Miércoles, 18 Enero, 2012 - 09:39

Correo de nuestros lectores
29 Años sin Arturo U. Illia ¡Cómo se notan!

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El 18 de enero de 1983 fallecía un gran hombre, un gran demócrata, un gran republicano y un gran Presidente, el Dr. Arturo Umberto ÍIlia. Él fue tal vez uno de los presidentes más criticados y burlados por los grandes intereses que querían desprestigiarlo.

Necesitaban hacerlo, necesitaban hablar de “vacío de poder”, necesitaban hablar de la “Tortuga”, necesitaban de esas
caricaturas que lo presentaban con una paloma en su cabeza. Las necesitaban, pues mientras eso ocupaba sus tiempos, el tiempo de este gran Presidente se ocupaba de las grandes cosas de un País muy distinto al actual, un país enfrentado, con un peronismo proscripto; un país con tradición de golpes militares que se arrogaban el derecho de gobernar en nombre de la fuerza que la Nación les entregaba para defender sus fronteras y para cuidar su institucionalidad, no para mancharla con sus oscuras y egoístas pretensiones.



Decía que mientras muchos conspiraban de distintas formas, especialmente desde una prensa que en gran parte defendía intereses espurios, con una campaña de desprestigio sin precedentes, sin importar las consecuencias, en una época muy distinta a la actual, el Presidente Illia se dedicaba a gobernar en serio, con auténtico sentido democrático, con absoluta decencia, con vigor republicano.



Vimos en su gobierno, que sin ningún panorama favorable internacional ni nacional, iba sacando leyes fundamentales para un País mas justo.



Vimos así como durante su Gobierno se promulgaba la Ley 16.459, del Salario Mínimo , Vital y Móvil, Ley tendiente a evitar la explotación de los trabajadores, asegurándoles un salario digno y defendiendo el poder adquisitivo de los mas pobres.



Cumplió con sus promesas de campaña de anular los leoninos contratos petroleros, lo que le valió el rencor de las grandes multinacionales que perdían así inmensos negocios, a costillas del país.



Promovió la Ley de Medicamentos, o Ley Oñativia, que evitaba los abusos de los grandes laboratorios, otra de las leyes que gravitaron fundamentalmente en su derrocamiento. Los grandes laboratorios internacionales no querían perderse los pingües negocios que realizaban en nuestra patria, donde los precios de sus productos superaban en enormes proporciones sus costos de producción. Algunos hasta el 1000%.



Podría seguir ennumerando sus grandes obras al servicio de la Nación. Quisiera destacar su actuación en la política internacional, especialmente su decisión de no enviar tropas a la República Dominicana, pese a las fuertes presiones que recibió por parte de los EEUU y de otras potencias invasoras; así como su actuación en el conflicto con Chile por Laguna del Desierto, uno de los muy escasos litigios que resultaran favorables para nuestro País.



Lógicamente tampoco se puede dejar de mencionar la Resolución 2065 de la Asamblea General de las naciones Unidas, referidas a Malvinas, donde la Asamblea insta a las partes en conflicto a negociar, Resolución que hasta la fecha no cumple el Reino Unido, pero es uno de los pilares donde se asientan nuestros reclamos soberanos.



También quisiera destacar sus enormes esfuerzos en pos de mejorar la educación y cómo fue subiendo los presupuestos reales dedicados a ella, llevándolos del 12% que tenía en 1963, al 23% en 1965. Poniendo en marcha ese gran Plan Nacional de Alfabetización.



La economía, pese a las barbaridades que decían los medios de la época, tuvo un enorme crecimiento, El PBI pasó de -2,5% en 1963 (Él asumió el 12 de octubre de ese año), al año siguiente, 1964, el PBI pasó a más del 10% y en 1965, al 9%. Mientras tanto, las libertades eran plenas, el respeto a la Constitución y a las leyes eran ejemplares. Los salarios reales subieron sólo en el primer año de su gestión un 9,5%, reitero, hablando de salarios reales. Durante su gobierno la desocupación bajó de casi el 9% en 1963, al 5,25% en 1966.



Los mismos generales que lo derrocaron pidieron perdón públicamente por su error.

Fue un grandísimo Presidente, debemos recordarlo y nos debe servir de guía y ejemplo. Pero fundamentalmente fue un gran hombre, un hombre de bien, un hombre sencillo como son los grandes, un hombre íntegro. Entró a la política y se fue con menos bienes que con los que ingresó. Ni siquiera aceptó cobrar su jubilación como ex Presidente.



Permítanme recordarlo personalmente, con él se podía hablar siempre, siendo Presidente o habiendo dejado de serlo. Uno lo encontraba en cualquier lugar, caminando, siempre pensativo, siempre dispuesto al saludo y a la conversación, más si se trataba de política.



Mi último encuentro con él fue en la Plaza Las Heras, de Las Heras y Pueyrredón, en Buenos Aires, fue pocos meses antes de su muerte y nos quedamos charlando un largo rato de lo que a ambos nos interesaba, la política. La gente pasaba y lo saludaba con muchísimo respeto, saludos que él siempre contestaba con cortesía, pero sobre todo con ese espíritu humano que lo caracterizaba.



Nunca dejó de lado la política. Pocos meses después de su derrocamiento, cuando la actividad política estaba prohibida y no había nada que esperar de ella, donde sólo había para dar y el deber era mantener vivo el radicalismo, él estaba recorriendo el país haciéndolo, ejerciendo ese deber cívico que era su esencia.



En dos de esos viajes me tocó compartir algunas tribunas, tarea muy difícil para quien en esa época tenía 14 años. Juntos recorrimos el Chaco, éramos pocos, y no era época de andar haciendo diferencias entre listas rosas o celestes, eran momentos de meter pasión, todos juntos. Recuerdo muy especialmente un pequeño acto (por supuesto ilegal en ese momento), sobre un improvisado palco, con no más de cincuenta o sesenta valientes asistiendo.



Habló Íllia, luego Perette, luego León, luego el Chulo Salom, quien nos trasladaba en su auto y por último yo, juro que las piernas me temblaban, pero pese a mis 14 años, estaba seguro que ese temblor de piernas era una forma de rendir mi homenaje y mi esfuerzo a la democracia y a la República. Tal vez alguno lo recuerde todavía, con tanto viaje a Perette, en medio de un gran discurso, se le confundió el nombre de la ciudad y dijo “Santa Angela” en vez de Villa Ángela. Por supuesto a nadie le importó el error, valoraban el enorme esfuerzo que se hacía.



Quisiera terminar estos recuerdos con una anécdota ocurrida en noviembre de 1968, dos años después del golpe. Se hace en Setúbal, Santa Fé, un congreso de la Juventud Radical, la invitación era con casa y comida, vamos como podemos jóvenes de todo el País. Yo tenía 16 años y me costó mucho conseguir el permiso de mi padre, eran épocas peligrosas.



También fui con algunos pocos pesos que me dieron, por las dudas. Aquí les ruego que piensen en la vida de lujos de los hijos de nuestros últimos presidentes.



La casa en Setúbal era demasiado pequeña, la comida, por supuesto, bastante escasa. No tenía demasiada importancia, los ideales y el entusiasmo suplían cualquier falencia. Con los pocos pesos que llevaba, me fui a un hotel, dos de los hijos de ese gran Presidente, derrocado hacía dos años, durmieron de contrabando, con unas mantas que les puse en el suelo de la habitación.



Se trataba de Martín y Leandro Íllia. Leandro vive, es mi amigo y puede corroborarlo. Sería bueno que aprendieran otros presidentes, sería bueno que imitaran otros hijos de presidentes.



Hoy mi Partido le rinde un merecido homenaje. Hubiera deseado que sea más institucional y menos sectario. Deberían hablar sólo las autoridades de la UCR, aunque la mayoría ni siquiera lo haya conocido, tal vez alguno de los que lo conocieron o formaron parte de su Gobierno, y nadie que exprese y represente sólo un sectarismo o un personalismo que considero agravia a la ilustre figura del Dr. Arturo Íllia y agravia a la unidad y a la identidad que estamos buscando para la UCR. Igual estaré presente, rindiéndole mi homenaje personal.



El Dr. Íllia fue un hombre de unidad y de respeto, un hombre de principos y de ideas claras. ¡Cómo se siente su ausencia!





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