Martes, 21 Febrero, 2012 - 11:09

Importaciones y el revólver de Moreno

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A la hora de despotricar contra los controles aduaneros pensemos que llevamos un siglo entregando recursos naturales y producción primaria a cambio de una sonrisa paternal, y nos cuesta aceptar que lo primero es la familia. Hace falta que el cambio de mentalidad se derrame a la sociedad.

Que seamos librecambistas por tradición colonial no significa que esté bien. El proteccionismo (lo opuesto al “libre mercado”) fue la clave del crecimiento de los países actualmente desarrollados durante al menos dos siglos.



El más prominente ejemplo quizás sea Gran Bretaña, pero para que se entienda esto de las trabas aduaneras y no volvamos al ejemplo del Pacto Roca-Runciman nos ocuparemos de EEUU, un país con el que históricamente tuvimos un fluido “comercio bilateral” que algunos malintencionados llamaron “relaciones carnales” (nosotros consentíamos el acceso carnal de ellos, sería la metáfora).



Con la parafernalia del librecomercio cayéndosele de la boca cada cinco palabras, EEUU es una de las economías más proteccionistas del planeta. A los demás les pide que abran sus fronteras, que flexibilicen sus controles aduaneros, que se relajen y gocen, pero para penetrar su economía doméstica hay que ser contorsionista.



Desde 1789 –es decir, desde que su Congreso obtuvo la prerrogativa de fijar impuestos- comenzaron a aplicar una tasa arancelaria federal para casi todas las importaciones, del 5%, que con los años se mantuvo en un promedio del 12,5% y tuvo picos del 48%. A partir de 1816 se enfocaron en proteger la “industria naciente”, especialmente las manufacturas de algodón.



Nuestra fábrica de telas de algodón por antonomasia, Alpargatas (que ya no es nuestra sino de Sao Paulo Alpargatas, una filial que se desvinculó de la casa matriz en la década del 80 y la compró en 2008 -¡compró a su propia madre!- en una auténtica resignificación del complejo de Edipo) exportaba telas para jeans a EEUU. Por así decirlo, se ocupaba de la etapa más sucia y costosa de la producción, mientras ellos recibían las telas listas, fabricaban los vaqueros y nos los vendían.



El proteccionismo generalmente se cuantifica como una relación entre lo que recauda la aduana y el valor neto de las importaciones, pero es imposible dimensionar el resultado final de una política proteccionista sólo con estos parámetros. A Alpargatas le exigían, para seguir comprándole sus telas, que implementara sistemas de cuidado ambiental según protocolos muy estrictos convirtiendo así a la de la defensa del medio ambiente en una táctica funcional a sus intereses: se aseguraban que nuestras telas no violaran sus leyes anti-dumping incrementando los costos de producción en nuestro propio territorio.



Hoy día es otra historia: la enajenada Alpargatas exporta el 15% de su producción –no sé si algo va a EEUU- pero tiene cerrados acuerdos con las franquicias locales de marcas como Wrangler o Levi´s (a fin de cuentas es la misma tela) para que los jeans se fabriquen en Argentina pagando la condigna Royalty. No afectamos sus manufacturas y les pagamos igual.



En el actual contexto de crisis internacional se plantean algunos silogismos que todos podemos entender: los chinos le venden a Europa, Europa no puede comprar porque tiene otros problemas que resolver, los chinos nos inundan a nosotros de porquerías. Para evitarlo levantamos barreras aduaneras. También los europeos, que no pueden vender sus cositas en la eurozona, nos las envían. Como tenemos una balanza comercial que reclama ser estabilizada y hay que liquidar todo lo que se pueda exportar, se limita cuanto sea posible la importación (además está la cuestión siempre ampulosa y nunca eficaz de la sustitución de importaciones).



Cuenta la leyenda que el Secretario de Comercio Interior de la Nación, Guillermo Moreno, solía poner un bufoso sobre la mesa antes de empezar a negociar políticas de precios con los empresarios. Aparentemente sus métodos poco ortodoxos se debían a que conocía los bueyes con los que araba. Así, se dice que las cámaras de Productores de Carne y de Consignatarios de Ganado proceden entre los suyos, al menos discursivamente, como si el mundo fuera un matadero.



La economía es una jungla. Para un empresario, una invasión de productos del Extranjero puede parecerse al desembarco de los Aliados en Normandía; para otro, a la salvación. Las políticas para frenar esos ataques suelen ser agresivas en extremo, así como los argumentos para dejar que sigan pasando, cuando les tocan el bolsillo, apelan al más profundo sentimiento consumista de los argentinos.



(*) De la Redacción de Diario Chaco.