Sábado, 11 Febrero, 2012 - 15:55

Yo hablé con Spinetta

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Es una cholulada tan vil que sólo la conté una vez, hace poco, a mis compañeros de la Redacción. Fue durante un recital del Flaco en Obras, hace años. Obviamente yo era parte del público que colmaba el estadio y ni siquiera estaba muy cerca del escenario.



Spinetta tuvo siempre una relación muy especial con sus seguidores. Idolatrado en la misma proporción que incomprendido, fue el fenómeno popular más particular del rock nacional. Una comunidad heterogénea se atiborraba para verlo, cada “tribu” con sus exigencias, cada cual dispuesto a putearlo si no cumplía. Encima tenía la manía de reflexionar entre canción y canción -reflexiones spinetteanas, por supuesto- cuando la adrenalina y la tensión se podían oler en el ambiente.



Antes dije sus “seguidores”: es más complicado que eso. El Flaco, aun siendo un fenómeno de masas, no era un artista popular como pueden serlo León o Charly; sus “seguidores” no andaban recorriendo el país
en migración ritual. Eran la quintaesencia de la diversidad, como él.



Estaban los que iban por “Muchacha…” y otros hits del pasado que poco tuvieron que ver con el resto de los “presentes” del artista; estaban los que se enfocaban en su producción más “técnica”, los que anhelaban sus raptos baudelaireanos, los que se paranoiqueaban con las lecturas entre líneas, los que querían oír el corte de difusión de su último disco. Había “psicólogos”, poetas, sociólogos, rockeros, hippies descongelados de su sueño criogénico y caretas ocasionales. El Flaco era una usina de arte y, ya se sabe, el arte completamente liberado de ataduras sobreestimula, produce reacciones contradictorias, efectos secundarios, amor y odio.



Spinetta armó y desarmó un montón de grupos sin miramientos y “traicionó” estilos circunstanciales sin darse vuelta a mirar los restos del naufragio. Siempre para adelante. Pero los mejores seguían viniendo porque una invitación suya era como acercarse a la divinidad. Los artistas así son irrepetibles y el resto de los músicos lo sabe. Con El Flaco se pulverizaban los egocentrismos y florecía la admiración piadosa. Muy pocos, como él, fueron canonizados en vida.



Los primeros discos que escuché por propia elección, a fines de los setenta, fueron “Banda de Gitanos”, de Jimmy Hendrix, y “Una noche en la Ópera”, de Queen. En esas pistas coqueteaban, convergían y se alejaban lo dionisíaco y lo apolíneo. Hendrix era lo dionisíaco; Queen, lo apolíneo; a veces al revés. (Eso después lo vi plasmado en la película “Encrucijada”, con Steve Vai asociado a Satán para tocar la guitarra como un íncubo y el bueno de Ralph Macchio tratando de renegociar la propiedad de un alma con una límpida interpretación de Eugene´s Trick Bag, de William Kanengiser, mechada con fragmentos del Caprice Nº 5 de Paganini, según dicen).



Bien: el primer recital que vi en mi vida fue del Flaco Spinetta, en el `80 más o menos, y comprendí (entre los invitados estaba Pappo) que toda la gama de sensaciones que había vivido por separado con Hendrix y Queen podían juntarse en un solo lugar. Después sin motivo aparente terminó siendo también el tipo al que más veces vi sobre un escenario.



La última fue en Obras, como decía al principio. Entre tema y tema El Flaco intentaba decir alguna cosa, algún pensamiento; la gente no lo dejaba, silbaba y pedía canciones: “¡Flaco, tocá Muchacha…!”, “¡Flaco, Todas las hojas son del viento!”, “¡Flaco, tocá Durazno sangrando!”. Spinetta los escuchaba a todos pero no le hacía caso a nadie: no estaba ahí para saciar el apetito de los nostálgicos, para eso estaban sus discos. Al rato, de vuelta: “¡Flaco, tocá Post crucifixión!”; “¡Flaco, Cementerio Club!”



El músico, iluminado por un chorro de luz cenital, recortado contra la oscuridad, parecía más pálido de lo que era. La pausa se había hecho más larga que entre otras canciones y los pedidos no cesaban, pero aunque él no le daba bola a nadie tampoco podía empezar a tocar. Entonces yo, mezclado entre el público, aproveché uno de esos silencios y grité: “¡Flaco, tocate una!”



Hubo una risotada generalizada en el público, pero lo que me quedó tatuado en la memoria fue la risa espontánea del Flaco, de Luis Alberto Spinetta, que asintió con la cabeza, hizo un gesto a los músicos que lo acompañaban y arrancó con alguna de las canciones del disco que estaba presentando en ese momento, probablemente “Rezo por vos”. Sí señoras y señores: yo hablé con Spinetta.



(*) De la Redacción de Diario Chaco.