Domingo, 26 Febrero, 2012 - 19:09

Correo de nuestros lectores
Es necesario refundar Sáenz Peña

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Próximos a que nuestra ciudad cumpla los tan anhelados 100 años es necesario que hagamos algunas reflexiones al respecto. Lo hecho por los pioneros y fundadores ha sido enormemente meritorio y se condice con el justo homenaje que se avecina.

Dice Dios: “Si me obedecen serán benditos en la ciudad y benditos en el campo” (Deut 28:3).



Muchos son los calificativos con los que podemos elogiar a los que con abnegación y denodada labor hicieron de La termal, el gran centro urbanístico que hoy apreciamos. Sin embargo creo que resaltan dos virtudes por sobre las demás y son el esfuerzo y la esperanza. La primera los llevó a sobreponerse a toda clase de adversidades, a trabajar incansablemente para sostener a sus familias en pos de lograr satisfacer justamente a la segunda: la esperanza de un futuro mejor del que escaparon del otro lado del mar.



Los inmigrantes no sólo trajeron sus familias a radicarse por estos lares, trajeron sus sueños y su fe dentro del equipaje y muchos gringos empezaron a ver la necesidad de seguir adorando al Dios de la Biblia, algo desconocido por los aborígenes y para los criollos supuestamente evangelizados por el catolicismo pero que desconocían lo que las Sagradas Escrituras contenían, ya que estaban en su mayoría escritas en latín.



De este modo es que comenzaron a congregarse más por nacionalismo que por doctrina y
esto dio origen a iglesias como las eslavas, checas, búlgaras, motes que las identifican hasta hoy. Por citar un dato, en la zona de Bajo Hondo en el lote de la familia Cicka
a mediados de la década del 20 comenzaron a reunirse a alabar el nombre del Señor, para formar años más tarde a la Iglesia Cristiana Evangélica de la calle Laprida; pastoreada en la actualidad por Carlos Cernik, descendiente de iniciadores de la obra.



También en la zona de La Cuchilla empezaron a surgir los movimientos pentecostales búlgaros que dieron lugar más tarde a que se forme por la década del 40 la Asociación Iglesia de Dios con el trabajo de hombres como Robeff y Stefanoff. Asimismo y con una gran incidencia de la familia Khon en su construcción, se fundó a mediados de los años 30 la primera Iglesia Evangélica Bautista, pionera en la ciudad.



Lo cierto es que tales familias no se propusieron compartir su fe con otros, sencillamente porque su tarea no había sido la de evangelizar, sino la de mantenerla en medio de la dura tarea cotidiana. Asimismo, por cuestiones culturales de la época tampoco había mucha afinidad entre gringos y criollos, por lo que era bien notoria las diferencias entre ambos sectores, aún muchos niños fueron discriminados en los colegios por pertenecer al credo evangélico.



No fue sino hasta la década del 50 cuando llegó una profesora evangélica de origen “chorni” y esposa de una gerente comercial, llamada Soledad Puerta la que empezó a invitar a quien se le acercara a conocer al Cristo vivo, que no era una religión, sino un estilo de vida. Posteriormente, fueron muchos las que llegaron con un espíritu misionero a plantar iglesias en distintos puntos de la ciudad y del campo.



Pero por otra parte también estaban los que aducían que mediante los buenos valores y la solidaridad, sustentada por los “masones” podría lograrse una sociedad mejor. Claro que en este sentido, la gran mayoría desconocía las bases ocultistas de estas logias, pregonadas por los padres de la patria como San martín, Belgrano, Sarmiento, Mitre y el mismo Roque Sáenz Peña por nombrar algunos. Esta vertiente de práctica y pensamiento ocupó desde siempre estratos importantes de poder, basado en ciencias ocultas que terminaron sumergiendo a la Argentina en miseria moral, institucional, familiar y económica de las que sufrimos las consecuencias, todos los días.



En medio de estos polos se encuentra un tercer sector de la sociedad, aquella que vive una mera religión tradicional sin entender lo importante de una vida espiritual basada en una auténtica fe en Dios, pero que lamentablemente abarca a la gran mayoría.



El esfuerzo y el tesón de las familias ha traído
progreso y bienestar
a una ciudad que todavía lucha por encontrar su verdadera identidad, pero por otra parte existe un marcado deterioro en cuanto a los valores, la familia y por sobre todo en una falta de búsqueda genuina del conocimiento del amor de Dios. Nuestro Creador desea fervientemente involucrarse en todas las áreas de nuestras vidas para bendecirnos y demostrarnos que de su mano podemos alcanzar la completa paz para nuestras almas.



Por eso es preciso refundar Sáenz peña, imitando el tesón de los pioneros, recogiendo la fe en Dios de quienes trajeron las Buenas Noticias en los albores de la misma. Entender que Dios es la solución para todos y cada uno de nuestros problemas es el principal cimiento para una sociedad mejor.