco y nada queda para decir y para hacer. Queda la pasividad de individuos masificados y anestesiados. Tal vez esa sea la panacea del capital-liberalismo: una sociedad sin conflictos, sin pliegues, sin divergencias, sin argumentaciones, sin palabras capaces de subvertir la hegemonía absoluta del mercado global que se recuesta, como resulta cada vez más evidente, en la imagen global.



Nada más antagónico a este clima de época capturado por la fantasía cada vez más realista del “ojo absoluto” que ejercer el acto anacrónico de ofrecerle a la sociedad un discurso extenso, surcado de cifras y atravesado por sutilezas conceptuales que apelan a la atención del ciudadano y que convocan a una complicidad compartida a la hora de eludir la tentación de lo fácil e impactante. Cuando escribí, en este mismo espacio, y en más de una oportunidad, destacando la reconstrucción del lenguaje político y de su capacidad para interpelar con nueva potencia a una sociedad fuertemente despolitizada, lo hacía pensando en el giro que la irrupción, en gran medida inesperada y fortuita, del kirchnerismo provocó en un país que había visto de qué manera se vaciaba la política, se reducía a polvo cualquier argumentación crítica y se amplificaba, como nunca antes, la banalización de absolutamente todo apuntalada por la espectacularización mediática. La contracara de ese reduccionismo pueril que subestima al público ofreciéndole una papilla de fácil y rápida digestión, es el discurso de Cristina Fernández, un discurso capaz de entrelazar los datos duros de la macro o la microeconomía con la descripción histórica, el giro irónico que desnuda ciertas actitudes de algunos políticos opositores junto con una aguda reflexión sobre la compleja trama del escenario mundial y de los desafíos con los que se enfrenta el país. Un discurso que recupera el aliento de una narración interpeladora que sabe reconocer que siempre hay un otro al que es indispensable respetar en su inteligencia.



¿Qué se le pide a un discurso presidencial en el que se pasa revista al estado de la Nación? Esbozo esta pregunta que puede parecer simple e ingenua pero que, si observamos lo que suscitó la última pieza oratoria de CFK, nos ofrece un panorama más que significativo de las profundas y esenciales diferencias que existen, hoy, entre quien toma la palabra para realizar una minuciosa descripción del camino seguido por el país en estos complejos y decisivos años que se inauguraron en el 2003, y aquellos otros que parecen carecer de toda perspectiva histórica e, incluso, de memoria a la hora de responder monosilábicamente ante una larga y concienzuda reflexión y enumeración de lo mucho que ha cambiado la Argentina. Hay respuestas que, por más lacónicas que sean, constituyen lo no dicho de una visión del país.



La tapa que le dedica Clarín el viernes siguiente es antológica y reduce más de tres horas de discurso (en las que se recorrió las diversas tramas de la vida económica, la cuestión social analizada a través de índices insospechados de parcialidad hacia el Gobierno y que muestran un claro descenso de la pobreza y la indigencia, la educación y los cambios estructurales que en esa esfera fundamental se han producido, la sustitución de importaciones en medio de una gravísima crisis económica de los países europeos, la política de derechos humanos, la reivindicación de la soberanía sobre las Islas Malvinas, la compleja trama de las políticas e inversiones energéticas y mineras, la acuciante problemática de los ferrocarriles, el anuncio de la reforma y unificación de los códigos civil y comercial, el envío de un proyecto de ley para la reforma de la carta orgánica del Banco Central, la eliminación definitiva de la convertibilidad, etc.) a la decisión, absolutamente menor, de reintegrar por un mes la Policía Federal a la seguridad de los subterráneos. La intención, como es obvio, fue reducir la complejidad y espesura de la intervención presidencial a una mínima expresión que, además, demostraría la razón que le cabe a Macri quien, para el grupo monopólico, constituye la última esperanza blanca ante el sistemático avance del proyecto kirchnerista. No importa si Macri actuó con total irresponsabilidad, tampoco importa, para quienes suelen enarbolar la bandera de la seriedad institucional y la necesidad de respetar los contratos –aunque ellos los rompan cuando les da la gana y de acuerdo a sus intereses– que el niño bien que dice gobernar la ciudad haya roto, vía una conferencia de prensa –de las que tanto les gusta a la corporación mediática– con lo firmado apenas semanas atrás y después, por supuesto, de haber aumentado exorbitantemente las tarifas para beneficiar al grupo concesionario. No importa nada de eso. A Clarín lo único que le interesa es transmitirles a sus lectores que todo el discurso presidencial se redujo apenas a una cuestión significativa, pero absolutamente menor en términos de un proyecto unificado de país, para la vida cotidiana de los porteños. El resto fue cháchara, relato “autoelogioso” e inclinación, peligrosa, hacia la modalidad chavista de discursos interminables en los que nada significativo sucede salvo la ampliación, como dirían algunos escribas de la oposición, de la voluntad de impostura y ficción que atraviesa el discurso oficial. Cada día que pasa el diario del clarinete se supera a sí mismo. Su objetivo principal es ofrecer la imagen de un país en estado de catástrofe permanente. Esa es su estrategia destituyente actual después de encontrarse con el 54% de los votos.



La Nación, más seria a la hora de destacar aquello de lo dicho que afecta sus intereses y su núcleo ideológico neoliberal, remarcó que lo principal de la intervención de CFK fue el anuncio, para ellos preocupante, de elevar un proyecto de ley que reforme la carta orgánica del Banco Central y que tiene como principal objetivo disponer a discreción de las reservas para seguir “financiando los gastos exuberantes del Estado mientras el modelo choca contra sus propios límites”. Ese es el corazón, así lo piensa el diario fundado por Mitre, del avance populista sobre las instituciones de la República (estoy esperando la crítica que ciertos intelectuales que se dicen “progresistas” harán de esta decisión fundamental que, como otras tomadas en el pasado, señalan con claridad el rumbo de un gobierno que busca desarmar, una tras otra, las trampas y las bombas de tiempo dejadas por el neoliberalismo). La Nación, a diferencia del simplismo conceptualmente paupérrimo de su socio mediático, no confunde el árbol con el bosque y, con los tapones de punta, sale a denunciar la intención que se guarda detrás de una ley que, eso lo ha dicho la Presidenta, habilitará al Banco Central para ponerse al servicio de los intereses del país, que son los de las mayorías populares, y no continuar atado a intereses del capitalismo especulativo financiero (nunca hay que perder de vista que la última reforma de la carta orgánica se hizo durante la convertibilidad, otra de las rémoras que fue liquidada el jueves pasado, y tenía como objetivo excluyente atar a la economía argentina a la lógica de la valorización financiera que nos condujo a la peor catástrofe social de nuestra historia y hacia un proceso de desindustrialización, que si bien fue iniciado por la dictadura a través de su ministro Martínez de Hoz, encontró en Cavallo y en su modelo el punto de mayor condensación).



La Nación, y los sectores corporativos a los que representa ideológicamente, saben lo que está en juego cuando se toma una decisión trascendental como la que anunció Cristina en un discurso que, para algunos, careció de interés o fue más de lo mismo (¿por qué algunos opositores progresistas, economistas y dirigentes sindicales otrora combativos, silencian la importancia de este proyecto de ley –diseñado concienzudamente por Mercedes Marcó del Pont y bajo directivas presidenciales– y continúan con su inacabable “denuncia” de la impostura presidencial? ¿Qué intereses defienden cuando, y más allá de declararse representantes populares, han actuado a contramano en momentos históricamente decisivos? Recuerde el lector el voto de Claudio Lozano durante el conflicto por la 125, la mezquindad de Pino Solanas cuando se votó la ley de servicios audiovisuales y la permanente beligerancia de Víctor De Gennaro contra un gobierno que ha hecho muchas de las cosas que le dieron sentido al nacimiento y al despliegue de la CTA durante la larga marcha de los noventa neoliberales. De los otros opositores –radicales, macristas, duhaldistas, carrioristas, etc.– no esperábamos otra cosa que lo que siguen haciendo en defensa de los intereses del establishment).



Si algo ha quedado claro, y esto más allá de las operaciones mediáticas que buscan minimizar lo que viene sucediendo en el país, es que la palabra “política” encuentra su lugar de reconstrucción y revalorización en quien hoy ejerce la primera magistratura. El discurso del 1 de marzo constituyó, una vez más, la evidencia de esta apuesta, a contramano de la lógica dominante y de los deseos del poder corporativo, por la política como herramienta transformadora y de la democracia como escenario fundamental de ese litigio, todavía no resuelto, por la igualdad. Un discurso maduro, conceptualmente implacable, exigente para quien lo escuchó, equilibrado entre las cifras que apoyan lo realizado y la explicación del rumbo que, en el comienzo mismo, definió el corazón de lo dicho: es tiempo de cambiar allí donde sea necesario pero manteniendo el sentido, los objetivos y el rumbo del proyecto iniciado por Néstor Kirchner en mayo de 2003. Entre la fidelidad a las convicciones de origen y la invención imprescindible para hacerles frente a las exigencias de una época compleja se movió, una vez más, el discurso de Cristina.



No se trata de desconocer o de negar la importancia de una cultura de la imagen, tampoco es cuestión de vivir en una burbuja anacrónica que nos proteja de las mutaciones del mundo real. Se trata, antes bien, de cuestionar aquello que pareció dominar la época: la declaración festiva del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Y eso significa reapropiarse de la lengua política, volver a otorgarle significación y espesura como núcleo indispensable de un proyecto que busca, con un aliento que sabe de dificultades y contradicciones, primero reparar el profundo daño causado por el neoliberalismo en la vida social y, segundo, impulsar la potencialidad de un nuevo sujeto capaz de apropiarse de la política como instrumento de transformación. El kirchnerismo, a su manera en ocasiones disruptiva y desprolija, aprendiendo de los propios errores pero afirmado en sus convicciones, no ha venido a hacer otra cosa que a repolitizar la realidad reconstruyendo la opción por un país más justo e igualitario.