Lunes, 20 Febrero, 2012 - 09:33

Correo de Nuestros Lectores
Ellos pudieron hacerlo

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Con sus cabellos rubios y ojazos celestes, mi querido abuelo Antonio llegó a la Argentina en plena Primera Guerra Mundial desde Italia. Era un granjero de Regio Calabria, en el sur de la península, que solo sabía realizar las tareas en el pequeño campo que poseía la familia.

En el mismo barco venían hermanos y primos que al pisar el puerto de Buenos Aires tuvieron que pasar momentos denigrantes en Migraciones ya que los revisaban de la cabeza a los pies y los tenían en cuarentena hasta que les llegaba el día de emprender el viaje para su nuevo destino en una tierra desconocida para ellos. (Igualito que ahora con todos los inmigrantes, vió..)



Fue tan cruel esa partida desde su querida tierra que jamás lo pudo olvidar mientras vivió. A la abuela Isabel, española de Lugo que aquí en nuestro país se casó con Antonio le sucedió otro tanto (un tano y una gallega).



El desarraigo no solo les dejó ese gusto amargo, sino que pasaron los años y mis dos abuelos, ya marido y mujer se fueron de este mundo sin poder volver a abrazar nunca mas a sus hermanos que estaban afincados en distintos países de nuestra América.



En aquellos tiempos comenzaba la construcción de grandes obras en Argentina y la mano de obra extranjera era muy requerida por varias razones, una de ellas por la necesidad de contar con alguna moneda ya que habían venido con una mano adelante y la otra…también.



Fue así que la abuela Isabel comenzó a trabajar en el Hospital San Juan de Dios de La Plata (el mismo en donde el Dr. Arturo Illia hizo su residencia como médico) como mucama, atendiendo y limpiando a los enfermos, algunos con enfermedades infectocontagiosas y con el tiempo de tanto observar a los médicos fue aprendiendo a aplicar inyecciones, medicar a los enfermos de acuerdo a las indicaciones y con tanta capacidad y necesidad, se convirtió en enfermera.



Al abuelo lo contrató por una semana el dueño de un corralón de materiales de construcción y trabajó durante 40 años en el mismo lugar sin faltar un solo día. Compraron un terreno cerca del hospital y el corralón y mientras el abuelo (granjero) aprendió como se levantaba una pared el peón de albañil era la abuela cuando volvía cansada del hospital.



Así fue que construyeron su casa ladrillo a ladrillo y allí pudieron criar y educar a sus cuatro hijos. Recuerdo el primer baño (la famosa letrina) estaba al fondo camino al gallinero y la quintita. Plantaron higos, granadas, limones, naranjas, ciruelas, duraznos, peras y no podía faltar la tradicional parra en donde nos sentábamos los nietos a jugar en la siesta y…sin hacer bochinche porque el abuelo duerme.



A veces cuando leo que los historiadores se preocupan por saber como vivían las mujeres y hombres de antaño y que formaron parte de las distintas sociedades, me vienen ganas de decirles lo fácil que resulta enterarse mejor de aquella realidad hablando con Don Pedro, Doña Gregoria o cuantos Doña y Don todavía gracias a Dios caminan por nuestras vidas.



Esta reflexión que he volcado al papel, está directamente relacionada con la actitud de nuestros conciudadanos acostumbrados a la TV, el dvd, lavarropas automático, aire acondicionado, el auto, la moto o las dos cosas y tantas otras comodidades que hoy podemos disfrutar y está muy bien que así sea, pero qué hicimos además, para progresar y desarrollarnos plenamente.



Muchas veces cuando salgo a hacer algún mandado o trámite, observo los rostros de mis conciudadanos y veo que a pesar de tener tantas cosas a favor para disfrutar de la vida andan como decía Palito Ortega “con la cara de mate lavado”.



Los abuelos nos enseñaron a leer el diario desde el título hasta los chistes y después comentar las noticias para saber que sucedía en un país que no era precisamente el de ellos y nosotros muchas son las veces no valoramos lo que tenemos.



A los que pasaron los 60 como yo, y a muchos jóvenes, les recuerdo que todos hemos sido pasajeros del milenio anterior y no nos hemos dado cuenta de su importancia pues somos parte de generaciones privilegiadas habitantes de dos milenios y pasarán mil años mas para que se repita la historia, motivo suficiente para tratar en los años que nos queden de vida intentar ser felices. Mientras tanto desde mi lugarcito seguiré con aquel hermoso recuerdo de Antonio e Isabel, un italiano y una española que aquí reiniciaron sus vidas.



(*) DNI 7.788.556

Resistencia - Chaco