Domingo, 8 Enero, 2012 - 08:55

Correo de nuestros lectores
Triple y sangriento asesinato en el suburbio

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Jeremías tenía 17 años; Claudio, 19 y Adrián tenía 21. Los acribillaron a balazos. “Fue un ajuste de cuentas entre bandas y los tres tenían antecedentes penales” Ese fue el primer informe brindado por la Comisaría 15 de Rosario.



Mientras ésto sucedía, en Río Negro, el Vicegobernador decía que el asesinato del Gobernador Soria era un “lamentable accidente doméstico”



En Valeria del Mar, Prov. de Buenos Aires, hay cinco policías acusados de homicidio agravado por un hecho ocurrido el 3 de enero. Podría seguir con otros casos.



Jeremías, Claudio ni Adrián tenían antecedentes penales. Tampoco se habían enfrentado a nadie, las pruebas de dermatest lo demostraban fehacientemente. Murieron por un error, los asesinos se equivocaron de víctimas. Cada uno de los chicos tenía entre cinco y ocho disparos de ametralladora o de 9 mm.



El tema hubiera quedado allí, hasta Clarín y La Capital le habían dedicado un recuadro al informe policial. Claro, los hechos de sangre son “vendedores” para los medios, aunque los chicos muertos sean de una zona pobre. Los hechos de sangre venden. Ese es uno de los motivos por el que elegí el título de esta nota, deseaba que sea leída y que sea un llamado a la reflexión.



Estos tres chicos sï tenían antecedentes: No eran rubios, vivían en una villa en el sur de Rosario. Seguramente quienes los mataron ( se habla de vínculos entre la droga, barrabravas y algunos policías corruptos) pensaron que con esos antecedentes nadie se iba a ocupar. Lamentablemente tenían razón. No contaron que el padre de Jeremías es Pastor, y puede ser que no sepa de derecho, pero al menos sabe hablar para defenderse y defender el honor de su hijo muerto, así como el de sus amigos.



Hoy sábado, día en que escribo esta nota, estuvo en Buenos Aires, haciendo un acto para decir lo que tenía que decir, para reclamar justicia y para mostrar su dolor. Su esposa lo acompañaba con mucha entereza. El dolor de padres a quienes se les muere o le matan un hijo es igual para todos, sean rubios o morochos, sean ricos o pobres. La forma en que se los trata es diferente.



La sociedad, con miedo a las distintas formas de violencia, que los gobernantes niegan, pero todos sabemos que existe, está cada vez mas permisiva. A quienes pedimos mas formación y controles para la policía, nos tratan de garantistas.



Cualquier poder necesita de controles! Si no los tienen, todos quedamos sujetos a sus arbitrariedades, e incluso a sus delitos.



Y que nadie piense que estoy diciendo que toda policía es corrupta. Todo lo contrario. Hoy mismo ha muerto un efectivo de la Policía Federal en un acto de servicio. Él, al igual que tantos otros que dieron su vida en el cumplimiento de su deber, merecen nuestro permanente agradecimiento y respeto.



Yo defiendo a la policía, sé que en general hacen enormes esfuerzos al estar sin los medios necesarios, sin los salarios que les corresponden, sin superiores respetados, sin objetivos políticos claros. No por ello niego que existen algunos que son cómplices de los peores delincuentes, cuya existencia es únicamente posible por esas complicidades. Complicidades que lamentablemente terminan afectando y deshonrando al conjunto.



Hablaba de una sociedad permisiva, pareciera que esa sociedad ni siquiera quiere que se toque el tema policial. No se da cuenta que es necesario producir urgentes mejoras de todo tipo. Mejor dicho, lo sabe, pero prefiere hacer como que no se da cuenta.



Los medios actúan igual. Siempre es malo generalizar, pero debo decir que la mayoría de los medios utilizan a los hechos violentos en tanto les sirva como noticia, la que abandonan en cuanto dejó de interesar.



Los partidos políticos, todos, y aquí si puedo generalizar, pero antes debo hacer una rectificación: los dirigentes de los partidos políticos, creen que los partidos son instituciones meramente electoralistas y acompañan con el silencio, mientras pueden, casi como cómplices, violencias que deberían ser denunciadas muy enérgicamente. Parece que temen enfrentar los miedos o las comodidades de una sociedad que se ha ido acostumbrando al dejar hacer, o al “algo habrán hecho”



Y no estoy hablando solamente de hechos de sangre, estoy hablando de que a ningún padre, en cualquier lugar del país, se le ocurriría mandar a su hijo sólo a hacer alguna denuncia sobre algo que haya afectado sus derechos. Ni hablar si su hijo no tiene un apellido muy conocido, ni hablar si su hijo es algo tímido, ni hablar si su hijo es morochito o va mal vestido.



Estoy hablando también de los “aprietes” a los que son sometidos, generalmente chicos jóvenes, generalmente en barrios pobres o medios, quienes en nombre de algún edicto o algún código de faltas que desconocen, son sometidos a diversas humillaciones, o despojados de sus pertenencias, bajo amenazas de ser detenidos. Podría dar muchos otros ejemplos del mal uso que algunos hacen de la fuerza y del poder que les otorga el estado para hacer cumplir la ley. No deseo hacerlo, no quiero que esta nota sea tomada como un ataque a nadie ni a ninguna institución en particular. Prefiero quedarme en los tres chicos asesinados que dieron origen a estas reflexiones. Alguno de ellos podría haber sido nuestro propio hijo.



Tenemos mucho para hacer, antes de pensar en candidaturas o en alianzas electorales. Si no somos capaces de enfrentar con claridad y firmeza estas indignidades, que de muy distintas formas afectan diariamente la vida de miles y miles de personas honestas, señores y señoras, gobernantes y opositores, mejor que nos dediquemos a otra cosa pero no a la política.



Cuando se pierde la dimensión humana de la política, cuando se olvida que se hace política como una vocación de servicio, la política se convierte en basura.



(*) [email protected]