Domingo, 19 Febrero, 2012 - 10:49

Dispositivos

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Es como chapotear en una gigantesca palangana llena de sopa caliente. Las brazadas son agotadoras, pero no se llega a ninguna parte. Una vuelta y la otra, el escenario argentino es formidablemente reiterativo, empapado de rituales simbólicos, apegado a tradiciones atroces y pétreamente inmóviles.





Un pilar clave de este dispositivo de dispepsia política (la parte que se adueña de la totalidad) ha sido llevado por el actual poder político nacional a su expresión más encarnizada. Nunca antes, ni siquiera en los 49 días del camporismo realmente existente (del 25 de mayo al 13 de julio de 1973), un gobierno de origen legítimo se asumió como régimen de ambiciones y proyectos tan totalizantes. Nada escapa al sistema actual: política y economía, cultura y ciencia, deporte y justicia, el kirchnerismo de 2012 ocupa todas las bases, habla todos los idiomas, no le hace asco a ningún espacio. Rockeros, artistas visuales, investigadores científicos, redactores de medios periodísticos, celebridades, deportistas, en todas partes se advierte la presencia alzada y vocinglera de las vestales del modelo. Es como una resurrección de las pretensiones universales de muchos proyectos mesiánicos del siglo XX: en la Argentina los asuntos del país son conducidos con la pretensión de que nada puede ni debe escapar a la tutela y al perfume ideológico de quienes mandan.



La Argentina se muestra como congelada en mecanismos discursivos obsoletos y sin embargo venenosos. Acuñada en los años sesenta del siglo anterior, la palabra “represión”, por ejemplo, define medio siglo después una galaxia de significados contradictorios. Por eso, los mismos que se ufanaban de no reprimir manifestaciones sociales para no convertirlas en crímenes, definen ahora como extorsionistas a quienes se manejan con el mismo código del que se valió el poder actual para relativizar durante casi nueve años las demandas de orden democrático y paz social en el marco del estado de derecho.

Cincuentones que hace treinta años estuvieron bajo bandera algunas semanas en la Patagonia, activistas aterrorizados por el hipotético impacto devastador de la minería en sus comarcas, o flamígeros delegados sindicales de base tienen derecho a preguntarse por el escandaloso oportunismo de las pretensiones oficiales. ¿Cuándo es legítimo cortar calles y bloquear empresas, y cuándo una simple maniobra extorsiva que debe ser punida? Es el desenlace previsible de la estrategia de la mentira: la táctica de “no reprimir ni criminalizar la protesta” fue una simple argucia de ocasión. No se protegían valores permanentes, sino mecanismos de manipulación ocasional.



El espacio público es gestionado, así, desde la torva especulación del poder: cuando sirve molestar al enemigo es “liberado”, pero cuando el afectado es el poder, es despejado a bastonazos y hasta a balazos. Cinismo quintaesencial: ahora hasta Moyano habla de “represión” cuando, precisamente, por ausencia de ley y orden, se cansó de quedarse, a puro bloqueo de empresas, con afiliados de otros sindicatos, con los que nutrió la voracidad de su república de los camioneros, en la época en que era socio “senior” de Néstor Kirchner.



Tampoco es nueva la enfermiza propensión a la más banal frivolización de la conducción política. Aunque casi cincuentón y excedido de kilos, el vicepresidente Boudou se calza camisetas con “Clarín miente” y zamarrea en público guitarras rockeras, como mortecina “star” del subdesarrollo. El nuevo “gerente de noticias” de Canal 7, la aviesamente llamada TV “pública”, se muestra por Internet disfrazado en una murga y entonando patéticos himnos oficialistas. Política como comparsa, gestión devenida en show, administración de la cosa pública devaluada y humillada, las fronteras entre verdad y mentira, entre seriedad y farsa, se han esfumado.



Tal vez lo más melancólico sea la patológica compulsión a parecerse a lo que se dice adversar. El ruido Malvinas ejemplifica estos mamarrachos de confusión de identidad. Federico Pinedo, primera espada de Mauricio Macri en el Congreso, se asume como lo que es, un conservador nacionalista y campestre, orgulloso de asumirse como “malvinero”, feliz de cerrar filas con la Casa Rosada.



En la UCR no sucede nada demasiado diverso. Después de la tragicómica peripecia de Julio Cobos, el viejo partido alberga a no pocos dirigentes y mandatarios locales que sólo le objetan al kirchnerismo las “formas”, aunque no pueden ocultar su secreta simpatía por decisiones y actos perpetrados en estos casi nueve años. Por eso, aceptar sacarlo a Leandro Despouy de la Auditoría General de la Nación se parecería a un acto de vasallaje al Poder Ejecutivo, como si fragmentos del corazón radical estuvieran padeciendo el tétrico síndrome de Estocolmo, un tácito enamoramiento de sus victimarios.



La experiencia de la traición como fuerza motriz de la argentinidad se palpita a cada momento. De traidor fue calificado el pobre Cobos una y mil veces, pero en cambio las interminables trapisondas de Gabriel Mariotto para minimizar y sacar del medio a Daniel Scioli son vistas (cinismo a prueba de balas), no como deslealtad al gobernador, sino como lealtad a la Presidenta. Misma medicina viene paladeando ahora Moyano, al ver por los medios cómo el vitalicio patrón de taxis Omar Viviani abandona el barco camionero para acicalarse y quedar a las órdenes del poder.



No hay lealtades en el peronismo, a nada y a nadie: sólo hay encuadramiento tras la comandancia, y eso incluso hasta que cualquier brisa configure un nuevo equilibrio. Cobos era un repugnante traidor, Mariotto es un noble caballero motorizado por ideas y valores.



De 2003 a 2012, pues, ninguna reconciliación con la política, como reza el evangelio cámporo-kirchnerista. Lo que se presenta como virtuosa politización de la sociedad civil y admirable exhibición de compromiso militante de las nuevas generaciones es pura obediencia vertical. Se parece mucho más a una puesta en escena que a otra cosa, aunque en el camino queden, al final del día, millares de jóvenes auténtica y honestamente sensibilizados por la perspectiva de un país más justo y más próspero.
Fuente: 
Perfil.