Domingo, 5 Febrero, 2012 - 08:34

Acostumbrarse

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Debe ser lindo tener investidura. Uno se sienta, la mira, la acaricia y, seguramente, dice: “Qué linda que es la investidura. Qué maravillosa que es mi investidura”. Y así. No le pasa a los futbolistas.







Riquelme o Verón –y estamos hablando de los grandes, ¿eh?– tienen que ir a patear un córner sin paraguas y les llueve saliva encima. Se quitan la baba como pueden y patean. Así es la vida. Ni qué hablar con las estrellas de la televisión: ¿qué pueden hacer Susana o Tinelli si los insultan en la calle? Bancárselas como un duque, o una duquesa. O los periodistas. Si alguien increpa a Nelson Castro o a Lanata o a Magdalena, gracias al resentimiento que desparrama la propaganda oficial, sólo les queda sacarse de encima la baba, como a Riquelme, o patalear un poco.



Sin embargo, hay personas que tienen investidura.



Y si no les gusta lo que les dice alguien pueden recurrir a su jefe de seguridad y detenerlo y desnudarlo y encerrarlo en una celda. Eso es así porque tienen investidura. Son como reyes en su propio territorio. Gustos son gustos. Vida hay una sola, y ellos se los dan. Esta semana pasó exactamente eso. Una ciudadana de 32 años cuestionó a un jefe de Gobierno al cruzárselo de casualidad en un espacio público. Para evaluar la gravedad de los hechos, piense por unos minutos, qué habría pasado si el protagonista hubiera sido Mauricio Macri. ¿Qué hubieran dicho usted y todos sus amigos? Pero no fue Macri. El hombre con investidura es el gobernador de Mendoza, Francisco “Paco” Pérez, kirchnerista, del Frente para la Victoria. Resulta que el lunes, Pérez salía de la Casa de Gobierno de Mendoza, acompañado por otros dos gobernadores cordilleranos, Luis Beder Herrera y José Luis Gioja. Ustedes saben que el clima en esa zona está un poco tenso porque a la gente se le empezó a ocurrir que hacer volar montañas por el aire para sacar oro le puede acarrear algún perjuicio en su vida cotidiana. Es que la gente es rara. Rara e ignorante. Se le ocurre cada cosa.



En ese contexto, Elena Ríos, una psicóloga de 32 años, lo cruzó. Según ella, sólo le dijo “guarda lo que hacés con la minería”. Según la gente del gobernador –porque él no habló, ya que lo protege la investidura– la chica agregó epítetos como “basura” o “cerdo”. Cuestión que el hombre se enojó. Uno de sus muchachos le dijo “dejámela a mí”. La metieron en un patrullero. Luego en una celda de la casa de Gobierno. Después la desnudaron completamente: esto es, incluyendo la ropa interior. Y luego llamaron a la Justicia que, al fin alguien sensato, desarmó semejante disparate.



Nadie debería insultar a nadie. Es un gesto que degrada al que lo hace y además legitima un ida y vuelta en el que pierde cada uno de los que participan. Pero la respuesta del tal “Paco” Pérez merece una reacción social un poco más contundente de la que tuvo. Raúl Alfonsín apenas le hubiera dicho “a vos no te va tan mal, gordito” a un agresor.



O sea que el fulano, porque tiene investidura, se da el lujo de encarcelar a alguien y desnudarlo. Suena a privación ilegítima de la libertad. Lo raro es que ahí terminó la cosa. Sólo ahí. Aquí caben todas las teorías conspirativas. Los medios kirchneristas no le dan espacio al tema porque el gobernador es uno de los nuestros y conviene hablar sólo de los vetos de Macri. Los medios privados le dan poco espacio porque su blanco es únicamente el Gobierno nacional. Son las pavadas que se dicen en estos tiempos. O puede ser el natural devenir de las cosas. Hay otras noticias, otros debates.



Pero a mí se me hace que nos estamos acostumbrando demasiado. Y ese, quizá, ese tema sea más grave que la investidura de “Paco” Pérez. Acostumbrarse.



A los oficialismos hoy se les tolera todo. Hay plata en la calle. La gente está contenta. La oposición suele ser un desastre y, entonces, viva la vida: nada, o casi nada, tiene costo. Las defensas bajan y el principio de Arquímedes empieza a funcionar como si tal cosa. Un gobernador mete en cana a alguien por un tema menor y no pasa nada. La policía catamarqueña detiene a veinte personas que protestan porque están destruyendo las montañas que los rodean, y no importa demasiado. La policía de Chubut golpea y balea a los camioneros que protestan por despidos y pasa en dos segundos y medio. Una empresa minera hace inteligencia civil sobre ciudadanos humildes y la cubre un manto de silencio. El Gobierno, a través de un dirigente oficialista, panfletea datos que están amparados por el secreto fiscal y pertenecen a la privacidad de periodistas que odia el oficialismo, y no se reacciona. La Policía Federal descarga su gatillo fácil sobre dos jóvenes, en Capital, en la misma semana, y todos nos vamos acostumbrando.



Total, hay plata en la calle.



Quizá sea lógico que la sociedad esté anestesiada y no sólo porque hay dinero, sino también por la repetición de hechos similares que se vienen produciendo semana a semana desde hace un tiempo. Desde la desaparición de Luciano Arruga –esta semana se cumplen tres años– en adelante, es impresionante la cantidad de atropellos a las libertades individuales –asesinatos, detenciones, aprietes públicos a disidentes, actuaciones violentas de policías bravas– que se han producido en nuestro país. No es necesario bucear en la prensa que el Gobierno odia: con revisar las declaraciones del Centro de Estudios Legales y Sociales, que preside Horacio Verbitsky, uno tiene una visión bastante precisa del asunto. Algunas personas sostienen que eso ocurre pese a los esfuerzos del Gobierno nacional. Otras sostienen que el Gobierno es represor por naturaleza. Quizá haya una tercera variante: que las cosas se le vayan de las manos a la Casa Rosada, pero que luego acepte mansamente los hechos consumados y las relaciones de poder con los culpables directos, que son en su mayoría aliados. En cualquier caso, en este contexto, quizá sea lógico que a nadie le mueva un pelo que un fulano con investidura meta presa a una piba porque no le gustó como lo trató.



Así son las cosas.



Para algo están las investiduras.



¿Será, realmente, cuestión de acostumbrarse?
Fuente: 
InfoNews.