Domingo, 26 Febrero, 2012 - 07:52

Nacionalismo

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Cincuenta muertos obligaron a cancelar el corso de Carnaval. Nada simboliza mejor el predicamento argentino. Volvían a cerrar el país por vacaciones para armar unos nuevos festejos motorizados con dinero del pueblo, pero justo aconteció lo que elocuentemente fue descripto como tragedia.



Nunca palabra más pertinente: las tragedias se anuncian porque relatan un significado inexorable: deben terminar de manera sangrienta y fatal.



Mientras una parte del país se entretiene barajando eventuales responsables (los Cirigliano, TBA, De Vido, Schiavi, el conductor del tren), se escurre de las manos la adecuada caracterización de lo sucedido. Sin diagnóstico adecuado, se reitera el circuito infernal. Desde 2002 la Argentina resolvió ignorar la realidad y convertir sus deseos en hechos. Viajaríamos barato, pagaríamos muy poco por luz y gas, y el agua sería gratuita. Habría milanesas para todos, fútbol para todos, TV digital para todos y también, por qué no, carreras de autos para todos. La ideología del paratodismo devino catecismo oficial: todos tienen derecho a todo y los costos no existen, los precios son un invento de malvados, las tarifas se resuelven en un escritorio y la vida se formatea a gusto de quien manda.



Según Diego Cabot, solo en enero de este año Trenes de Buenos Aires recibió un cheque por 76,9 millones de pesos para soportar la operación, pero que entre todos los trenes metropolitanos se llevaron 270 millones de pesos, mientras que en 2003, cuando Néstor Kirchner asumió el poder, el promedio mensual de subsidios al transporte ferroviario era de 14,7 millones de pesos (La Nación, 23/2). Revela Antonio Rossi que en enero último, TBA vendió boletos en las líneas Mitre y Sarmiento por sólo 12,7 millones de pesos, mientras que el Estado le aportó ese mismo mes 76,7 millones (Clarín, 23/2). Este es el corazón del “modelo”, engaño serial, estafa sistémica. Nadie paga por las cosas lo que éstas cuestan, sino que la diferencia entre costos verídicos y precios oficiales es compensada por el Leviatán estatal, cuyos recursos se derivan de lo producido por el sector privado. En 2010, TBA recibió $ 37 millones mensuales de subsidios por las dos líneas. De ese monto sólo destinó $ 662 mil para tareas de mantenimiento, la mitad de lo que gastaba en mantener formaciones, vías, barreras y señales en 2000. Nacionalismo de papel maché: el camino más corto es el camino más largo, y –además– el más doloroso.



La dupla paradojal carnaval/tragedia dice casi todo y habilita los mayores disparates, porque, como dictamina el secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, un accidente con cincuenta muertos no habría sucedido si el tren se hubiera llevado puesto el andén un día feriado. Es difícil toparse con un enunciado más cínico e imbécil. Hasta Hebe de Bonafini, que el 11 de septiembre de 2001 se congratulaba de los 3 mil muertos de las Torres Gemelas, definió a Schiavi como “un pelotudo”.



Pero Schiavi no es eso. No es un pelotudo, no precisamente. Gestiona un sistema de tres metropolitanos que en 2011 succionó más de 3 mil millones de pesos, con la tarifa congelada. ¿Cómo no van a chocar los trenes con las estaciones? La ideología del subsidio-para-todos fue tan perversa, ineficaz y políticamente castrada que torna imposible defenderla en el plano político. Desarmar una maraña tan espesa e irracional es, ya, un objetivo explosivo.



En esencia, el gobierno que asumió en mayo de 2003 y se acerca a los nueve años ininterrumpidos de gestión, gastó ingentes recursos para ejecutar un populismo demagógico de la peor estirpe. Una estratagema de ese talante hasta hubiera sido (teóricamente) defendible si ese Estado que este gobierno asegura haber puesto de pie, se hubiera encargado de cumplimentar sus dos deberes centrales. El primero es controlar férreamente la gestión cotidiana del servicio, su seguridad, su confort y su puntualidad. Y el segundo es efectivizar inversiones y planes de desarrollo (soterramiento, nuevo material rodante, renovación de vías) que habrían permitido que en estos nueve años la situación hubiera mejorado sustancialmente.



Como en tantas otras cosas, el kirchnerismo procedió en cambio desde el oportunismo (tarifas bajas) y desde la irresponsabilidad. Como no podía ser de otra manera, cuando los andenes chocan contra los trenes es porque algo intrínsecamente dañino o incompetente (que son casi lo mismo) está siendo perpetrado por seres humanos de carne y hueso.



Estas son las derivas inevitables de un uso negligente y siniestro de la agitación “nacionalista”, dispositivo particularmente bochornoso cuando se pretende esconder la fehaciente incuria cotidiana en la tarea de proteger al pueblo y a los bienes de la sociedad, maquillándose con cruzadas irredentistas empapadas de reclamos territoriales. ¿Puede acaso la Argentina pretender la irrelevante “recuperación” de las Malvinas cuando su incompetencia, negligencia e irracionalidad en la concreta cotidianidad de la vida de la gente provocan este estado de vulnerabilidad con resultados tan truculentos?



A diferencia del tsunami japonés o del sismo chileno, lo que pasó en Once es una tragedia del atraso, del subdesarrollo, de la involución. No “pasó”; lo que ocurrió tenía que ocurrir. Por eso, la comparación con Cromañón no deja de ser significativa y sus conclusiones son de una sofocante melancolía. ¿O no era también inevitable que la inexistencia de controles oficiales, la irresponsabilidad de algunos empresarios y la absoluta falta de respeto por su propia vida de muchísimos jóvenes produjeran aquella calamidad de diciembre de 2004? En este punto, el país regurgita sin cesar sus experiencias más atroces, con añadidos inconcebibles, como que en plena tarea de rescate de las víctimas del accidente de Plaza Once, ambulancias y motobombas no pudiesen circular por Bartolomé Mitre porque la calle seguía cortada por un absurdo “santuario” en las ruinas de Cromañón, que nadie quiso despejar aún hasta esta semana. Hasta a la hora del luto somos arcaicos y, encima, petulantes.
Fuente: 
Perfil.