Domingo, 26 Febrero, 2012 - 09:21

Debates, opositores, kirchnerismo y democracia

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Pensar la democracia es intentar desnaturalizarla: no limitarla pero también penetrar sus contradicciones. Los sofisticados engranajes de la máquina corporativo-comunicacional acompañan el capitalismo neoliberal dominante. La salida se da bajo la forma de la repolitización de nuestras sociedades.





Pensar la democracia es intentar desnaturalizarla: esto supone –más allá de lo herética que esta perspectiva pueda parecerles a ciertas interpretaciones esencialistas o formalistas que tienden a sacralizarla o a convertirla en una máquina cuyo funcionamiento es apenas deudor de rituales formales que no reconocen especificidades históricas, nacionales o culturales– no rechazarla o limitarla en sus contenidos sino abordarla como una invención capaz de redefinir sus condiciones epocales y el horizonte de sus potencialidades. Pero también es penetrar en sus contradicciones, conflictos y tensiones no resueltas, esas mismas que hoy se despliegan en el interior de ese otro magma de la vida contemporánea que es el mercado, la economía global y la especulación financiera. Un magma que modificó brutalmente las condiciones de vida y los imaginarios dominantes en el interior de la vida social hasta incidir de manera notable en las estructuras institucionales y en los lenguajes que organizan las prácticas contemporáneas. Resulta imposible abordar la actualidad sin interpelar críticamente a un dispositivo hegemónico cuyo eje discursivo –tan importante como el económico estructural– hay que ir a buscarlo en el funcionamiento de la usina mediática. Los sofisticados engranajes de la máquina corporativo-comunicacional se han puesto en funcionamiento para acompañar los cambios por los que viene atravesando el capitalismo bajo su matriz neoliberal dominante. Su principal cometido es darles contenido a las nuevas formas de subjetividad que emanan de esas transformaciones materiales que han alcanzado las esferas de la producción, el trabajo, la política, la cultura, las instituciones y las prácticas sociales al punto de licuar valores, creencias y sujetos que respondían a perspectivas invisibilizadas por la forma actual de un sistema económico estructurado alrededor de la valorización financiera.



La democracia, que recorrió un largo camino desde su alborada griega, hoy se encuentra ante los límites del liberalismo, ideología que, una vez desplazados los modos totalitarios encarnados por el nazismo y el estalinismo, se enfrenta ante una profunda crisis que arrastra consigo su gran invención: el individuo imaginado como sujeto de su propia libertad mientras queda atrapado en la alienación mercadolátrica. En todo caso, la bancarrota económica de países como Grecia y España pone en evidencia no apenas los problemas del paradigma de acumulación y valorización financiera del neoliberalismo, sino que desnudan las carencias del individuo en el interior de una sociedad dominada por el consumismo y el egoísmo; carencias que lo dejan inerme ante la tempestad desatada por las fuerzas indescifrables, para ese individuo autofestejado y socialmente fragmentado, del mercado global que terminan por poner en evidencia la fragilidad de su supuesta libertad allí donde queda desnutrido de palabras e ideas para revertir la catástrofe social a la que ha sido arrastrado por el “anarcocapitalismo financiero”. Una sociedad construida bajo las premisas de la objetualización y la rentabilización de todas las esferas de la vida, que no ha podido parir otra realidad que la de la sumisión del individuo a las fuerzas inescrutables de la economía-mundo, tiene como consecuencia necesaria la profunda despolitización de esa misma sociedad que equivale, esto también hay que señalarlo, al vaciamiento de la democracia que ha hecho pareja, desde sus orígenes más remotos, con la política entendida como la lengua que se hace cargo de lo no resuelto y del conflicto en el interior de las relaciones sociales.



Por eso entre nosotros, y pienso en la Argentina y en otros países sudamericanos, la salida, todavía incipiente y contradictoria, de la brutal dominación del capitalismo neoliberal se dio bajo la forma de la repolitización de nuestras sociedades. En una época en la que nada parecía torcer el rumbo triunfante del economicismo hegemónico de matriz especulativo-financiera reapareció, bajo las condiciones del retorno de lo social popular, la conjunción entre democracia y política; una conjunción que no anula ni oculta los conflictos en el interior de las sociedades sino que los procesa políticamente bajo el paradigma de otra concepción de los sujetos sociales, de la esfera pública, del rol del Estado y de los derechos de cada uno de los que integran la vida en común. La democracia, siguiendo esta perspectiva, condensa pluralidad y diversidad de intereses, visiones, concepciones, experiencias, tradiciones y prácticas que en su entrelazamiento no dejan de evidenciar sus problemas no resueltos y sus contradicciones.



Uno de los puntos nodales, al menos para países como los nuestros que se enfrentan a la imperiosa necesidad de reducir los índices de desigualdad y pobreza, es encontrar el difícil equilibrio entre políticas de desarrollo y crecimiento económico (que incluye industrialización, tecnologías innovadoras y nuevas formas de extracción de las riquezas naturales) y esa doble dimensión que articula la sustentabilidad ambiental con los derechos históricos de los pueblos a continuar con sus estilos de vida, formas productivas e identidades culturales que en más de una ocasión chocan con la lógica del desarrollo. Democracia, entre otras cosas, es ese movimiento complejo y abigarrado que tensiona todas estas dimensiones pero bajo la matriz innegociable de la soberanía popular a la hora de determinar qué políticas, para qué y para quiénes. Del mismo modo, existe una diferencia absoluta entre la construcción democrática de la soberanía, en su doble dimensión territorial y de derechos, y la que pudo emanar, como gas venenoso, del intento criminal de la última dictadura de recuperar por la fuerza las Islas Malvinas. Quienes no establecen esas diferencias o intentan convertir los reclamos del gobierno argentino en una suerte de “versión light” del belicismo militarista del ’82, no hacen otra cosa que poner en entredicho, de cara a la opinión pública internacional, no sólo los derechos históricos y geográficos sino la calidad misma de nuestra vida democrática.



Mientras la oposición se reduce, en el mejor de los casos, a las columnas editoriales de los escribas de La Nación y Clarín que hacen esfuerzos ciclópeos por ofrecer la imagen de un país en estado de crisis terminal y por buscar incidir, con sus inacabables juegos insidiosos, en el kirchnerismo tratando de construir un escenario en el que Cristina estaría comandando una estrategia de abandono de la perspectiva política que el propio Néstor Kirchner le imprimió al proyecto; el Gobierno, como desde 2003, se ocupa de gobernar y de intentar pensar los desafíos que se le presentan a la Argentina sabiendo, como sabe, que nada es sencillo en una época dominada por las más variadas incertidumbres a nivel global. Porque lo sabe no elude la necesidad de imprimirle novedades a un presente que exige capacidad de invención y renovación. Y plantea convocar, más allá de sus propias dudas, y tratando de eludir la agenda mediática, a un debate sobre la minería que permita que todos los actores sociales, económicos y políticos tengan la oportunidad de expresar su visión. Incluso allí donde parece reaccionar al calor de los acontecimientos, el Gobierno sigue teniendo la cualidad de darle dimensión “política” a lo que ocurre en el país. La oposición, mientras tanto, continúa durmiendo la siesta y les deja el trabajo a los escribas de la corporación mediática que, desde hace mucho tiempo, son los verdaderos opositores. Incluso con la cuestión de Malvinas parece surgir un entrelazamiento entre la estrategia oportunista de los grandes medios y la furibunda posición antigubernamental que asume un grupo de intelectuales y periodistas que, en estos días, ha elaborado una carta en la que, entre otras cosas, piden que se tome en cuenta la opinión de los kelpers, sujetos, para ellos, del derecho a la autodeterminación, como si el gobierno argentino se preparase para despojar a los habitantes de las islas, si se concediese finalmente la soberanía al país, de derechos, identidad, idiosincrasia cultural e idioma, y como si la actual democracia argentina no hubiera quebrado en mil pedazos la herencia maldita de la dictadura. Cierta lógica opositora conduce a perspectivas bizarras.



Señalaba, líneas arriba, que la democracia no es algo dado de una vez y para siempre, que desnaturalizarla es una tarea imprescindible allí donde una sociedad necesita estar a la altura de las nuevas demandas y de los nuevos conflictos que se despliegan en su interior. El kirchnerismo ha comprendido, desde un principio, que a las dificultades, a los giros inesperados y a los conflictos hay que asumirlos como parte decisiva de un proyecto que le ha devuelto a la política el papel relevante en el interior de la vida democrática. El escándalo de lo inaugurado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández es, para los escribas del aparato liberal-conservador, la repontencialización de la lengua política como centro de las genuinas decisiones de un gobierno de raíz popular y democrática. No soportan el cambio en la trama del poder, no pueden entender cómo el plebeyismo populista ha regresado a la escena y lo ha hecho con una fuerza y una capacidad de inventiva, de acción y de transformación que ya parecían extraviadas de la realidad nacional.



El relato monocorde y obsesivo de plumas que no han hecho otra cosa, a lo largo de sus itinerarios periodísticos, que servir los intereses del establishment económico (algunos, los que tienen más edad, incluso fueron serviles sostenedores de la dictadura militar desplegando su ingenio para, en aquellos años brutales y represivos, defender el “gesto republicano” de un puñado de genocidas) resulta, para quien tenga un mínimo de criterio propio, un enorme disparate que lo único que pretende es alimentar de carbón los fuegos semiapagados de una clase media dispuesta, cuando algo sucede en su bolsillo, a recuperar, a ritmo veloz, sus prejuicios, sus rechazos y sus odios. Esperan, agazapados, a que, ¡al fin!, la crisis económica del capitalismo central llegue, con todo su impacto, a nuestras costas.



Son cultores del profetismo catastrofista (aunque en las últimas elecciones perdieron a dos de sus máximas estrellas que supieron darles bríos retóricos a los relatos del Apocalipsis; ni Lilita Carrió ni Pino Solanas son lo que fueron ni sus palabras incendiarias ayudan a encender ni el más mínimo fuego); añoran las épocas en las que el poder hegemónico disciplinaba a las mayorías populares multiplicando las zozobras económicas y determinando, de acuerdo a sus intereses mezquinos, el rumbo de una sociedad siempre en estado de alteración e incertidumbre. No alcanzan, estos sesudos analistas capaces de inventar conspiraciones a mansalva, a descifrar qué es lo que ocurrió en el país desde mayo de 2003. ¿Cómo es posible, eso mascullan con indignación, que un oscuro y desconocido gobernador del sur patagónico y su esposa, apenas, eso pensaban, una buena oradora parlamentaria, hayan podido invertir la lógica del poder devolviéndole a la política una capacidad de acción y comando del que antes carecía? No supieron prever lo que portaba en su interior un proyecto político al que subvaloraron y despreciaron. Nunca imaginaron que detrás de ese hombre desgarbado y de esa apasionada senadora se guardase la fuerza de un país que volvía a reencontrarse con sus mejores tradiciones populares y democráticas. Acostumbrados al poder “real” emanado de las corporaciones y avalado por los grandes medios de comunicación, no pudieron, nunca, encajar lo que sigue sucediendo.



Lejos de las ilusiones catastrofistas de los escribas del poder mediático, lo que sucede en el país no es otra cosa que la puesta en evidencia de una sociedad en movimiento. A diferencia de otras épocas en las que todo se decidía entre gallos y medianoche y bajo la forma de la conspiración de unos pocos que imprimían sus designios a los gobiernos de turno (convirtiendo a la democracia en un pellejo vacío), la actualidad argentina nos ofrece el vasto panorama de una sociedad que no se muestra ni uniforme ni monocorde, que hace visibles sus conflictos y sus puntos de ruptura al mismo tiempo que muestra la fortaleza, inédita en las últimas décadas, de un gobierno capaz de tomar el timón en sus manos y dirigir la nave no de acuerdo a las cartas marítimas previamente diseñadas por los poderosos de siempre, sino las que vienen siendo preparadas desde hace algunos años y que buscan, no sin dificultades y contradicciones, alcanzar el puerto de un país más justo e igualitario.



No se equivoca Morales Solá cuando dice que Cristina busca darle forma a un proyecto de centroizquierda (preferimos definirlo bajo otros términos más cálidos y complejos: popular, nacional, igualitario, democrático y latinoamericano). Tampoco se equivoca cuando contrapone a ese proyecto a la centroderecha (preferimos definirla de un modo más tajante: la derecha liberal-conservadora que busca reinstalar, una vez más, el poder de los pocos sobre los muchos, de los dueños del capital y las riquezas sobre los trabajadores; de quienes siempre miraron con fervor las políticas imperiales y aceptaron sin chistar el lugar subordinado y hasta colonial que el país debía tener. Léase el tratamiento que esos medios hegemónicos le están dando a la causa de Malvinas y, como siempre, sobrarán las palabras).



El kirchnerismo (insisto con este nombre caudaloso porque es el que quieren debilitar y hasta borrar los escribas del poder) ha sabido, desde un principio, lo que está en juego y, al menos desde 2008 cuando se desató la ofensiva agrario-mediática, ha mostrado que no está dispuesto a aceptar chantajes ni imposiciones que supongan abandonar aquellas convicciones con las que se llegó a la Casa Rosada. Por eso, también, no deja de discutir todo aquello que antes era invisible para la sociedad: la cuestión minera, la persistencia de políticas represivas en algunos gobiernos provinciales, la protección del trabajo y el salario, la apuesta por mejorar la educación y la salud, la unidad latinoamericana frente al intento del capitalismo central de exportar su crisis, las distintas formas de participación popular, lo no resuelto en términos de igualdad, las tensiones entre la necesidad del desarrollo económico y la sustentabilidad ambiental, los caminos de la reindustrialización y los peligros de reprimarizar la economía quedando pegados a políticas extractivas, la cuestión de Malvinas, y un largo etcétera. En la visibilidad de estos debates se expresa la reconstrucción de lo político y la expansión de la vida democrática.
Fuente: 
InfoNews.