Sábado, 14 Enero, 2012 - 13:33

Aporte para debatir
Corriendo el velo
¿Que quién le iba a depositar qué a quién para qué?

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Ya me parecía que la cosa estaba espesa. Capitanich dijo el otro día algo así como “cronograma no es mala palabra”, después de pasarse un año tratando a toda costa de que en sus comunicados no apareciera ese vocablo ni para hablar de las vacunas. Ahora es distinto.

Explicó que, mal que nos pese, cualquier sistema de organización de transferencia de fondos supone un cronograma, vale decir, un mecanismo prolijo para depositar la plata cuando es mucha y que no se arme lío al repartirla. Es una verdad a medias, o la respuesta a una pregunta que nadie formuló. Y un tanteo.



Cuando hace unos días alguien desparramó por Facebook un cronograma de pagos de diciembre, pero de otro año, se armó un revuelo bárbaro. Volvían los fantasmas. Desde el gobierno se apresuraron a demostrar que la plata se puso toda junta, pero se filtró que para conseguirla debieron echar mano de fondos que no eran para sueldos, por lo que, encima, hizo falta aclarar que esos movimientos de fondos se hacen siempre en las administraciones modernas y que no suponen falta de liquidez.



Pero la plata está o no está. Todos sabemos que en los años más duros del rozismo la plata no estaba. El recurso del endeudamiento fue la solución al alcance de la mano mientras hubo algún vivo dispuesto a prestarle al país y al Chaco, y algún vivo dispuesto a aceptar vejaciones. Después vinieron los Lecop y los Cecacor y los Quebracho, y el corralito y el incendio. Todo el sistema se basaba en unos compromisos muy difíciles de explicar (tanto como fuese necesario) que ahora, viendo lo que pasa en Europa, se hacen menos abstrusos:



-Te firmo que las próximas cinco generaciones de argentinos van a pagar la deuda con sudor; ya no hay lugar para revoluciones en Latinoamérica.



-Con el sudor no me alcanza.



-¿Y qué garantías querés?



-¿Te gusta la Historia? ¿Te acordás del tratado Roca-Runciman?



 Cómo no nos vamos a acordar del tratado Roca-Runciman. Acá va una síntesis de M. A. Scenna. 1933, “Inglaterra acordaba mantener la cuota de importación de la carne argentina, comprometiéndose a no disminuirla por debajo del 90% (¡A no disminuirla siempre que eso no afectara los intereses de los países integrantes del tratado de Ottawa; eso era todo lo que ponían los ingleses!) (…) A cambio de ello, Argentina aceptaba que los frigoríficos extranjeros se encargaran de negociar, comercializar y distribuir el 85% de las exportaciones de carnes de nuestro país, dejando graciosamente a cargo de empresas argentinas el restante 15%, con la condición expresa que no persiguieran fines de lucro”.



"¿Quedaron satisfechos los ingleses? De ningún modo. Exigieron más. Y no los culpemos. Les estaban ofreciendo un país en bandeja y no se les puede recriminar que se sirvieran a gusto. Exigieron y obtuvieron un aumento de las tarifas ferroviarias en nuestro país, precisamente cuando nuestro país pensaba rebajarlas. Exigieron y obtuvieron, simultánemante, una disminución de sueldos y jornales del personal. Exigieron y obtuvieron una rebaja de aranceles a la importación de productos ingleses, algunos de primerísima necesidad, como porcelanas, dulces, motocicletas y whisky. Exigieron y obtuvieron que el gobierno argentino protegiera oficialmente los intereses de las empresas británicas aquí radicadas. Exigieron y obtuvieron la creación de una coordinación de transportes argentinos, por la que se entregaría a las empresas tranviarias y ferroviarias –que atravesaban un momento crítico- un monopolio total del transporte, en perjuicio de las empresas de automotores, en manos argentinas. Exigieron y obtuvieron la creación de un banco central, a través del cual el manejo de la moneda y las finanzas argentinas quedaban en manos inglesas. En toda la línea cedió la delegación dirigida por Roca, consumando una entrega sin precedentes al simple cambio de una exportación que ni siquiera el país podría comercializar, que favorecía única y exclusivamente a un reducido grupo de grandes ganaderos y perjudicaba a todo el resto de la población. Tan humillantes eran las concesiones acordadas, tan lesivas sus disposiciones, que los mismos delegados comprendieron que no podrían publicarse sin levantar un formidable coro de protestas, por lo cual, y revelando la clara conciencia de culpa, convinieron en que las cláusulas más extorsivas quedaran en secreto. A lo cual accedieron gentilmente los ingleses. Fue en lo único que aflojaron.”



Los años treinta y los noventa fueron parecidos. Teníamos a la Historia para auxiliarnos pero no la quisimos revisar. “Está bien, tomá cien palos”. “Bueno, pero yo agarro uno”. “No hay drama, amigo: yo agarro otro”. 



Hoy, alabado sea Dios, no estamos en ese lugar y, Dios no lo permita, no volveremos. Pero tampoco estamos en el Cielo. Lo último que escuché, en boca de Néstor Kirchner, sobre el tránsito dantesco de nuestro pueblo, fue que estábamos en el Purgatorio. Después Néstor se murió y nadie volvió a tocar el tema.



¿Qué riquezas, qué valor agregado creamos desde 2001 a esta parte? De verdad pregunto: ¿la soja? ¿otras oleaginosas? ¿Sembrar cuanta hectárea encontremos apta equivale a crear riqueza? ¿En serio se obró alguna transformación de fondo que no fuera la expansión de las áreas de cultivo de una semillita cuya designación comercial (irónicamente, “comodity”) es considerada una inversión financiera eventualmente más rentable que un plazo fijo?



Tal vez nuestra economía no se extranjerizó más, pero no porque nos pusimos patriotas sino porque no había más por extranjerizar. Eventualmente escuchamos los consejos de De Mendiguren (los mismos que le susurró a Duhalde años antes) y apostamos por “la industria”.



¿Fabricamos televisores o montamos componentes chinos? El otro día despanzurré una plancha y leí: “Hecho en China”. Despanzurré un celular “Made in Brazil”, un LG: adentro, sempiterno, descansaba el rótulo: “Made in China”. ¿En qué quedamos? ¿brasileño o chino?



¿Fabricamos autos? Un par de días atrás Fiat paró la producción porque quiso apretar al gobierno (que súbitamente, para evitar la sobreoferta de chucherías importadas por la crisis de la Eurozona, se ponía proteccionista). Arguyeron que no podían armar los autos (alrededor del 70% se exporta a otros mercados) porque les faltaban las piezas que venían de afuera. Allende la cuestión del apriete, me pregunto, de nuevo: ¿fabricamos autos o los ensamblamos?



La única cosa genuina que exportamos sale de la tierra: minerales, cereales, vacas, a un costo altísimo en orden a mantener equilibrada la balanza comercial. Moreno (secretario plenipotenciario de comercio) quiere revisar las importaciones, cosa lógica, pero si amenazar la industria nacional equivale a traer lavarropas de Italia y dejar sin trabajo a cien personas, entonces alguien tiene un concepto un poco mezquino de lo que significa industria nacional. (Las Pymes que florecen en torno a las grandes industrias son las que verdaderamente dan trabajo y generan valor agregado, pero el Estado las constriñe como si fueran el enemigo).



Hace un par de años, cerca de Asunción, entré a un ciber. Las computadoras eran de última generación (los primeros monitores de LCD que vi en mi vida los vi en ese ciber), pero la conexión a internet era más lenta que el viejo y perimido “dial-up” que ya nadie utiliza. Después de interminables minutos para abrir mi correo pagué unos guaraníes y me las tomé.



Así estamos en Argentina. Allí donde se tiene que ver “la diferencia”, donde la infraestructura que subyace a una economía floreciente tiene que hacerse notar, aparece la vulnerabilidad de un modelo basado en el desparramo de porquerías más o menos suntuarias a cambio de unos puestos de trabajo. Tenemos la soja pero no tenemos las rutas ni los sistemas de riego; tenemos la leche pero llueve y no hay manera de entrar al tambo; tenemos los celulares pero hacemos diez kilómetros y no hay señal (no se engañen con el Wi-Fi puntano: es un engañapichanga).



Tenemos la motito pero no nos podemos comprar un metro cuadrado de tierra, y si podemos, no habrá manera de que persuadamos a los dioses para que el agua (a veinte kilómetros de uno de los ríos más caudalosos del mundo) llegue hasta nuestro solar. A la misma distancia que hay entre Buenos Aires y Mar del Plata miles de indígenas se mueren por falta de infraestructura sanitaria básica. Para la OMS, la falta de agua potable es el parámetro para determinar si una sociedad es subdesarrollada. Esa es nuestra matriz productiva.



Capitanich está convencido de que somos una potencia agroalimentaria en ciernes y, mientras manda el meteorito El Chaco a Alemania para que los europeos aprecien mejor las fotos de los artistas locales (es decir, mientras expone un patrimonio cultural y científico al riesgo, en el mejor de los casos, de un deterioro irreversible y, en el peor, de una pérdida vergonzante), asegura que un buen aprovechamiento de las tierras fiscales que-no-son-La-Fidelidad, acompañado por la condigna inversión en infraestructura eléctrica, vial y de agua, mejorará aún más la extraordinaria primavera que estamos viviendo. Qué novedad: si hay rutas, los vehículos circulan; si hay agua, las vacas beben (y también los indígenas); si hay electricidad, hay luz y otras cosas. Habría que avisarle que la primavera terminó. Estamos en el verano chaqueño.



Es cierto que desde el 2001 hasta acá hubo que seguir pagando sueldos todos los meses, aguinaldos dos veces por año, que hubo que renegociar deuda; es cierto que la población económicamente activa creció y hubo que contenerla; es cierto que hubo malos y buenos administradores y que en una administración federal dependemos del manejo central de los recursos y de la coparticipación.



Pero también es cierto que la creación de riqueza genuina sigue estando en el debe de nuestra contabilidad soberana. Así que vuelvo a hacerme la pregunta que me hice al principio, a propósito de que Sebastián Agostini les prometió a los empresarios de los sanatorios un depósito cabal para descomprimir la cuestión salarial con los empleados, el pasado viernes: ¿Que quién le iba a depositar qué a quién para qué?
Fuente: 
(*) De la Redacción de Diario Chaco