Lunes, 6 Febrero, 2012 - 21:14

Malagradecidos

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En todos los grupos se construyen liderazgos y tarde o temprano éstos son cuestionados desde adentro. Los amigos se cruzan de vereda, los devotos fervientes ya no lo son tanto y se habla bajito: el Partido conspira. En estos días Ángel Rozas debe andar repitiendo, como Julio César: “¿Tú también, Bruto?”

Los años que llevo en Chaco no me permitieron conocer otro radicalismo que el de Ángel Rozas. Algún nostálgico dirá “Pobre, no sabe lo que era el Bicho León… o Magno López”, pero si no hubiese sido por la ruptura que encaró “El Hombre”, como gustaban llamarlo, el radicalismo no se hubiera unificado y, quién sabe, no hubiera logrado revertir la tendencia en aquella histórica segunda vuelta.



Cuando este lunes Rozas hablaba del intendente de Pinedo, “rubio y de ojos celestes”, en realidad hablaba de sí mismo. Según su análisis, ni los rasgos étnicos ni la capacidad de gestión impedirán que tarde o temprano algún correligionario lo critique por esto o por aquello, e incluso, si las cosas no andan bien, que quieran colgarlo en la plaza del pueblo.



Los grupos –los partidos políticos entre ellos- construyen liderazgos y los sostienen, pero mientras esos liderazgos se expanden y maduran, en su interior hay quienes aspiran legítimamente a la movilidad, al recambio; si esa movilidad no ocurre, los que antes eran devotos insobornables se convertirán en adversarios. Como en el caso del intendente rubio de ojos celestes, no importa que el líder sea bueno, malo, lindo o feo.



¿Puede criticársele a Rozas, como líder de la UCR, tratar de conservar el poder de la mano de sus “amigos”? ¿Cómo se miden los merecimientos? ¿Alguien ganó más que Rozas como para poner en duda sus decisiones? No son pocos, sin embargo, los que sostienen que ya es tiempo de terminar con la tiranía, aunque sí son pocos los que se le animan al “grandote”.



Pero alguna vez le tenía que tocar. Alguna vez –y lo habrá visto en sus peores pesadillas- alguien de su entorno y de su entraña le haría probar el filo del cuchillo. “¿También tú, Bruto?”, dirá mientras se desmorona agonizante; después, sobre su cadáver, algún Marco Antonio sacará provecho del regicidio y dirá: “Amigos, romanos, compatriotas, prestadme vuestros oídos…”, y el ciclo volverá a empezar.



Parece claro: Aída está haciendo lo mismo que él hizo con León. Él se da cuenta y, desesperado, contraataca exigiéndole que use el código del Samurai; que lo enfrente, como él hizo con el Bicho, y le diga: “Hasta acá llegó mi amor, Ángel: te armo una línea interna”. Pero Aída es sorprendentemente hábil, elude el choque frontal y dice: “Rozas es un líder, fue y sigue siendo mi jefe político”. (Me saco el sombrero ante semejante técnica de Judo: usó la fuerza de su oponente, la Fuerza de Rozas, para que éste terminara desparramado de bruces en el suelo).



Los rozistas recalcitrantes (todavía quedan algunos) dirán que Aída viene de ACHA y que traía el puñal en el bolsillo desde hacía meses, como si el propio Rozas, para comunicarle a León que se abría, no hubiese tenido que conspirar y tejer alianzas antes de tocar el timbre de su casa para darle el tiro de gracia.



Si todo sale según los planes de los intendentes radicales, “El Hombre” terminará solo, como Nixon, recordando la gloria del pasado desde la explanada de una mansión en la Costa Azul, y alguien más ocupará su lugar en la conducción de un partido que no está hecho para carecer de líderes.



Los finales, aun los inexorables, siempre son conmovedores.



(*) De la Redacción de Diario Chaco.