Miércoles, 29 Febrero, 2012 - 19:03

Correo de nuestros lectores
Perdón Lucas, son viles, bajos, bastardos y canallas (*)

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El dolor de tu madre y el de tu familia, supieron expresar con mucha claridad, en estas calificaciones, lo que siente una nación indignada y dolida.

Vos Lucas tuviste el martirio de una muerte injusta e indignante, al igual que todos los muertos de esta terrible tragedia, que podría haberse evitado. Una tragedia compartida con otras 50 víctimas fatales y sus respectivas familias, amigos y conocidos. Pero pese a la tragedia que te tocó, tuviste el orgullo de tener una familia que, sobreponiéndose al dolor, tiene la capacidad de exigir justicia, de defenderte y decir que vos no sos culpable de tu muerte, como tampoco lo son los miles y miles de usuarios de ferrocarriles que cada día viajan colgados de los trenes en lugares que, por supuesto, no están habilitados para viajar. Lo hacen porque no les queda más remedio, no por elección. Los transportes de animales son más seguros que los que transportan gente. Hoy parece que nadie lo vio, que nadie estaba enterado.



Hoy nos piden que no hagamos una cuestión política de una tragedia tan terrible. Es imposible no hacer de la corrupción y del “no me importa” una cuestión política.



Yo mismo, Lucas, que tengo un nieto con tu nombre y con tu edad, pese a no haber sido jamás candidato a nada, ni deberle favores políticos a nadie, me considero un hombre político, con una pertenencia partidaria que siempre he expresado con orgullo.



Y es precisamente como abuelo de otro Lucas y por esa pertenencia partidaria y radical, que siento, como muchos otros, la necesidad de pedirte perdón, si no lo hiciera no podría seguir llevando estas cosas con orgullo.



Necesito pedirte perdón a vos, a todos los muertos, a vuestros seres queridos, necesito pedirle perdón a los heridos y a todos aquellos que padecieron horas innecesarias de angustias terribles, necesito pedirle perdón a todos aquellos que cada día arriesgan sus vidas yendo a trabajar, a estudiar, a hacer un trámite, o simplemente porque creyeron que el servicio, que el Estado debía garantizarles, era seguro.



Hoy, como hombre político, como hombre del radicalismo, necesito pedirte perdón. Tal vez otros, de otras pertenencias, también sientan la misma necesidad. Deberían sentirla.



Con la dirigencia de un radicalismo que, en vez de denunciarla, no ha sabido, no ha querido, o ha preferido actuar como cómplice de una democracia con características conservadoras, prebendarias, corruptas, acomodaticias, soberbias y fraudulentas, en la que el pueblo continúa siendo un convidado de piedra, para quedarse con las migajas que reparte. Lo mismo han hecho otras dirigencias. No sirve el que hoy levanten dedos acusadores.



Una democracia que se disfraza de populismo, mientras en su seno lo que resaltan son los privilegios y las corrupciones. Una democracia que excluye en la práctica a toda opinión personal, mucho más si es divergente. Una democracia que ya ni siquiera cuida los aspectos formales que deberían darle sustento.



Una democracia que, sin alternativas a la vista, se está convirtiendo en algo muy parecido a las dictaduras, y en nombre de derechos humanos, se violan otros derechos humanos fundamentales. Una democracia donde en nombre del progreso y de la igualdad, se termina condenando a millones de argentinos a estar cada día peor, pese al crecimiento económico, que ha sido desperdiciado, beneficiando sólo a unos pocos.



Una democracia donde esos privilegios se transforman en absoluta deshumanización, donde la obra y los servicios públicos no son para ayudar a la gente, sino para hacer negocios sucios, que terminan costando vidas humanas, cuyo valor no es tenido en cuenta.



Una deshumanización que hemos visto horrorizados, en este terrible y criminal suceso ferroviario que te costó la vida, Lucas, que hemos presenciado con dolor y estupor. No sólo fue producto de la corrupción. Sabiendo que esa corrupción era la verdadera causante, podrían haberse ocupado al menos de que miles de personas desesperadas, en busca de sus familiares, no tuvieran que hacer un durísimo peregrinaje por hospitales y morgues, buscando a sus seres queridos. La familia de Lucas Menghini Rey le puso algunos nombres y justos calificativos. La ministro Garré debería haber renunciado por vergüenza, y permanecer escondida durante años.



Hebe de Bonafini trató de “pelotudo” a Schiavi por sus declaraciones, eso es ser demasiado gentil o condescendiente. Ese término se usa para nombrar a los inútiles o a los tontos, no es este el caso. Si esta tragedia hubiera ocurrido el día anterior, tal vez hubiera habido menos muertes, si hubiera ocurrido el día después, o cualquier otro de los días que vengan, mientras no se solucione la corrupción y el desinterés en la gente, seguramente podrán haber menos, igual o enorme cantidad de muertos más. Todas estas muertes, todo este dolor podrían haber sido evitados si no se hubieran cajoneado las denuncias y se hubiera optado por la corrupción. Muchos hoy, además de corruptos, son criminales.



Una corrupción que no es producto de algunos vivos que aprovechan la oportunidad, como algunos piensan. Es una corrupción que lleva al pueblo a sufrir innecesariamente, es una corrupción que mata, a la que no debemos acostumbrarnos, a la que no debemos tolerar.



Es una corrupción que no podría existir, al menos en estos niveles, si no hubiera un enorme grado de acostumbramiento, de complicidades o de condescendencia de todo un espectro político que sólo piensa en sus propios bienestares. También el de una sociedad que se ha acostumbrado a tomarla como algo normal, sin percibir que es esa corrupción la misma que le niega seguridad, trabajo, educación, justicia y la posibilidad de sentir esperanzas.



Es una corrupción que tampoco podría existir, si no fuera por la existencia de jueces miedosos, o simplemente venales y también corruptos, que se arrodillan ante el poder y jamás condenan los hechos de corrupción.



Por esas cosas necesito pedirte perdón. Por esas cosas necesito que tu muerte y todas las muertes, no queden solamente en un llanto, ni en un merecido pedido de perdón. Necesito hacerlo en mi nombre, pero también en nombre de muchos desvergonzados que se hacen los desentendidos. Tu muerte, y todas las muertes innecesarias y evitables, deben ser el estandarte que guíe nuestros reclamos de justicia y de cambio de un sistema absolutamente criminal, tramposo y perverso al que necesariamente debemos transformar.



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