Domingo, 12 Febrero, 2012 - 09:18

La entrevista

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El lunes pasado ocurrió un hecho que debería haber sido normal, pero no lo fue: Hugo Moyano concurrió a los estudios del canal Todo Noticias, para ser entrevistado por Joaquín Morales Solá. Ahí estaban ambos, frente a frente.



De un lado, un sindicalista muy controvertido y complejo, una de las columnas vertebrales del movimiento político que gobierna el país desde hace nueve años, y seguramente lo haga por bastante tiempo más. En el otro rincón estaba uno de los periodistas más conservadores del país, también uno de los críticos más viscerales del kirchnerismo. El canal pertenece al Grupo Clarín, denunciado por el Gobierno, y particularmente por Moyano, una y cien veces por los peores delitos, y que a su vez denunció al Gobierno y a Moyano, también por los peores delitos.



Dados esos antecedentes, la escena era rarísima. Che, ¿es cierto que Moyano va a TN, a lo de Morales Solá?, era la pregunta que recorría los pasillos políticos, sindicales y periodísticos.



Si uno pudiera poner distancia del clima de estos años se daría cuenta de que la perplejidad frente a ese reportaje es un hecho llamativo. Quizá valga como ejemplo una experiencia personal, que creo compartimos con muchos colegas. Como se sabe, yo me formé en Página 12, en los últimos años de Alfonsín y el primer mandato de Carlos Menem. En esa época, Página era un diario muy molesto para el Gobierno. Sería ridículo sostener que el objetivo del diario era voltearlo a Menem: ni quería, ni podía. Pero todo el tiempo le buscábamos el pelo al huevo, la mosca en la sopa. Y, hay que decirlo, con bastante precisión y virulencia. Naturalmente, los oficialistas de ese entonces preferían darles reportajes a otros medios, a los que solían honrar con primicias o mejor información. Sin embargo, a nadie, en aquel entonces, le hubiera sorprendido que un ministro, o un aliado del Gobierno, o el propio Carlos Menem, le diera cada tanto un reportaje al diario que lo había acusado de los peores delitos y al que él había retribuido con la misma moneda. Ni Menem se parecía a Tato Bores, cuando lo visitaba a fin de año para compartir tallarines, ni Tato era menemista por invitarlo. Más bien se trataba de una picardía de ambos. Uno ganaba prestigio porque tenía al presidente pese a mantener su mirada crítica. El otro intentaba suavizar su mala imagen en un programa que miraba un público adverso.



Era normal.



Una entrevista no necesariamente iguala al entrevistado con el entrevistador. No sólo eso: es tanto más rica e interesante cuando se sabe que ambos son muy distintos. Tampoco una cena, un diálogo telefónico, una amistad o una foto compartida necesariamente reúnen a gente parecida.



Pero ahora las cosas no son así, y por eso tanto revuelo con la visita de Moyano a Morales Solá. Y Moyano sabe que las cosas no son así. Que TN, como otros medios, son considerados enemigos irreconciliables de la Casa Rosada, y que entonces su visita, más que una entrevista, iba a ser todo un hecho político. Imagino que cada lector tiene su visión acerca de por qué las cosas terminaron de este modo –una entrevista ya no es eso– y no pretendo establecer teorías al respecto.



Pero sí marcar que es raro. En las sociedades democráticas hay políticos y sindicalistas y artistas y deportistas y empresarios y hasta periodistas que conceden entrevistas a medios que los han maltratado en algún momento. Y otros que no, lo que es absolutamente legítimo. Lo que no ocurre es que, cuando pasa, cuando se produce la entrevista, esta genere tantas especulaciones.



Terminado el reportaje, uno y otro, Moyano y Morales Solá, siguieron con su vida, siendo absolutamente iguales a lo que eran media hora antes. Al día siguiente, Moyano estuvo en la Casa Rosada, dijo que le gustó cuando la Presidenta le pidió a David Cameron que le diera una oportunidad a la paz. Y Morales Solá escribió una columna, como siempre, dura respecto del Gobierno.



Y no pasó nada. Fue, por otra parte, una entrevista poco relevante: un periodista cuidadoso, un Moyano bastante apagado. Fue una pena que no quedaran más en evidencia las diferencia entre uno y otro durante la nota. Y que no se produjera ninguna revelación.



O, perdón, quizá sí hubo una novedad: la certidumbre de que Hugo Moyano, como buen peronista, es mucho más flexible que algunos fragmentos del discurso de Hugo Moyano. Y que, en caso de creerlo conveniente, es capaz de dar señales de buena relación incluso con quienes señaló como sus peores enemigos. Algunos considerarán esto una traición imperdonable. Otros, una virtud. A mí, me da lo mismo, pero tiendo a pensar que en el peronismo la inmensa mayoría de los dirigentes son como él: tienen un interés central y el resto de sus actos los organizan en función de ese criterio. A muchos jóvenes se les enseña que hay una sola forma de lealtad, la incondicional. Pero las personas con experiencia saben que la vida es mucho más compleja.



Entre tantas películas que hay acerca del periodismo –Todos los hombres del presidente, El Diario, El informante, entre las mejores– hay una de ellas que se dedica específicamente a la técnica de la entrevista. Es, realmente, apasionante. De un lado del ring hay un periodista australiano, que supo ser muy popular y farandulero, muy frívolo, famoso por sus fiestas, por su hermosa mujer, pero poco respetado en el medio. El tipo sufre un período de decadencia. Está casi en el final. Del otro, uno de los presidentes más importantes de la historia norteamericana: el que empezó como un duro derechista en la posguerra, fue derrotado por Kennedy y cuando accedió al poder, mezcló un anticomunismo extremo con la retirada de Vietnam, el acercamiento con China y, finalmente, debió renunciar por un escándalo desatado por –justamente– el periodismo. Los dos buscan su reivindicación. Pero sólo uno vencerá, porque si en la entrevista no hay revelación alguna, el periodista sellará su suerte profesional y económica. Y si la hay, el ex presidente seguirá aislado y derrotado.



La peli se llama Nixon/Frost y es entrañable. Si no la vio, salga corriendo y va a pasar un buen rato.



Por mi parte, releo los párrafos anteriores y percibo que elegí la profesión equivocada: quizá debería haberme dedicado a escribir las promociones de películas. Salió bien esa parte. O ni siquiera eso.



Pero ya que me tocó ser periodista, la verdad es que extraño esos momentos mágicos donde existían entrevistas en las que personajes del poder admitían preguntas difíciles y se la bancaban, y sabían cómo responderlas, y se tenían la suficiente confianza personal como para saber que un periodista, por más experiencia que tuviera, no iba a hacerlos trastabillar. Porque la verdad es que en un reportaje, el entrevistado, si tiene experiencia, sabe que es muy difícil perder la iniciativa y pisar el palito.



Pero a veces pasa.



Y cuando pasa, tampoco pasa demasiado.



Simplemente, se revela algo, salta un conejo de la galera. Por un ratito. Y vuelve a meterse en cuestión de segundos.



En estos días, por ejemplo, me gustaría preguntarle al vice por su amigo, el de Ciccone Calcográfica. O que alguien lo haga.



Seguramente tendrá algo para decir.



Pero no ocurrirá.



Porque quien concede una entrevista a alguien que hace preguntas complicadas está haciendo algo realmente grave: legitimar a un enemigo.



Es una pavada. Y una pena.



Vean Nixon-Frost y van a entender por qué.
Fuente: 
InfoNews.