Domingo, 8 Enero, 2012 - 09:39

Quo vadis

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En los últimos días, los primeros del segundo mandato de Cristina, pasaron algunas cosas raras, y no me refiero a la sucesión de casos policiales, que eso sí es rarísimo. Exponerlas y enumerarlas, quizá sirva para entender algo de lo que ocurre.





- El Gobierno aprobó la Ley Antiterrorista, pese a la oposición de múltiples referentes del propio oficialismo y gracias a la obediencia de todos los legisladores propios y aliados.



- El Gobierno confrontó con mucha virulencia frente a varios planteos gremiales: los trabajadores de la Afip, los judiciales, los pilotos, los técnicos aeronáuticos, los controladores aéreos. A uno de esos gremios lo puso bajo la órbita castrense. Luego pidió la suspensión de la personería de otro.



- El Gobierno eligió como su enemigo público número uno, a su ex aliado Hugo Moyano, el jefe de la CGT.



- El Gobierno envió la Gendarmería a Cablevisión en un episodio que, hasta el día de hoy, realmente no se entiende.



- El gobernador del Frente para la Victoria de Santa Cruz, Daniel Peralta, envió a la legislatura un proyecto de ajuste para los empleados públicos. La policía local y, luego, la gendarmería, reprimieron con balas de goma la protesta sindical.



- El gobernador del Frente para la Victoria de Río Negro, el fallecido Carlos Soria, puso en disponibilidad a 22 mil trabajadores públicos y forzó la aprobación, por parte de todo el FpV, de la ley que habilita la utilización de cianuro en la minería a cielo abierto en una provincia que, hasta su llegada, lo prohibía. Fue aplaudido mediante un comunicado de la Cámara que nuclea a las empresas mineras, todas trasnacionales.



- El reemplazante de Soria, entre sus primeras medidas, incluyó la ratificación del ajuste y pidió el juicio político al titular del Superior Tribunal de Justicia de la provincia. Además, intentó desviar la investigación del crimen de Soria al intentar imponer la hipótesis del “accidente doméstico”.



- Por su parte, el último día hábil del año, la Presidenta firmó un decreto donde establece que a partir del 1° de enero de 2012 los pagos de adicionales, bonificaciones o plus a los empleados públicos, de empresas estatales, organismos descentralizados e instituciones de Seguridad Social deberán “adecuarse” a los requisitos que fije el Gobierno “para confirmar su procedencia y, en su caso, limitar su alcance”, repudiado por la CGT y los gremios del sector.



El discurso político, en general, tiene una alta dosis de dobles standards. Si cualquiera de estas medidas hubiera sido tomada por el gobierno de Mauricio Macri, la militancia kirchnerista seguramente hubiera reaccionado airadamente. Como lo hace el Gobierno nacional, empiezan las justificaciones, los balbuceos, la necesidad de poner las cosas en su debido contexto. No está mal que sea así. Eso es lo que ocurre en política cuando alguien decide encolumnarse en un proyecto: se atacan las debilidades ajenas, se justifican u ocultan las propias. Con límites, que cada uno sabrá cuáles son los suyos, lo que hace un militante o un político es defender al proyecto en el que está incluido. Por eso, cuando el Gobierno nacional aprueba la Ley Antiterrorista, rápidamente se explica que este Gobierno nunca quiso reprimir a nadie. O cuando confronta con las organizaciones gremiales, se sostiene que nunca los trabajadores estuvieron mejor. O cuando estalla un hecho de corrupción, desde Carlos Corach para aquí, se sostiene siempre que la Justicia tendrá la última palabra y que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. El periodismo autodenominado militante, muchas veces, es apenas un extensión de este sinfín de justificaciones.



De todos modos, quizás haya miradas alternativas a la de quienes están siempre convencidos de que, no importa la situación, la medida concreta o lo que fuera, el Gobierno siempre actúa de acuerdo con una “esencia” que es progresista, haga lo que haga.



Da la impresión que la identidad kirchnerista está, en estos tiempos, en evolución hacia alguna parte que no es la actual. Eso no sería una novedad. Con sólo mirar la evolución del pro duhaldismo al antiduhaldismo, de la amistad infinita con Clarín al odio innegociable, de la alianza con Cobos a la ruptura con él, de las idas y vueltas con Moyano, de la negativa acérrima a aplicar la Asignación Universal por Hijo a su transformación en la bandera central del Gobierno, de la ruptura con el sector agropecuario a la alianza con él, y tantas otras cosas, uno puede aventurar que –virtud en algunos casos, defecto en otros– el kirchnerismo es un proyecto político bastante maleable: uno puede encontrar en todos estos años avances muy interesantes y defecciones realmente lacerantes. Cuál es la esencia del “proyecto” y cuál es su desviación, es una pregunta para quienes están desesperados por encontrar o mantener una identidad, a favor o en contra de lo que hay. Es muy discutible si –más allá de la impresionante vocación de poder– existe tal cosa como un elemento inalterable, indiscutible, un objetivo final al cual, pese a todas las vueltas y recovecos, todo esto va dirigido.



Por lo pronto, en los comienzos del nuevo mandato, se pueden delinear algunos rasgos de la nueva identidad:



- Las leyes represivas están incluidas en el proyecto.



- También la posibilidad de aprobar leyes disparatadas por pedido de organismos extranjeros.



- El ajuste ya no es una mala palabra.



- Toda huelga puede ser vista como parte de una conspiración.



- Moyano ya no es un amigo.



- La minería a cielo abierto es parte de la estrategia de desarrollo del país.



- Los militares y gendarmes son una herramienta de la que el Gobierno puede disponer.



El tiempo dirá cuál es la profundidad de estos rasgos y cómo evolucionan. Por lo pronto, parece claro que van en sentido contrario a lo que reclama Carta Abierta, pero tampoco esto es definitivo.



Es lógico que a algunas personas todo esto le genere angustia.



En su prolífico Twitter, uno de los alter egos de Moyano se preguntaba en estos días: “¿Hacia dónde vamos?”.



Quo vadis, decían los romanos.



Había una vieja película, con Robert Taylor y Débora Kerr, sobre la persecución a los cristianos en Roma.



Se llamaba así.



Quo vadis.



¿Hacia dónde vamos?



Qué nervios.
Fuente: 
InfoNews.